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El año del misterio y la elegancia sonora

Escrito por Aldo Rodríguez el 4 de marzo de 2026

Al Stewart y la caricia eterna de “The Year of the Cat”

Hay canciones que nacen para sonar en la radio… y hay otras que parecen haber sido escritas para quedarse suspendidas en el tiempo, como un perfume que no se disipa. The Year of the Cat, publicada en 1976 por el cantautor británico Al Stewart, pertenece sin duda a esta segunda categoría. Medio siglo después, sigue siendo una pieza que no envejece, una obra que no grita su presencia sino que se desliza con elegancia, como una sombra cálida al atardecer.

Recuerdo la primera vez que escuché esa introducción de piano: una entrada delicada, casi cinematográfica, que abre una puerta invisible. No es un piano virtuoso que quiera imponerse; es un piano que invita. El tema —producido por Alan Parsons, uno de los oídos más finos del estudio británico de los setenta— demuestra que la ingeniería sonora también puede ser poesía. Cada instrumento ocupa su espacio con una precisión casi arquitectónica: la guitarra acústica arropa, el saxofón aparece como un suspiro nocturno, y la voz nasal de Stewart no busca deslumbrar, sino contar.

Porque, en el fondo, The Year of the Cat es eso: una historia contada al oído.

Una canción que parece una película

La letra, escrita por el propio Al Stewart, no describe una narrativa lineal. Más bien construye una serie de imágenes: un viajero occidental en un país del norte de África o del Medio Oriente, una mujer misteriosa, un encuentro breve que oscila entre el deseo y la nostalgia. Hay referencias implícitas al cine clásico —algunos escuchan ecos de Casablanca— y una atmósfera de enigma que nunca se resuelve del todo.

¿De qué trata exactamente la canción? Tal vez esa sea la pregunta equivocada. No es una historia cerrada; es una sensación. El protagonista parece arrastrado por una corriente invisible hacia una experiencia fugaz, casi onírica, que ocurre en ese “año del gato”, una metáfora tomada del horóscopo vietnamita que simboliza sensibilidad, intuición y misterio. Stewart no explica: sugiere. Y ahí radica su magia.

Hay algo profundamente literario en su manera de escribir. No estamos ante el estribillo repetitivo que dominaba la era disco que empezaba a imponerse en aquel momento. Mientras las pistas de baile buscaban ritmos más inmediatos, Stewart decidió apostar por una narrativa introspectiva, por una canción larga, compleja, que se toma su tiempo para respirar. Era casi un acto de resistencia estética.

El arte de grabar con paciencia

Escuchar hoy The Year of the Cat es también escuchar una lección de producción musical. El piano inicial —interpretado por Peter Wood— funciona como una llave que abre el paisaje sonoro. El saxofón final no entra como un gesto virtuoso gratuito; aparece cuando la canción ya ha tejido su atmósfera, como si la historia necesitara un último suspiro antes de desaparecer.

Hay algo profundamente artesanal en esta grabación. No es una canción construida para el consumo rápido; es una obra pensada como un pequeño viaje. Y quizá por eso resiste el paso del tiempo con tanta dignidad. La portada del álbum —esos gatos que miran desde la penumbra— refuerza la sensación de estar frente a un objeto artístico completo, no sólo frente a un sencillo de radio.

A veces me pregunto si hoy se permitiría una canción así: larga, introspectiva, sin prisas. Tal vez sí… pero tendría que encontrar a un oyente dispuesto a detenerse, a escuchar más allá del primer minuto.

La belleza de lo irrepetible

Celebrar los cincuenta años de The Year of the Cat es recordar que la década de los setenta no fue sólo el auge del disco y del espectáculo inmediato. También fue una época donde aún había espacio para la canción contemplativa, para la voz que no necesita imponerse con fuerza sino seducir con matices.

Al Stewart no fue un cantante de estridencias. Fue, más bien, un narrador elegante que acariciaba las palabras. Su interpretación no busca el dramatismo exagerado; parece más bien un relato susurrado en una mesa pequeña, mientras afuera cae la noche.

Y quizá esa sea la razón por la cual seguimos regresando a esta pieza una y otra vez. Porque hay canciones que funcionan como un refugio sonoro. Canciones que no nos empujan, sino que nos invitan a caminar a su lado.

The Year of the Cat es una de ellas.

Una canción que no pretende explicarlo todo. Una canción que se queda flotando, como un recuerdo que nunca termina de irse… y que, medio siglo después, sigue siendo una de las caricias más finas que nos dejó la música de los años setenta.


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