Identidad no es agenda: una respuesta necesaria al ruido digital
Escrito por Aldo Rodríguez el 8 de febrero de 2026
Tras el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, apareció —como suele ocurrir— el coro del descontento. En redes sociales se calificó la presentación de Bad Bunny como “horrorosa”, “desafinada”, “visualmente vulgar” y, quizá el concepto más difuso de todos, como promotora de una supuesta ideología woke que —según sus detractores— refuerza estereotipos retrógrados del latino.
Conviene detenerse un momento y pensar con calma, porque aquí el problema no es estético —eso siempre será opinable—, sino conceptual.
Primero: ¿a qué se refieren exactamente cuando dicen woke? El término, vaciado ya de sentido por el uso indiscriminado, se ha convertido en una etiqueta comodín para nombrar todo aquello que incomoda. Hoy se le llama woke a la diversidad, mañana a la memoria histórica, pasado mañana a la mera visibilidad del otro. No es un concepto crítico: es un atajo retórico.
Lo que hizo Bad Bunny no fue levantar una agenda ideológica. No hubo consignas, no hubo discursos, no hubo pedagogía moral. Hubo algo mucho más simple —y por eso mismo más inquietante para algunos—: la exhibición frontal de una identidad cultural.
Los estereotipos no los inventó este espectáculo. Existen desde siempre. La comunidad afroestadounidense tiene códigos, gestos, músicas y estéticas profundamente marcadas por su historia africana y migrante. La comunidad escocesa conserva con orgullo sus kilts, sus gaitas y sus rituales. Los irlandeses, los judíos, los árabes, los vascos, los japoneses. Toda comunidad visible arrastra símbolos reconocibles. Eso no es retroceso: es memoria cultural.
Pretender que el latino sea una abstracción neutra, sin acento, sin cuerpo, sin calle, sin mercado, sin música, es una forma elegante de negación. El problema no es que el estereotipo exista; el problema es quién lo controla y desde dónde se enuncia. Y aquí la diferencia es crucial: esta vez no fue una mirada externa exotizando al latino, sino una auto-representación.
Bad Bunny no “actuó como latino”. Es latino. Y lo que mostró fue Puerto Rico, fue Nueva York, fue la vida cotidiana del migrante, del mestizo, del que vive entre lenguas y territorios. No hubo burla. No hubo caricatura. Hubo presencia.
Resulta paradójico que, en nombre de una supuesta defensa contra las agendas identitarias, se termine exigiendo la desaparición de toda identidad visible. Esa lógica no va hacia adelante; va hacia atrás. No emancipa: homogeneiza. No libera: silencia.
El espectáculo podrá gustar o no gustar musicalmente —esa discusión es legítima—, pero acusarlo de ser una operación ideológica es confundir representación con propaganda. No todo gesto cultural es un manifiesto. A veces es simplemente un espejo.
Y quizá eso es lo que incomoda: verse reflejado en un país que no es puro, que nunca lo fue, y que está hecho —como toda nación— de cruces, migraciones, acentos y memorias compartidas.
No fue woke.
No fue agenda.
Fue algo más elemental y más antiguo: ser, sin pedir permiso.