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Entre el rigor y el fuego: Pierre Boulez, diez años después

Escrito por Aldo Rodríguez el 5 de enero de 2026

Tenía alrededor de doce años cuando cayó en mis manos un pequeño libro de la editorial Salvat. Se llamaba La música contemporánea. Era modesto en formato, pero inmenso en implicaciones. No entendía todo —ni de lejos—, pero lo leí con una avidez casi febril. Al final, en las últimas páginas, se hablaba de algo que acababa de ocurrir en París: la creación del IRCAM —el Institut de Recherche et Coordination Acoustique/Musique—, un centro dedicado a la investigación, a la creación sonora, a la tecnología puesta al servicio del pensamiento musical.

Recuerdo con absoluta claridad el impacto de esa lectura. A esa edad me dije, con una convicción que hoy todavía me sorprende: yo voy a estudiar ahí. Años después, el deseo se volvió realidad. Estudié electroacústica, entré de lleno en el universo de la vanguardia francesa y, con ello, en un mundo donde la música no era solamente emoción o estilo, sino problema, estructura, ética, pensamiento.

Y fue ahí donde apareció Pierre Boulez.

Boulez no era simplemente un compositor. Era un sistema solar. Murió el 5 de enero de 2016, una noche de Reyes, cuando en Francia se parte la galette des rois. La coincidencia no deja de ser simbólica: Boulez fue, para bien o para mal, una figura regia en la música del siglo XX y los albores del XXI. Una vaca sagrada, sí, pero también un animal inquieto, incómodo, ferozmente lúcido.

Tuve el privilegio de conocerlo ya en su madurez. Tomar café con él un par de veces. Escucharlo hablar. Acompañarlo en silencio. Verlo caminar. Había un aura particular en su presencia: no de divo, sino de autoridad intelectual. Un hombre que no necesitaba imponerse; el peso de su pensamiento bastaba.

Me dio clases sobre matemática y música. Y ahí comprendí algo esencial: Boulez no utilizaba las matemáticas como ornamento ni como fetiche, sino como herramienta de rigor. Su relación con el número, con la proporción, con la forma, era profundamente musical, no decorativa. Siempre lo comparé —salvando las distancias disciplinares— con Umberto Eco: ambos eruditos, ambos políglotas del pensamiento, ambos capaces de moverse entre sistemas complejos sin perder claridad.

Su obra no es fácil. Nunca lo fue. Y nunca quiso serlo. Boulez entendía la dificultad no como elitismo, sino como consecuencia inevitable de una búsqueda honesta. Componer, para él, era comprometerse con el tiempo que le tocó vivir, sin concesiones, sin nostalgia fácil. Pero —y esto es algo que muchos olvidan— Boulez nunca renegó del pasado. Al contrario: tenía siempre un pie firmemente plantado en la música histórica.

Nos decía con insistencia que un compositor verdaderamente contemporáneo debía conocer tanto el jazz como la música medieval, tanto el Barroco como las tradiciones no occidentales. No por eclecticismo superficial, sino porque en ese arco amplio de la historia sonora uno podía encontrarse consigo mismo. El presente no surge de la nada; es una consecuencia.

Como director de orquesta fue extraordinario. De oído absoluto, de precisión quirúrgica, de una claridad estructural pocas veces vista. Dirigía como pensaba: sin gestos sobrantes, sin retórica vacía. Su lectura de Mahler, de Debussy, de Ravel, de Bartók, sigue siendo referencia obligada. No buscaba embellecer; buscaba revelar.

El IRCAM, para mí, no fue solo un centro de estudios: fue un cambio de paradigma. Cambió mi forma de entender el sonido, el tiempo, la relación entre tecnología y creación. Y Boulez estaba ahí, no como estatua, sino como motor. Como alguien que entendía que la música debía dialogar con la ciencia, con la filosofía, con la matemática, sin perder su dimensión poética.

Hoy, a diez años de su muerte, escribir sobre Pierre Boulez no es un acto de nostalgia, sino de responsabilidad. Recordarlo es recordar que la música puede —y debe— pensar. Que el rigor no está reñido con la imaginación. Que la tradición no es un museo, sino un campo de fuerzas vivas.

Boulez incomodó. Dividió. Exigió. Y por eso mismo fue necesario.

Larga vida a Pierre Boulez.
Agradecimiento eterno.

Ars longa, vita brevis.


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