CABARET: BAILAR MIENTRAS EL MUNDO SE DERRUMBA
15 de julio de 2026 · Aldo de cultura
A sesenta años del estreno de un musical que convirtió la indiferencia en espectáculo
En 1966 se estrenó en Broadway uno de los musicales más importantes, perturbadores e inteligentes del siglo XX: Cabaret. Han pasado sesenta años y, lejos de convertirse en una pieza de museo, continúa mirándonos a los ojos. Tal vez con mayor dureza que antes.
Porque Cabaret no es solamente un musical.
Nunca lo fue.
Es una advertencia.
Una obra sobre una sociedad que baila mientras se aproxima al abismo; sobre hombres y mujeres que intuyen que algo terrible está ocurriendo, pero prefieren seguir bebiendo, cantando, haciendo el amor, buscando dinero o simplemente sobreviviendo.
¿Nos resulta realmente tan lejano?
Basado en la obra teatral I Am a Camera, de John Van Druten, inspirada a su vez en los relatos berlineses de Christopher Isherwood, Cabaret llevó al escenario el Berlín de los últimos años de la República de Weimar. John Kander escribió la música, Fred Ebb las letras y Joe Masteroff el libreto. Pero detrás de esos nombres y de esas canciones inolvidables había algo mucho más profundo: el retrato de una civilización que estaba perdiendo el suelo bajo los pies.
El nazismo todavía no había tomado completamente el poder.
Pero ya estaba allí.
En las calles.
En las conversaciones.
En las miradas.
En los jóvenes uniformados.
En la violencia cotidiana.
En el antisemitismo que comenzaba a dejar de ser un murmullo vergonzoso para convertirse en una presencia pública, organizada y cada vez más amenazante.
Mientras tanto, dentro del Kit Kat Klub, la música continúa.
Willkommen, bienvenue, welcome.
Bienvenidos.
Pasen ustedes.
Aquí la vida es hermosa.
Las muchachas son hermosas.
Incluso la orquesta es hermosa.
La ironía es brutal.
Porque afuera de ese pequeño tugurio berlinés el mundo está comenzando a desmoronarse.
Creo que ahí reside una de las mayores genialidades de Cabaret. La Historia no aparece como una conferencia ni como una explicación académica. Entra lentamente por las rendijas. Primero es una incomodidad. Después, una canción. Más tarde, una amenaza. Finalmente, una realidad imposible de ignorar.
El público sabe lo que ocurrirá.
Los personajes todavía no.
Y nosotros asistimos impotentes a ese lento desplazamiento hacia la catástrofe.
El cabaret berlinés había sido durante la década de 1920 uno de los grandes espacios de libertad, experimentación y crítica política de Europa. Allí convivían la música, la sátira, el erotismo, la ambigüedad sexual, la provocación, el alcohol y una feroz inteligencia política.
No era solamente entretenimiento.
Era también resistencia.
Bertolt Brecht y Kurt Weill comprendieron perfectamente el poder de esos espacios. La canción podía convertirse en bisturí. Una melodía aparentemente sencilla podía contener una carga política devastadora.
Después vendría la persecución.
El exilio.
La censura.
La muerte.
Los nazis comprendieron muy bien que el arte también podía ser peligroso.
Por eso resulta imposible separar Cabaret de aquella tradición.
Pero mi relación con esta obra no comenzó en un libro de historia de la música ni en una partitura.
Comenzó en mi casa.
Yo tenía seis años.
Mis padres fueron al cine a ver Cabaret, la película dirigida por Bob Fosse y protagonizada por Liza Minnelli, Michael York y Joel Grey.
En aquellos años, al terminar algunas películas, se vendían discos en los propios cines. Mis padres regresaron a casa con el vinil del soundtrack.
Todavía recuerdo haberles dicho:
—Quiero ver la película.
La respuesta fue inmediata.
—No. Es para adultos.
Y tenían razón.
Yo no podía comprender aquella historia.
Pero sí podía escucharla.
Y la música entró en mi vida.
Me aprendí las canciones de memoria.
Cantaba Willkommen imitando a Joel Grey.
Lo curioso —y ahora me parece maravilloso— es que yo no sabía que estaba cantando palabras en alemán, francés e inglés. Simplemente reproducía aquellos sonidos.
Existe incluso una grabación en casete, conservada por mis padres, en la que aparezco cantando las canciones del Maestro de Ceremonias.
Tenía seis años.
Muchos años después pude ver finalmente la película.
Y ocurrió algo curioso: la vi en París, durante mis años de estudio.
La música que había acompañado mi infancia encontró entonces sus imágenes.
Comprendí finalmente aquello que de niño solamente había intuido a través de los sonidos.
La sensualidad.
La decadencia.
La tristeza.
El miedo.
La extraordinaria sensación de que la fiesta podía terminar en cualquier momento.
Desde entonces, Cabaret ocupa un lugar muy especial en mi memoria musical.
La producción original de Broadway de 1966 y la película de Bob Fosse de 1972 siguen siendo, personalmente, mis grandes referentes.
Fosse realizó una obra maestra.
Su película obtuvo ocho premios Óscar. Liza Minnelli ganó como mejor actriz; Joel Grey, como mejor actor de reparto; y Bob Fosse recibió el premio a mejor director.
Pero más allá de los premios, consiguió algo extraordinariamente difícil: transformar el musical cinematográfico.
Aquí nadie comienza a cantar repentinamente en mitad de una calle.
La música ocurre fundamentalmente dentro del cabaret.
El escenario comenta la realidad.
La deforma.
Se burla de ella.
La anticipa.
El Kit Kat Klub funciona como un espejo.
Un espejo deformante, sí, pero espejo al fin.
Y en el centro de ese universo aparece el Maestro de Ceremonias.
Para mí, Joel Grey sigue siendo el más grande Emcee de la historia de Cabaret.
Su interpretación posee algo que considero fundamental: nunca sabemos exactamente quién es.
Es seductor y desagradable.
Divertido y amenazante.
Masculino y femenino.
Humano y espectral.
Pero nunca se convierte simplemente en un payaso.
Y aquí debo expresar una discrepancia personal con algunos montajes recientes.
En las últimas décadas, Cabaret ha sido objeto de numerosas reinterpretaciones. Algunas han profundizado en la sexualidad, la identidad, la marginalidad y la androginia de los personajes. Es natural que una obra viva dialogue con su tiempo.
El teatro debe hacerlo.
Sin embargo, en ciertas producciones contemporáneas siento que el Maestro de Ceremonias ha perdido parte de su misterio.
La androginia se ha convertido en caricatura.
La ambigüedad, en exhibición.
La decadencia, en extravagancia.
Y el personaje termina pareciendo un payaso siniestro.
No cuestiono la libertad de reinterpretar una obra. Sería absurdo hacerlo.
Pero personalmente prefiero el Maestro de Ceremonias que parece haber salido de un cabaret berlinés de los años veinte.
Porque su peligro radica precisamente en que no necesita gritar.
Sonríe.
Observa.
Presenta el espectáculo.
Y sabe algo que nosotros todavía no sabemos.
Joel Grey comprendió perfectamente esa dimensión.
Su sonrisa es una máscara.
Detrás de ella está la Historia.
También ha cambiado la manera de interpretar algunas canciones.
Cabaret, por ejemplo, ha sido cantada de formas muy distintas a la versión de Liza Minnelli. Algunas son extraordinariamente interesantes. Más oscuras. Más desesperadas. Menos triunfales.
Y probablemente tienen razón.
Porque Cabaret nunca fue una canción alegre.
Es el canto desesperado de una mujer que ha decidido continuar la fiesta porque no sabe hacer otra cosa.
Life is a cabaret, old chum.
La frase parece una celebración.
En realidad, es una derrota.
Sally Bowles decide quedarse.
Continuar cantando.
Continuar bebiendo.
Continuar viviendo.
Mientras el mundo alrededor de ella cambia para siempre.
Ahí está la tragedia.
Y ahí está también la vigencia de la obra.
Vivimos nuevamente en sociedades saturadas de entretenimiento.
Nunca habíamos tenido tantas pantallas.
Tantas canciones.
Tantos espectáculos.
Tantas imágenes.
Tanta información.
Y, paradójicamente, quizá nunca habíamos desarrollado una capacidad tan extraordinaria para ignorar lo que ocurre frente a nosotros.
Las guerras se convierten en videos.
La violencia, en contenido.
La política, en espectáculo.
La tragedia, en tendencia durante algunas horas.
Después seguimos deslizando el dedo sobre la pantalla.
La orquesta continúa tocando.
Por eso Cabaret sigue siendo incómodo.
Porque no habla solamente de los nazis.
Habla de quienes los vieron llegar.
De quienes pensaron que aquello no era tan grave.
De quienes prefirieron continuar con sus negocios.
De quienes siguieron bebiendo.
De quienes guardaron silencio.
De quienes pensaron que la Historia era asunto de otros.
El verdadero tema de Cabaret es la indiferencia.
Y la indiferencia nunca desaparece.
Cambia de ropa.
Cambia de música.
Cambia de escenario.
Pero continúa sentándose entre nosotros.
Y aquí es donde Cabaret deja de ser una historia sobre Alemania y comienza a hablarnos directamente a los mexicanos. También nosotros vivimos en una sociedad que, en muchos sentidos, baila mientras se aproxima al abismo. Nos hemos acostumbrado a la violencia, a la desaparición de personas, al debilitamiento o desaparición de las instituciones, a la mentira convertida en discurso oficial cotidiano, a la polarización como método de gobierno y a la resignación como forma de supervivencia. Aún podemos cambiar el rumbo. Todavía existen elecciones, instituciones que defender, voces que levantar y una ciudadanía capaz de decidir qué país quiere dejar a las siguientes generaciones. Pero el tiempo no es infinito. La democracia también puede perderse entre aplausos, canciones y multitudes convencidas de que nada grave está ocurriendo. México todavía está a tiempo de levantarse de la mesa, salir del cabaret y mirar lo que sucede en la calle. Si no lo hacemos, llegará un momento en que la orquesta seguirá tocando, las luces permanecerán encendidas y, cuando finalmente queramos abandonar el salón, descubriremos que las puertas ya están cerradas.
Hay una escena de la película de Bob Fosse que siempre me ha parecido aterradora.
Un joven comienza a cantar Tomorrow Belongs to Me.
Al principio parece una hermosa canción.
Una melodía luminosa.
Casi inocente.
Después la cámara revela el uniforme.
Las Juventudes Hitlerianas.
Poco a poco, los asistentes se levantan.
Se suman.
Cantan.
La música crece.
La emoción colectiva se apodera del lugar.
Y entonces comprendemos algo terrible.
Las sociedades no siempre caminan hacia el horror obligadas por las armas.
A veces llegan cantando.
Quizá por eso, sesenta años después de su estreno, seguimos necesitando Cabaret.
No para recordar simplemente el Berlín de 1930.
No para admirar las piernas de Liza Minnelli.
No para escuchar nuevamente las canciones de Kander y Ebb.
Sino para hacernos una pregunta mucho más incómoda.
¿Qué hacemos nosotros mientras el mundo cambia?
¿Observamos?
¿Callamos?
¿Nos divertimos?
¿Seguimos con nuestra vida?
¿Esperamos que alguien más haga algo?
Yo escuché por primera vez Cabaret cuando tenía seis años.
No entendía una sola palabra.
Cantaba en alemán sin saber que era alemán.
Imitaba a Joel Grey frente a una grabadora.
Décadas después comprendí que aquella música que había entrado en mi vida durante la infancia contenía una de las advertencias más poderosas del teatro musical del siglo XX.
El mundo puede derrumbarse.
Las instituciones pueden desaparecer.
La violencia puede convertirse en costumbre.
Los intolerantes pueden ocupar las calles.
Y nosotros podemos seguir sentados frente al escenario.
Bebiendo.
Riéndonos.
Aplaudiendo.
Mientras el Maestro de Ceremonias sonríe y anuncia el siguiente número.
Willkommen, bienvenue, welcome.
La función continúa.
La pregunta es hasta cuándo.
