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Doce minutos y cincuenta segundos: cuando el español ocupó el centro del imperio

Escrito por Aldo Rodríguez el 8 de febrero de 2026

Durante décadas, el show de medio tiempo del Super Bowl ha sido algo más que entretenimiento: es un termómetro cultural, un espejo amplificado de lo que una nación decide mostrar —y ocultar— de sí misma ante el mundo. Algunos espectáculos se recuerdan como hitos fundacionales: el de Michael Jackson, que redefinió la escala del evento; el de U2, que convirtió el escenario en espacio de duelo y memoria. Este año, la expectativa era distinta. No se trataba de un artista anglosajón “adaptándose” al gusto global, sino de un puertorriqueño que no pidió permiso para ser lo que es.

Bad Bunny —Benito Antonio Martínez Ocasio— hizo historia sin proclamas ni discursos inflamados. Doce minutos y cincuenta segundos íntegramente en español. Sin traducciones, sin concesiones, sin el guiño tranquilizador al idioma dominante. Y ahí radica la fuerza del gesto: no fue un acto de confrontación, sino de presencia.

Conviene decirlo desde el inicio, para despejar malentendidos: no es necesario ser fan para reconocer la magnitud del acontecimiento. El reguetón, género tantas veces señalado —y con razón— por su pobreza rítmica o su uso acrítico del cuerpo, no es un ritmo nuevo ni un invento ex nihilo. Su pulso remoto viene de África; es primo lejano de la habanera, pariente de patrones que han atravesado la música latinoamericana durante siglos. El problema nunca ha sido el ritmo, sino la imaginación. Y la imaginación, cuando aparece, transforma incluso los moldes más gastados.

Lo que ocurrió en ese escenario no fue un desfile de éxitos, sino una cartografía cultural. Puerto Rico no como postal turística, sino como territorio vivido: los campos de caña, las calles de Nueva York donde la diáspora respira, la señora que vende bebidas, los pastelitos, una boda latina con pastel incluido, la infancia, lo mestizo, lo cotidiano. Todo en español. Todo sin pedir disculpas.

Muchos esperaban una respuesta directa contra el presidente de los Estados Unidos. No la hubo. Y ese fue, paradójicamente, el acierto. En lugar del dedo acusador, apareció el gesto integrador: aquí estamos. No gritamos, no insultamos, no cruzamos líneas. Simplemente existimos. En tiempos de polarización feroz —y vaya que en México sabemos de divisiones fabricadas—, el espectáculo funcionó como un acto de unificación social.

La presencia de figuras como Ricky Martin, con su memoria de canciones que alguna vez rozaron la protesta, o de Lady Gaga, celebrando la diversidad desde otro lugar cultural, no fue decorativa. Fue una afirmación clara: la cultura no es una fortaleza sitiada, sino un cruce permanente.

Conviene recordar algo que la historia insiste en enseñarnos y que el nacionalismo suele olvidar: no existen naciones puras. España fue árabe durante ochocientos años; México fue español durante quinientos; Francia se construyó sobre capas celtas, vascas y romanas. La historia no avanza por esencias, sino por mezclas. Por fricciones. Por cruces.

Lo que Bad Bunny presentó no fue una revolución musical ni una ruptura estética radical. Fue algo más sutil y, por ello mismo, más poderoso: la normalización de lo latino en el corazón del espectáculo más observado del planeta. Doce minutos y cincuenta segundos que no pidieron permiso ni ofrecieron disculpas. Doce minutos y cincuenta segundos que dijeron, con serenidad y claridad: aquí estamos.

Y a veces, en el ruido ensordecedor del siglo XXI, eso basta para hacer historia.