Los ojos cerrados de Karajan: cuando dirigir se convierte en escuchar
9 de agosto de 2026 · Aldo de cultura
¿Se puede dirigir una orquesta con los ojos cerrados?
La pregunta parece un contrasentido. Al fin y al cabo, un director necesita observar cada movimiento de la orquesta: la respiración de los metales, el ataque de las cuerdas, la entrada de una madera, el gesto de un concertino, la tensión de un coro. Todo parece indicar que la vista es indispensable.
Y, sin embargo, uno de los directores más influyentes del siglo XX demostró que, al menos en determinadas circunstancias, era posible.
Herbert von Karajan dirigía con frecuencia largos pasajes de sus conciertos con los ojos completamente cerrados.
Cuando le preguntaron por qué lo hacía, muchos esperaban una respuesta cargada de misticismo, de inspiración o de alguna filosofía trascendental. Pero contestó con una sencillez desarmante:
—Porque estoy escuchando el concierto.
Después añadió algo todavía más revelador. Los errores, la afinación, el equilibrio, los tempi, las articulaciones y todos los problemas técnicos ya habían sido resueltos durante los ensayos. El concierto no era el momento de corregir. Era el momento de escuchar.
Siempre me ha parecido una de las respuestas más inteligentes que un director ha dado sobre su propio oficio.
Porque dirigir no consiste únicamente en mover las manos.
Dirigir, en realidad, consiste en escuchar.
Y escuchar de verdad es muchísimo más difícil de lo que parece.
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Quienes hemos tenido la fortuna de estar frente a una orquesta sabemos que la dirección es un extraño equilibrio entre el control y el abandono.
Durante los ensayos se analiza, detiene, corrige, explica, canta una frase, modifica una articulación, cambia un balance, reconstruye una respiración colectiva. El ensayo pertenece a la inteligencia.
Pero el concierto pertenece a otra dimensión.
En el escenario ya no existe tiempo para fabricar la música.
Sólo existe el instante.
Y en ese instante el director deja de construir para comenzar a vivir la obra junto con la orquesta.
Quizá por eso la frase de Karajan sigue teniendo tanta fuerza décadas después.
Porque nos recuerda que la música ocurre en el oído antes que en los ojos.
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Ahora bien, también conviene decirlo.
La inmensa mayoría de los directores prefieren dirigir con los ojos abiertos.
No por desconfianza hacia la orquesta.
Sino porque la mirada también dirige.
A veces incluso más que la batuta.
Una mirada puede pedir un pianissimo imposible.
Otra puede contener una entrada antes de que suceda.
Una más puede ofrecer seguridad a un músico que duda.
Puede invitar a respirar.
Puede sostener una nota.
Puede exigir mayor intensidad.
Puede tranquilizar un tutti que amenaza con acelerarse.
Y, sobre todo, puede comunicar una emoción sin necesidad de mover una sola mano.
Hay ocasiones en las que basta cruzar la mirada con un solista para que toda una frase encuentre de inmediato el sentido que estaba buscando.
Eso jamás aparecerá escrito en la partitura.
Sucede únicamente entre seres humanos.
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Karajan, sin embargo, era Karajan.
Su caso difícilmente admite comparación.
Poseía un dominio absoluto de la arquitectura sonora.
No era solamente un director extraordinario.
Era un constructor de sonido.
Quienes trabajaron con él cuentan que la orquesta modificaba su manera de tocar desde el instante mismo en que él subía al podio.
No había pronunciado una palabra.
No había levantado aún los brazos.
Y, sin embargo, el sonido ya comenzaba a transformarse.
Eso no se aprende en un tratado de dirección.
Es una autoridad artística construida durante décadas.
Una presencia.
Una personalidad musical capaz de modificar el comportamiento colectivo de más de cien músicos.
Muy pocos directores en la historia han alcanzado ese nivel de influencia.
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Existe además otra anécdota, bastante conocida entre quienes hemos leído algunas de sus biografías.
No recuerdo exactamente en cuál aparece, pero Karajan llegó a comentar, con ese humor ácido que también lo caracterizaba, que no le gustaba mirar los rostros de los músicos porque —según dijo— eran muy feos. Prefería contemplar únicamente la belleza de la música.
La frase, desde luego, tiene mucho de provocación y mucho de Karajan.
Pero resulta interesante observar cómo esa idea terminó trasladándose incluso a la estética visual de sus grabaciones.
En muchos de los conciertos filmados por Unitel, la productora que él mismo impulsó, las cámaras rara vez permanecen sobre los rostros de los instrumentistas. Prefieren recorrer lentamente la superficie brillante de un violín, las llaves de un clarinete, la campana de una trompa, el arco deslizándose sobre las cuerdas o las manos del pianista.
Los instrumentos se convierten en esculturas.
La música adquiere un cuerpo visual.
Como si Karajan quisiera convencernos de que el verdadero protagonista nunca fue el músico, sino el sonido.
Esa decisión estética marcó una época y cambió para siempre la manera de filmar la música clásica.
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¿Se puede entonces dirigir con los ojos cerrados?
La respuesta es sí.
Pero quizá esa no sea la pregunta importante.
La verdadera pregunta sería otra.
¿Se puede escuchar con los ojos abiertos?
Porque muchas veces dirigimos mirando la partitura, vigilando entradas, observando cada movimiento de la orquesta… y, sin darnos cuenta, dejamos de escuchar.
Karajan cerraba los ojos para oír mejor.
La mayoría necesitamos mantenerlos abiertos para seguir comunicándonos con los músicos.
Ninguna de las dos posturas es superior a la otra.
Son caminos distintos hacia un mismo objetivo.
Que la música respire.
Que la música piense.
Que la música, por unos instantes, deje de ser un conjunto de notas escritas y se convierta en una experiencia irrepetible.
Al final, quizá esa sea la enseñanza más profunda que nos dejó Herbert von Karajan.
El director no está en el podio para ser visto.
Está ahí para escuchar.

