Mozart, demasiado humano para el Olimpo
Escrito por Aldo Rodríguez el 27 de enero de 2026
Dedicado a Alejandro, mi hijo, quien nació también el 27 de enero
Este 27 de enero, Wolfgang Amadeus Mozart cumpliría 270 años.
Una cifra redonda para un hombre que nunca fue redondo, ni equilibrado, ni estable, pero que fue —sin discusión— uno de los centros gravitacionales de la historia de la música.
Mozart vivió rápido. Vivió demasiado.
Y murió joven: a los 35 años. Una edad en la que hoy apenas se empieza a ordenar la vida, y en la que él ya había escrito más música de la que muchos compositores escribirían en tres existencias. Su música está en todas partes: en las salas de concierto, en el cine, en los teléfonos, en los timbres, en la memoria colectiva. Y su influencia, aunque a veces invisible, sigue modelando la forma en que entendemos la melodía, la armonía, el drama, la ligereza y la profundidad.
Después de Bach, Mozart es una de las grandes bisagras de la historia. Con él, el lenguaje se vuelve flexible, teatral, humano. Con él, la música aprende a reírse de sí misma, a llorar sin solemnidad excesiva, a decir verdades profundas con una sonrisa casi infantil. Tras su muerte, la música cambia porque ya había aprendido algo irreversible: que la perfección no está peleada con la fragilidad.
Sin embargo, los libros —muchos libros— lo han colocado en el Olimpo. Un dios intocable. Un genio puro, casi deshumanizado.
Y sí, desde el punto de vista musical, Mozart es un dios. Tenía un oído absoluto prodigioso, una memoria sonora fuera de escala, una intuición estructural que hoy todavía asombra a musicólogos, intérpretes y compositores. Pero reducirlo a eso es empobrecerlo. Y, peor aún, es no entenderlo.
Mozart no fue un dios. Fue un hombre.
Y como todo hombre, estuvo lleno de contradicciones.
El lenguaje prohibido y la risa como defensa
Pocas cosas incomodan tanto a ciertos lectores como las cartas escatológicas de Mozart, especialmente aquellas dirigidas a su prima. Bromas groseras, juegos de palabras infantiles, obsesiones corporales. ¿Cómo conciliar eso con el autor del Réquiem o de La flauta mágica?
Tal vez ahí esté la clave.
Mozart usaba la risa como válvula de escape. La escatología no era perversión: era catarsis. Era una manera de desafiar la rigidez social, la hipocresía moral, el corsé de una sociedad que exigía compostura externa mientras explotaba a sus artistas sin pudor. Mozart se reía donde otros callaban. Y esa risa, incómoda y brutal, también está en su música.
El jugador, el ansioso, el eterno deudor
Mozart vivió casi siempre con dinero escaso. No por falta de trabajo —tenía encargos, alumnos, conciertos— sino por una relación complicada con el dinero. Gastaba rápido, vivía al día, apostaba. La ludopatía, o al menos una fuerte inclinación al juego, aparece una y otra vez en su biografía.
A eso se suma la ansiedad.
Mozart estaba constantemente preocupado: por los pagos que no llegaban, por los compromisos incumplidos, por su lugar en un mundo que empezaba a cambiar. Ya no era el niño prodigio celebrado en las cortes europeas; era un adulto incómodo, independiente, difícil de encasillar. Y la independencia, en el siglo XVIII, se pagaba caro.
La buena vida: comida, alcohol, placer
Mozart amaba la buena vida. Le gustaba comer bien, beber, socializar. No era un asceta ni pretendía serlo. Disfrutaba del placer inmediato, del goce sensorial. Su música lo delata: es corporal, rítmica, sensual, incluso cuando es sagrada.
Y sí, también le gustaban las jovencitas. Un tema del que se habla poco, quizá porque incomoda. No para juzgarlo con la moral del siglo XXI, sino para entenderlo en su contexto: Mozart fue un hombre con deseos, con impulsos, con contradicciones afectivas. Nada de esto anula su genio. Al contrario: lo sitúa.
El miedo final y la conciencia de la muerte
Hay un Mozart tardío que suele olvidarse: el Mozart que sabe que se va a morir. El Mozart que empieza a preocuparse por su esposa, por sus hijos, por dejar algo mínimamente ordenado. El Mozart que contrata un plan funerario, que intenta asegurar lo básico. El Mozart que escribe el Réquiem no sólo como encargo, sino como espejo.
Ese Mozart ya no vive al día. Ese Mozart mira de frente su fragilidad.
Un cuerpo sin tumba, una música sin fronteras
Mozart fue enterrado en una fosa común. Sin tumba, sin nombre, sin monumento. La tierra reclamó sus restos y los volvió anónimos. Nadie sabe exactamente dónde está su cuerpo. Y quizá eso sea profundamente simbólico.
Porque Mozart no pertenece a un lugar. Mozart está en todas partes.
En cada melodía que parece inevitable.
En cada acorde que sonríe mientras duele.
En cada instante en que la música nos recuerda que lo humano —con sus vicios, errores, placeres y miedos— puede tocar lo eterno.
Mozart fue un genio, sí.
Pero antes que eso, fue un hombre.
Y tal vez por eso su música sigue viva: porque no viene del Olimpo, sino de la carne, del pulso, de la risa, de la ansiedad y del amor desesperado por la vida.
A 270 años de su nacimiento, bajarlo del pedestal no lo empequeñece. Lo engrandece.