Cuando la ópera aprendió a bailar

30 de agosto de 2026 · Aldo de cultura

291 años de Les Indes galantes, de Jean-Philippe Rameau

Hay músicas que envejecen. Otras adquieren esa respetable pátina que llamamos historia y terminamos escuchándolas con cierta distancia, como quien contempla un hermoso mueble detrás de una vitrina. Y existen unas cuantas —muy pocas— que hacen algo mucho más extraño: cada vez que regresamos a ellas parecen haber sido escritas ayer.

Les Indes galantes, de Jean-Philippe Rameau, pertenece a esa última especie.

Se estrenó en París el 23 de agosto de 1735, hace exactamente 291 años, en la Académie Royale de Musique. Rameau tenía entonces cincuenta y un años y llevaba apenas dos instalado plenamente en el mundo de la ópera. Es un dato que siempre me ha parecido extraordinario. A la edad en que otros compositores comenzaban a administrar una reputación construida durante décadas, Rameau estaba prácticamente empezando su carrera teatral.

Y entró pateando la puerta.

Dos años antes había estrenado Hippolyte et Aricie, provocando uno de aquellos pleitos estéticos que tanto disfrutaban los franceses: ramistas contra lullistas. Los defensores de la tradición de Lully consideraban que aquel hombre escribía demasiado. Demasiada armonía, demasiado color, demasiada orquesta, demasiadas ideas. Rameau parecía incapaz de dejar quieta la música.

Qué hermosa acusación para un compositor.

Con Les Indes galantes esa exuberancia encontró su territorio natural.

La obra pertenece a un género muy francés que hoy puede parecernos extraño: la opéra-ballet. No estamos ante una ópera convencional, con una historia que comienza en el primer acto y termina varias horas después. Aquí la dramaturgia funciona de otra manera. Después de un prólogo aparecen cuatro historias independientes —las famosas entrées— unidas por una idea común: el amor trasladado a lugares que para el europeo del siglo XVIII representaban lo lejano, lo desconocido, lo exótico.

Turquía.

Perú.

Persia.

América del Norte.

Aquello era, para la imaginación francesa, les Indes.

No importaba demasiado la precisión geográfica. Importaba la distancia. Las Indias comenzaban allí donde terminaba Europa.

Y esto nos coloca frente a una de las fascinantes contradicciones de la obra. Les Indes galantes es al mismo tiempo una maravillosa máquina teatral y un documento sobre la mirada europea hacia el otro. Ese otro imaginado, estilizado, convertido algunas veces en personaje y otras en decoración. El turco, el inca, el persa, el indígena americano aparecen vistos inevitablemente desde París.

No podemos escuchar hoy la obra sin advertirlo.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario: juzgar una creación de 1735 exclusivamente con los códigos morales y culturales de 2026. La historia merece algo más interesante que una sentencia. Merece comprensión.

Porque detrás del exotismo hay algo profundamente revelador: Europa comienza a mirar fuera de sí misma.

Y, al hacerlo, aunque todavía de manera ingenua y deformada, comienza también a preguntarse quién es.

Rameau pinta con sonidos

Lo verdaderamente asombroso ocurre en la orquesta.

Rameau había publicado en 1722 su célebre Traité de l’harmonie. Era uno de los grandes teóricos musicales de su tiempo, un hombre obsesionado con entender por qué los sonidos podían organizarse de determinada manera. Pero sería profundamente injusto imaginarlo como un académico seco que después decidió escribir óperas.

Sucede exactamente lo contrario.

En Rameau, la teoría arde.

Todo aquello que había pensado sobre armonía, resonancia, bajos fundamentales y organización sonora se convierte en teatro.

Una tormenta no es simplemente una sucesión de acordes: es viento.

Un terremoto no acompaña la escena: sacude el teatro.

Una danza no decora la acción: es la acción.

Escuchemos las flautas, los oboes, los fagotes, las cuerdas; la percusión que aparece con una inteligencia dramática extraordinaria. Escuchemos esos bajos que impulsan la música desde abajo, las síncopas, los cambios repentinos de textura, los silencios.

Rameau piensa orquestalmente de una manera sorprendentemente moderna.

A veces tengo la impresión de que no instrumenta la armonía: la ilumina.

Y quizá ahí radique una diferencia esencial respecto de buena parte de la tradición operística anterior. En Rameau la orquesta comienza a adquirir una personalidad casi física. Tiene temperatura. Peso. Movimiento. Puede ser aire, agua, fuego, tierra.

Puede incluso convertirse en geografía.

No es casual que algunos de los momentos más extraordinarios de Les Indes galantes sean precisamente aquellos en los que la naturaleza entra en escena: tempestades, volcanes, flores, bosques, pájaros, viento.

Mucho antes del impresionismo francés, Rameau ya sabía que una orquesta podía pintar sin necesidad de utilizar pinceles.

Una ópera donde el cuerpo piensa

Pero hay otra revolución.

La danza.

Para comprender Les Indes galantes tenemos que abandonar por un momento nuestra idea moderna de ópera. Durante buena parte del siglo XIX aprendimos a pensar el género fundamentalmente desde la voz y el drama: Verdi, Wagner, Puccini. El cantante ocupa el centro del universo y la acción avanza mediante el conflicto.

En la ópera francesa del XVIII las cosas funcionan de otra manera.

El cuerpo también habla.

Se canta, sí.

Pero también se camina, se desfila, se danza.

Y cuando se danza, el drama no se detiene.

Continúa por otros medios.

Esto me parece fundamental. La danza en Rameau no es ese pequeño paréntesis coreográfico que posteriormente muchas óperas introducirían casi por obligación. Es parte de la arquitectura musical. El ritmo organiza el espacio escénico y el espacio escénico modifica nuestra percepción del ritmo.

La música entra por el oído, pero termina inevitablemente en el cuerpo.

Quizá por eso Les Indes galantes soporta tan extraordinariamente bien las puestas en escena contemporáneas. Su dramaturgia es abierta, fragmentaria, casi modular. Cada entrée constituye un universo y, al mismo tiempo, puede dialogar con lenguajes visuales y corporales que Rameau jamás habría imaginado.

Lo comprobé personalmente hace poco más de veinte años en París.

Recuerdo aquella extraordinaria producción de Andrei Șerban, con Blanca Li en la coreografía y William Christie al frente de Les Arts Florissants. La memoria, después de tantos años, me había colocado el espectáculo en el Théâtre du Châtelet; en realidad fue en el Palais Garnier. Pero recuerdo perfectamente la sensación.

Era Rameau.

Y, sin embargo, no parecía un museo.

La escena era contemporánea, imaginativa, por momentos irreverente, pero nunca sentí que la modernidad estuviera peleándose con la música. Al contrario. Parecía revelar algo que ya estaba allí.

Eso es dificilísimo.

Actualizar una ópera colocando teléfonos celulares, automóviles o personajes vestidos con traje es relativamente fácil. Hacer contemporánea una obra sin destruir su respiración interna es otra cosa.

Aquella noche comprendí —aunque quizá entonces no lo formulé así— que Rameau había dejado espacios abiertos dentro de su música. Lugares donde cada época podía entrar.

El mundo dentro de un teatro

Hay algo deliciosamente dieciochesco en el proyecto de Les Indes galantes: meter el planeta entero dentro de un escenario parisino.

El teatro era entonces una formidable máquina de ilusiones.

Decorados móviles, tramoyas, vuelos, nubes, templos, barcos, volcanes, jardines. El público no acudía solamente a escuchar. Iba a maravillarse.

Conviene recordarlo porque a veces nuestra reverencia hacia la llamada música clásica termina esterilizándola. Entramos en una sala, apagamos el teléfono, nos sentamos muy correctamente y contemplamos obras que originalmente fueron concebidas para asombrar.

Rameau quería provocar placer.

Quería sorprender.

Quería que el espectador dijera: ¿cómo demonios hicieron eso?

Y no encuentro nada superficial en semejante propósito.

El asombro también es una forma de conocimiento.

Los salvajes que no eran tan salvajes

La última entrée, Les Sauvages, resulta especialmente fascinante desde nuestra perspectiva.

Su origen está relacionado con un episodio real. En 1725 varios indígenas procedentes de la región del Mississippi visitaron Francia y algunos de ellos danzaron públicamente en París. Rameau presenció aquellas danzas y el recuerdo terminaría infiltrándose en su música.

De allí surgiría uno de sus números más célebres: la danza de Les Sauvages, incorporada después al universo de Les Indes galantes.

Pero ocurre algo interesante.

Cuando llegamos al final de la obra, la pretendida superioridad europea comienza a tambalearse.

Zima debe elegir entre pretendientes europeos y Adario, el indígena americano. Y es precisamente el mundo aparentemente “salvaje” el que termina asociado con una cierta naturalidad del amor frente a las convenciones europeas.

La mirada sigue siendo colonial, desde luego. Sería absurdo negarlo.

Pero contiene una grieta.

Y por esa grieta entra una pregunta inquietante para el siglo XVIII:

¿y si los civilizados no fueran tan civilizados?

La pregunta aparecerá una y otra vez durante la Ilustración. La encontraremos en Rousseau, en los relatos de viajes, en la fascinación europea por las sociedades alejadas de sus propias instituciones.

Les Indes galantes pertenece también a ese momento en que Europa comienza, tímidamente, a mirarse en el espejo del otro.

Y no siempre le gusta lo que ve.

El secreto de Rameau

¿Por qué sigue funcionando esta música después de 291 años?

No creo que sea solamente por su belleza.

Hay muchas músicas hermosas que permanecen encerradas en su época.

Rameau posee otra cualidad: movimiento.

Todo se mueve.

La armonía.

La orquesta.

Los bailarines.

Las voces.

Los decorados.

El ritmo.

Incluso la geografía.

Nada permanece quieto demasiado tiempo.

Tal vez por eso su música dialoga tan bien con nuestra sensibilidad. Nosotros también habitamos un mundo fragmentario, veloz, lleno de imágenes que se suceden unas a otras. En cierto sentido, la estructura de Les Indes galantes resulta extrañamente familiar: episodios independientes, mundos sucesivos, cambios abruptos de escenario, pequeñas historias articuladas alrededor de una idea común.

Casi podríamos llamarla una dramaturgia de ventanas.

Se abre Turquía.

Se cierra.

Perú.

Persia.

América.

Y finalmente todo desemboca en una de esas celebraciones colectivas que solamente el barroco francés sabía construir: voces, danza y orquesta convertidas en una sola arquitectura.

291 años después

23 de agosto de 2026, Les Indes galantes cumple 291 años.

Me gusta pensar que una obra no cumple años cuando permanece guardada en una biblioteca. Los cumple cuando alguien vuelve a tocarla.

Cuando un director abre la partitura.

Cuando una bailarina escucha el primer compás.

Cuando un cantante respira antes de entrar.

Cuando un espectador que nunca ha oído hablar de Rameau descubre de pronto que una música escrita durante el reinado de Luis XV puede hacerle mover el pie.

Entonces desaparecen tres siglos.

Quizá esa sea una de las experiencias más hermosas que puede ofrecernos la música: la abolición momentánea del tiempo.

Yo todavía puedo recordar aquella representación parisina de hace más de veinte años. Las imágenes se han ido mezclando —hasta el teatro cambió de lugar en mi memoria—, pero la sensación permanece intacta.

Eso es lo curioso de la memoria musical.

Olvidamos fechas.

Confundimos escenarios.

Se desdibujan los rostros.

Pero queda el sonido.

Y cuando vuelvo a escuchar Les Indes galantes, vuelve también aquella certeza: debajo de las pelucas, los abanicos, las convenciones galantes y ese mundo que ya no existe, hay algo extraordinariamente vivo.

Rameau no escribió una pieza de museo.

Construyó una máquina de movimiento, color y deseo.

Una máquina que lleva funcionando 291 años.

Y todavía baila.