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El groove que venció al tiempo

Escrito por Aldo Rodríguez el 24 de marzo de 2026

En el umbral entre dos épocas —cuando la música disco empezaba a apagarse y los sintetizadores anunciaban el futuro— ocurrió algo que no estaba en los planes de nadie. El mundo sonoro mutaba: el rock, el soft rock y el pop rock se reacomodaban; la pista de baile parecía perder su centro de gravedad. Y entonces, desde ese silencio expectante, regresó Let’s Groove.

A finales de los setenta, Earth, Wind & Fire no era una banda: era un universo. Funk, soul, jazz, disco; una alquimia de ritmo y luz que hacía bailar estadios y elevaba el espíritu. Grammys, giras monumentales, un pulso cósmico. Pero la historia no siempre avanza en línea recta. La música disco “murió” para la industria, y el genio fundador, Maurice White, libraba una batalla íntima, silenciosa, dura. Diagnóstico: Parkinson. Dolor. Dudas. Y la pregunta que nadie quería formular: ¿hay futuro después del ocaso?

En 1981 decidieron lo impensable. Volver. No con nostalgia, sino con audacia. No a repetir fórmulas, sino a escribir una nueva. Let’s Groove apareció como un artefacto venido del mañana: efectos futuristas, cajas de ritmo que respiraban humanidad, sintetizadores que no borraban el alma sino que la amplificaban. Era un riesgo real. Los fans de siempre dudaron; los nuevos no podían dejar de moverse. Y ahí ocurrió el milagro: el groove se volvió universal.

La canción no pedía permiso. Invitaba. “Let’s groove tonight” no era un eslogan; era un pacto. Bailar como acto de fe, como resistencia a la enfermedad, a la industria volátil, al tiempo mismo. Let’s Groove no enterró el pasado: lo transfiguró. Demostró que la elegancia rítmica puede convivir con la tecnología sin perder calor humano. Que la pista de baile también puede ser un lugar de sanación.

Cuarenta y cinco años después, el tema sigue orbitando. Bodas, películas, playlists infinitas, TikToks creados por generaciones que no vivieron los ochenta pero sienten el pulso como propio. Y ahí está la clave: el groove no pertenece a una década; pertenece al cuerpo. Cuando el arte nace del alma, no envejece: se actualiza en cada oído, en cada paso, en cada latido.

Let’s Groove es más que una canción exitosa. Es la prueba de que el riesgo, cuando se toma desde la verdad, puede reinventarlo todo. Que incluso en medio del diagnóstico, la duda y el silencio, la música encuentra la manera de volver a encender la pista. Y de recordarnos —con una sonrisa y un bajo imparable— que bailar también es una forma de seguir vivos.