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West Side Story: la herida que canta en dos idiomas

Escrito por Aldo Rodríguez el 15 de abril de 2026

Hay obras que no envejecen. No porque el tiempo las respete —eso sería demasiado sencillo—, sino porque lo contienen. Lo absorben. Lo transforman en otra cosa. West Side Story es una de ellas.

Este año se cumplen 65 años de la película de West Side Story, esa adaptación cinematográfica que terminó de fijar en la memoria colectiva un gesto artístico que ya había nacido incendiario en el escenario de Broadway en 1957. Y, casi como una respiración que se alarga, nos acercamos también al aniversario número 70 de su estreno original. Setenta años… y sin embargo, basta escuchar los primeros compases para sentir que todo ocurre ahora mismo.

Porque West Side Story no es una obra del pasado. Es una herida abierta.

La arquitectura sonora de Leonard Bernstein es, como siempre, una mezcla de inteligencia feroz y emoción sin filtros. Bernstein no compone “canciones”: compone tensiones. Hay jazz, hay sinfonismo, hay ritmos latinos que no son decoración, sino identidad. Todo convive en una especie de equilibrio inestable, como si la música misma estuviera a punto de estallar —y a veces, estalla.

Y luego está la palabra. La juventud verbal, irónica, desgarrada de Stephen Sondheim, que en esta obra temprana ya mostraba esa capacidad casi quirúrgica para decir lo que duele sin caer en lo obvio. Sus letras no describen: revelan. Son cuchillos envueltos en melodía.

La coreografía de Jerome Robbins —y aquí hay que detenerse un momento— no es simplemente movimiento. Es narrativa pura. Es conflicto convertido en cuerpo. Es violencia estilizada que, paradójicamente, se vuelve más real que cualquier golpe.

Y en el fondo, como un eco antiguo que nunca se extingue, la sombra de William Shakespeare. Romeo y Julieta trasladado a las calles de Nueva York. Pero no es una adaptación en el sentido convencional. Es una transmutación. Verona se vuelve asfalto. Las familias se convierten en pandillas: los Jets y los Sharks. El amor, en lugar de ser un suspiro romántico, se vuelve un acto casi imposible… un gesto de resistencia.

Recuerdo —y lo digo sin pudor— que pocas experiencias me han atravesado tanto como ver el montaje del 50 aniversario en el Palace Theatre en 2010. Era una puesta fiel al original. Y en esa fidelidad había algo profundamente conmovedor: no era nostalgia, era vigencia.

Había algo en el aire. Algo difícil de nombrar. Quizá era la conciencia de estar frente a una obra que ya no necesita defenderse, pero que tampoco se deja domesticar.

Crecí con esta música. Literalmente. El disco estaba en casa. Giraba —como giran las cosas que terminan formando parte de uno— sin que yo supiera que, en esos surcos, había ya una lección de mundo. Mi papá la vio en ese mismo teatro en 1964. Pienso en eso a veces… en esa especie de línea invisible que conecta generaciones a través de una misma obra. ¿Cuántas historias personales caben dentro de una historia colectiva?

Porque eso es también West Side Story: una memoria compartida.

Pero hay algo más, algo que con los años se vuelve imposible de ignorar.

La obra habla de latinos y anglosajones en conflicto. De identidad. De pertenencia. De territorio. De miedo. De incomprensión. Y uno pensaría —ingenuamente— que 65 años después esas tensiones habrían encontrado algún tipo de resolución.

No.

Siguen ahí.

Quizá con otros nombres, con otros matices, con otras máscaras… pero ahí. Respirando. Esperando. Como si la obra no fuera un retrato de su tiempo, sino una advertencia que seguimos sin escuchar del todo.

Y entonces ocurre algo curioso: la música, que en apariencia embellece la tragedia, en realidad la vuelve insoportable. Porque nos obliga a sentirla. A no escapar.

Ahí está su grandeza.

West Side Story no es un musical. O, mejor dicho, lo es en el sentido más alto posible: cuando el género deja de ser etiqueta y se convierte en lenguaje total.

Es teatro. Es ópera disfrazada de calle. Es danza que sangra. Es poesía urbana. Es grito.

Y, sobre todo, es espejo.

Un espejo incómodo.

Porque al final, cuando cae el telón —o cuando la pantalla se apaga—, queda una pregunta suspendida, casi como un acorde que no termina de resolverse:

¿Hemos cambiado realmente?

(O quizá, más inquietante aún… ¿queremos cambiar?)

Y mientras tanto, la música sigue ahí. Persistente. Hermosa. Dolorosa.

Como toda verdad que vale la pena escuchar.


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