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Groove Is in the Heart: el instante en que el color volvió a bailar

Escrito por Aldo Rodríguez el 17 de marzo de 2026

Hay canciones que nacen para trascender y otras que simplemente aparecen para recordarnos algo mucho más humano: que bailar también es una forma de pensar el mundo. Hace treinta y seis años, en 1990, una agrupación neoyorquina irrumpía en el escenario con una pieza que parecía salida de otra década y, al mismo tiempo, adelantada a su tiempo. La canción no era “The Groovy in Your Heart”, como a veces la memoria juguetona la rebautiza, sino “Groove Is in the Heart”, interpretada por el colectivo Deee-Lite, integrado por Lady Miss Kier, Dmitry Brill y el japonés Towa Tei. Y sí: desde el primer compás supimos que algo distinto estaba sucediendo.

El regreso del color en plena transición sonora

A finales de los ochenta y principios de los noventa el pop atravesaba una transformación silenciosa. El synth-pop europeo comenzaba a reconfigurarse, el rock alternativo levantaba la mano y la cultura club neoyorquina se convertía en un laboratorio sonoro. En ese contexto aparece Deee-Lite con una propuesta visual y musical que rompía esquemas: estética hippie, colores psicodélicos, ecos del flower power, pero con una base rítmica construida a partir de samples y tecnologías emergentes.

La canción se apoya en fragmentos de funk y jazz —entre ellos el groove de “Bring Down the Birds” de Herbie Hancock— creando ese “tercer producto” del que tanto hablamos quienes vivimos el auge del sampling: ni cita directa ni simple copia, sino una relectura lúdica del pasado. La línea de bajo, insistente y juguetona, parece guiñar el ojo a los años setenta, mientras la producción abraza la energía house que comenzaba a dominar las pistas de baile.

Una pieza hecha para disfrutar, sin pretensión aparente

Lo fascinante de “Groove Is in the Heart” es su aparente sencillez. Melodías directas, estructura clara, una voz que no busca imponerse sino flotar sobre el ritmo. ¿Es superficial? Tal vez en apariencia. Pero detrás hay una construcción sonora meticulosa: capas de percusión, líneas de rap invitadas —incluida la participación de Q-Tip— y una arquitectura que mantiene la tensión sin volverse pesada.

Recuerdo bien cómo, al escucharla por primera vez en aquellos años, el impacto no era únicamente auditivo. El look era parte del discurso: colores intensos, plataformas, guiños a los sesenta y setenta. No estaban solos; en ese momento también surgían bandas con estética retro como Blind Melon o Four Non Blondes, cada una desde su trinchera. Era como si una generación buscara reencontrarse con la alegría visual después de la frialdad electrónica de la década anterior.

Y quizá ahí reside su secreto: no pretende ser un manifiesto filosófico. Es música para moverse, para soltar el cuerpo. Pero esa ligereza es, en sí misma, una postura estética.
El arte del collage sonoro

Desde una perspectiva más académica, la canción representa uno de los ejemplos tempranos más claros del sampling como lenguaje creativo dentro del pop mainstream. No se trata sólo de tomar fragmentos; se trata de integrarlos en una narrativa nueva. La cultura del DJ y del remix entraba al imaginario popular sin pedir permiso.

El groove —esa palabra difícil de traducir— se convierte aquí en el eje estructural. No es únicamente ritmo; es una sensación colectiva, casi ritual. La música se construye como un collage donde cada elemento aporta identidad, pero ninguno domina por completo. Y quizá por eso sigue funcionando: porque no está atada a un solo género, sino a una actitud.

Treinta y seis años después: la permanencia de lo lúdico

Hoy, más de tres décadas después, “Groove Is in the Heart” continúa apareciendo en playlists, fiestas y retrospectivas de los noventa. ¿Por qué sobrevive? Porque hay piezas que, aun sin buscar la trascendencia intelectual, capturan un instante emocional irrepetible. En su alegría hay una especie de resistencia: una invitación a bailar incluso cuando el mundo cambia de ritmo.

A veces olvidamos que la historia de la música no sólo se escribe con grandes sinfonías o discos conceptuales. También se construye con canciones que nos enseñan a reír, a movernos, a recordar que el cuerpo también escucha. Y en ese sentido, Deee-Lite dejó una huella luminosa: un puente entre décadas, entre estilos, entre generaciones que siguen encontrando en ese groove un espacio común.

Porque al final —y esto lo repito cada vez que vuelvo a escucharla— hay obras que no necesitan explicarse demasiado. Basta con dejarse llevar. El groove, después de todo, siempre ha estado en el corazón.


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