Cuando el cine aprendió a cantar: La Belle et la Bête de Philip Glass

10 de julio de 2026 · Aldo de cultura

A 32 años de una de las óperas más originales del siglo XX

Existen óperas que nacen de una novela, de una tragedia griega, de una obra teatral o de un libreto concebido especialmente para la escena. Pero muy pocas nacen de una película. Y menos aún de una película considerada una obra maestra absoluta de la historia del cine.

En 1994, Philip Glass estrenó La Belle et la Bête, basada en la extraordinaria película homónima que Jean Cocteau realizó en 1946. A mi juicio, se trata de una de las obras más bellas, originales e inspiradas de todo su catálogo. No es únicamente una ópera; es un diálogo entre dos artistas separados por casi medio siglo, dos creadores que comprendieron que el tiempo también puede ser un instrumento de composición.

La primera vez que vi esta producción comprendí que estaba frente a algo completamente distinto. No era una proyección cinematográfica acompañada por música. Tampoco era una película musicalizada en vivo. Era, literalmente, una ópera naciendo dentro del cine.

El procedimiento resulta fascinante por su sencillez conceptual y, al mismo tiempo, por su enorme complejidad artística.

Se toma la película original de Cocteau. Se elimina completamente el sonido: desaparecen los diálogos, los efectos sonoros, la música. La imagen permanece intacta. Frente a la pantalla se instala el ensamble instrumental, el director y los cantantes. Ellos observan permanentemente la proyección mientras interpretan una partitura escrita con precisión casi quirúrgica para coincidir exactamente con los movimientos de labios de los actores filmados casi cincuenta años antes.

Es, si se quiere, un gigantesco ejercicio de sincronización vocal llevado a la categoría de arte mayor.

Para entender la magnitud del reto basta imaginar otro ejemplo. Pensemos en una película como Macario. Eliminemos todo su sonido original y escribamos una ópera completa respetando cada respiración, cada pausa y cada sílaba pronunciada por Ignacio López Tarso y el resto del elenco. Los cantantes deberían “habitar” esos labios filmados décadas atrás con absoluta precisión. Eso fue exactamente lo que realizó Philip Glass con La Belle et la Bête.

Y el resultado es, sencillamente, prodigioso.

Resulta imposible comprender esta obra sin recordar la profunda relación que Glass mantuvo con Francia.

Antes de convertirse en uno de los compositores más influyentes del minimalismo, estudió en París con la legendaria Nadia Boulanger, probablemente la maestra de composición más importante del siglo XX. Por sus clases pasaron figuras tan diversas como Aaron Copland, Astor Piazzolla, Quincy Jones y decenas de músicos que terminarían definiendo la música de su tiempo.

Pero Francia le ofreció mucho más que una maestra.

Le dio una lengua.

Le dio una sensibilidad.

Le dio una forma distinta de comprender la relación entre palabra, música e imagen.

El francés posee una musicalidad muy particular. Su acentuación, sus vocales abiertas y cerradas, su continuidad melódica permiten que la línea vocal fluya con una naturalidad extraordinaria. Glass entendió perfectamente esas posibilidades. No forzó jamás el idioma para adaptarlo a su lenguaje; hizo exactamente lo contrario: dejó que el francés modelara la respiración de la música.

Eso explica por qué la obra canta con tanta naturalidad.

Aunque reconocemos inmediatamente el lenguaje de Philip Glass —sus células repetitivas, sus transformaciones graduales, sus armonías transparentes, sus pulsaciones hipnóticas—, aquí aparece un Glass distinto. Más lírico. Más contemplativo. Más cercano al canto tradicional de lo que muchos imaginan.

Con frecuencia se ha acusado al minimalismo de privilegiar la estructura sobre la emoción.

Esta ópera demuestra exactamente lo contrario.

Cada repetición parece respirar junto con las imágenes de Cocteau. Cada motivo adquiere un nuevo significado conforme cambian las expresiones de los personajes. La música no acompaña la película: dialoga con ella. A veces parece abrazarla; otras, la contradice delicadamente. Es una conversación permanente entre dos artistas separados por generaciones.

Y quizá allí radique uno de los mayores logros de la obra.

Glass jamás intenta competir con Cocteau.

Comprende que la película ya era perfecta.

Su tarea consiste en revelar otra dimensión emocional que siempre estuvo ahí, esperando ser escuchada.

Tuve la fortuna de asistir a un par de funciones, tanto en México como en Europa, interpretadas por el Philip Glass Ensemble, con el propio Glass ocupando uno de sus teclados. Son experiencias difíciles de olvidar. El público permanece suspendido entre dos realidades: sabe que está viendo una película de 1946, pero al mismo tiempo presencia una ópera completamente viva, creada casi medio siglo después. El tiempo parece doblarse sobre sí mismo.

Hace muchos años, cuando organicé un ciclo dedicado a la video-ópera, decidí proyectar La Belle et la Bête. La reacción del público siempre era la misma: primero la sorpresa; después el asombro; finalmente el silencio. Ese silencio tan particular que aparece cuando comprendemos que hemos presenciado algo que no se parece a ninguna otra experiencia artística.

La colaboración de Glass con el universo de Cocteau no terminó allí.

Años más tarde compuso Les Enfants Terribles, inspirada tanto en la novela como en la película realizada por el propio Cocteau. Nuevamente aparecía ese interés por tender puentes entre el cine y la escena operística, demostrando que las imágenes podían seguir generando música décadas después de haber sido filmadas.

Y existe otro ejemplo igualmente notable.

En 1999, Glass escribió una nueva partitura para la película Dracula, dirigida por Tod Browning y protagonizada por Bela Lugosi. En este caso no se trató de una ópera, sino de una música para cuarteto de cuerdas interpretada originalmente por el Kronos Quartet.

El resultado vuelve a ser extraordinario.

Glass demuestra que una película nunca termina realmente cuando concluye el montaje. Puede renacer bajo otra música. Puede adquirir nuevas lecturas. Puede revelar emociones que permanecían ocultas.

Eso muy pocos compositores han sabido hacerlo.

Cuando pienso en La Belle et la Bête, inevitablemente regreso también a Jean Cocteau.

Sus brazos convertidos en candelabros.

Los espejos transformados en portales.

Las estatuas que respiran.

Los corredores interminables.

Las manos vivas sosteniendo los cirios.

Toda esa imaginería parecía estar esperando la música de Glass desde mucho antes de que ambos artistas se conocieran… aunque jamás coincidieran en el tiempo.

Quizá por eso esta ópera produce una sensación tan extraña.

No parece una adaptación.

Parece un encuentro inevitable.

Treinta y dos años después de su estreno, continúa siendo una de las propuestas más audaces del teatro musical contemporáneo. Una obra que desafía nuestras ideas sobre qué puede ser una ópera y hasta dónde pueden dialogar el cine y la música.

Hay creaciones que envejecen.

Otras permanecen.

Y unas cuantas, muy pocas, logran algo todavía más difícil: siguen imaginando el futuro.

La Belle et la Bête pertenece a esa rara categoría.

Porque hay ocasiones en que una película no necesita ser restaurada.

Lo único que necesita… es volver a cantar.