VOYAGE: cuando la música disco dio la vuelta al mundo

4 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura

Un viaje que comenzó con unas gaitas

Hay discos que uno compra y hay discos que, sin saberlo, terminan comprando un pequeño territorio dentro de nuestra memoria.

Voyage pertenece, para mí, a esa segunda categoría.

La primera vez que escuché al grupo francés Voyage yo todavía estaba en la primaria. Fue en la radio, en la Ciudad de México, y lo que salió de aquellas bocinas era extraño para los parámetros de la música disco que comenzaba a conquistarlo todo: unas gaitas.

La pieza se llamaba Scotch Machine.

No sé si entonces entendí exactamente qué estaba escuchando. Seguramente no. Pero aquello era diferente. Había ritmo, por supuesto; había esa pulsación irresistible de la música disco, pero encima aparecía Escocia, o al menos una Escocia imaginada desde París y Londres. Gaitas dentro de una pista de baile. ¿Qué hacía aquello ahí?

Muchos años después uno descubre que la memoria no había exagerado el sonido: eran gaitas verdaderas, interpretadas por David Milner, Ian Craig y Roddy McDonald.

Aquello bastó.

Tenía que conseguir el disco.

Mi padre siempre apoyó mi curiosidad musical. Durante aquellos años tenía una costumbre que hoy me parece extraordinaria: cada semana me compraba cinco discos. Los que yo quisiera. No había algoritmo que sugiriera qué escuchar después, ni una plataforma que permitiera saltar de una grabación a otra en segundos. Había que buscar, mirar portadas, preguntar, arriesgarse y finalmente colocar el disco sobre la tornamesa.

Uno de aquellos fines de semana elegí Voyage.

Y fue una revelación.

Un atlas colocado sobre la tornamesa

Voyage se había formado en París en 1977 alrededor de músicos extraordinariamente experimentados: Marc Chantereau, teclados y percusiones; Pierre-Alain Dahan, batería y percusiones; André “Slim” Pezin, guitarra, y Sauveur Mallia, bajo. El álbum fue producido por Roger Tokarz y apareció originalmente en Francia en 1977 bajo el sello Sirocco. La propia Bibliothèque nationale de France registra la producción fonográfica de From East to West en ese año.

Pero reducir Voyage a un disco de música disco de 1977 sería quedarse apenas con la superficie.

Porque Voyage es, literalmente, un viaje musical.

Su estructura lo anuncia desde los títulos:

From East to West.

Point Zero.

Orient Express.

Scotch Machine.

Bayou Village.

Latin Odyssey.

Lady America.

No estamos ante siete canciones reunidas porque había que llenar dos caras de un LP. Existe una idea detrás. Una cartografía. El disco se comporta como una especie de atlas sonoro donde distintas geografías aparecen transformadas por la imaginación de músicos franceses que entendieron algo fundamental: la pista de baile también podía ser un espacio para la experimentación tímbrica.

Y eso fue precisamente lo que me fascinó.

Una obertura francesa de 1977

From East to West merece una consideración especial.

Cada vez que vuelvo a escucharla tengo la misma impresión: aquello funciona como una obertura.

Incluso me atrevería a ir más lejos: una especie de obertura francesa trasladada al último cuarto del siglo XX.

No porque Chantereau, Dahan y Pezin pretendieran escribir a la manera de Lully —evidentemente no—, sino por la función musical que cumple. From East to West abre las puertas. Presenta un mundo. Establece una atmósfera y prepara al oyente para aquello que vendrá después.

La música disco había descubierto que una pieza podía durar siete minutos sin pedir disculpas.

Eso es importante.

La canción popular convencional había quedado durante mucho tiempo atrapada alrededor de los tres minutos, en buena medida por las exigencias de la radio y del disco sencillo. La cultura disco permitió otra cosa: extender las formas, prolongar introducciones, construir transiciones, desarrollar ostinatos, superponer capas instrumentales y convertir una pieza bailable en una pequeña arquitectura.

From East to West dura aproximadamente siete minutos.

Y necesita ese tiempo.

No tiene prisa.

Nos invita a subir.

Después comienza el viaje.

Point Zero

Siempre me ha fascinado el nombre: Punto Cero.

Todo viaje necesita un lugar desde donde medir las distancias.

Después aparece Orient Express, evocación inmediata de aquel tren legendario que unía Europa con Constantinopla. La música empieza a mirar hacia Oriente. Aparecen timbres, percusiones y colores que buscan deliberadamente sacar al oyente del paisaje occidental.

Aquí hay algo que hoy podríamos discutir desde otra perspectiva. Era la década de 1970 y Europa miraba hacia otras culturas con una libertad que actualmente analizaríamos también desde conceptos como apropiación, exotismo u orientalismo. Pero musicalmente el propósito resulta evidente: Voyage quería ampliar el vocabulario tímbrico de la música disco.

No bastaba la batería, el bajo, la guitarra y las cuerdas.

Había que abrir las ventanas.

Y entonces llegan las gaitas.

La máquina escocesa

Scotch Machine dura apenas unos minutos, pero fue suficiente para que un niño mexicano que escuchaba la radio quisiera saber quién demonios estaba haciendo aquella música.

Ese detalle me sigue pareciendo maravilloso.

La música funciona así.

A veces una obra entra en nuestra vida no por una teoría, ni por una explicación académica, ni siquiera por una melodía completa. Entra por un sonido.

Una gaita.

Un acorde.

Una percusión.

Un timbre.

Y de pronto se abre una puerta.

En Scotch Machine las gaitas fueron interpretadas realmente por David Milner, Ian Craig y Roddy McDonald. El álbum incorporó además al violinista Roger Churchyard, al sintetista Georges Rodi y a una amplia nómina de cantantes y músicos invitados.

Aquello era música disco, sí.

Pero estaba cuidadosamente construida.

De Escocia al bayou

El viaje continúa con Bayou Village y después cruza hacia Latin Odyssey.

Otra vez los títulos importan.

No dicen solamente qué escuchamos; indican dónde estamos.

Europa.

Oriente.

Escocia.

El sur estadounidense.

Latinoamérica.

América.

Todo cabe en poco más de media hora.

Hoy, acostumbrados a disponer instantáneamente de prácticamente toda la música grabada del planeta, quizá resulte difícil comprender lo que significaba un disco así en 1977. El mundo todavía era grande. Escuchar determinados instrumentos, ritmos y músicas de otras culturas suponía realmente asomarse a otro lugar.

Voyage hacía justamente eso.

Convertía la tornamesa en un medio de transporte.

Músicos, no fabricantes de éxitos

Hay otra razón por la que estos discos merecen ser escuchados nuevamente.

Durante demasiado tiempo se habló de la música disco como si hubiera sido una música menor: hedonista, comercial, superficial, diseñada exclusivamente para bailar.

Claro que estaba hecha para bailar.

¿Y qué?

Bach escribió música para bailar. Rameau escribió danzas. Johann Strauss escribió valses. Buena parte de la historia de la música occidental está atravesada por el cuerpo y por el movimiento.

El problema nunca ha sido bailar.

El problema es confundir función con calidad.

Voyage estaba integrado por músicos profesionales de enorme oficio. Chantereau, Dahan y Pezin escribieron y realizaron los arreglos; Chantereau trabajaba con teclados y percusiones, Dahan con batería y percusión, Pezin con guitarra, y Mallia construía desde el bajo buena parte de aquella poderosa maquinaria rítmica.

Escuchados con atención, aquellos arreglos revelan una precisión extraordinaria.

Nada parece estar puesto al azar.

Hay capas.

Contrapuntos rítmicos.

Colores orquestales.

Metales.

Cuerdas.

Sintetizadores.

Percusiones.

Instrumentos acústicos.

Voces utilizadas muchas veces como parte de la textura.

Y debajo de todo ello, naturalmente, está el pulso.

La máquina que hace caminar al disco.

Y entonces decidieron volar

Un año después llegó Fly Away.

Y Voyage consiguió algo particularmente difícil: hacer un segundo disco que no fuera simplemente la repetición del primero.

El concepto geográfico permaneció, pero ahora el viaje parecía elevarse. El álbum contenía Souvenirs, Kechak Fantasy, Eastern Trip, Tahiti, Tahiti, Let’s Fly Away, Golden Eldorado y Gone with the Music.

Otra vez el mundo.

Otra vez la imaginación.

Otra vez viajar sin moverse de la habitación.

Y allí aparece Souvenirs.

Siempre he sentido que Souvenirs es hermana de From East to West.

Comparten algo más profundo que el estilo. Ambas tienen esa capacidad de funcionar como grandes umbrales. De nuevo encuentro en ellas algo semejante a una obertura: presentan, anticipan, preparan.

Una obertura francesa escrita para la discoteca.

La expresión puede parecer provocadora.

A mí me parece perfectamente lógica.

Porque la historia de la música no avanza destruyendo todo lo anterior. Muchas veces cambia simplemente de instrumentos, de escenario y de vestuario. Lo que antes ocurría frente al telón de un teatro podía ocurrir, dos siglos después, bajo una bola de espejos.

La arquitectura seguía ahí.

Las voces detrás del viaje

En estos discos participaron además extraordinarios cantantes de sesión.

En el primer Voyage encontramos, entre otros, a Stephanie de Sykes, Kay Garner, Bobby McGee y diversos vocalistas; para Fly Away se incorporó como voz principal Sylvia Mason-James, acompañada nuevamente por un nutrido conjunto vocal.

Stephanie de Sykes merece una pequeña precisión histórica porque su trayectoria resulta interesante por sí misma. Antes de Voyage ya había desarrollado una carrera como cantante británica de pop y sesión, y en 1974 había alcanzado el número dos de las listas británicas con Born with a Smile on My Face. También participaría en proyectos vinculados con Alec R. Costandinos, además de cantar con Voyage.

Es decir, alrededor de estos discos encontramos toda una constelación de profesionales.

Eso también explica por qué, casi cincuenta años después, siguen sonando tan bien.

La sofisticación escondida bajo la bola de espejos

Hay que volver a escuchar la música disco sin prejuicios.

No toda, naturalmente. Como en cualquier género hubo obras extraordinarias, mediocres y olvidables.

Pero cuando uno vuelve a producciones como las de Voyage descubre algo que el tiempo ha ido dejando más claro: detrás del brillo, del hedonismo y de la pista de baile existía en ciertos proyectos una formidable cultura de estudio.

Había compositores.

Arreglistas.

Ingenieros.

Músicos de sesión.

Orquestadores.

Especialistas en sintetizadores.

Productores que entendían el estudio como un instrumento.

El primer álbum de Voyage fue grabado entre los Studios Ferber de París y Trident Studios de Londres, dos mundos de enorme importancia en la historia de la grabación europea. En los créditos aparecen ingenieros como Paul Scemama, Peter Kelsey y Stephen W. Tayler; Georges Rodi en sintetizadores; y Roger Tokarz en la producción.

Eso se escucha.

La música puede parecer ligera.

Su construcción no lo es.

Y quizá allí esté una de las grandes confusiones cuando hablamos de música popular: creer que porque algo produce placer inmediatamente tuvo que ser sencillo hacerlo.

Es exactamente al revés.

Hacer que algo complejo parezca natural constituye una de las formas más refinadas del oficio.

Casi medio siglo después

Han pasado casi cincuenta años desde aquel primer Voyage.

Yo ya no soy aquel niño que escuchó unas gaitas en la radio de la Ciudad de México y salió después a buscar un disco. He pasado una vida entera estudiando música, componiéndola, analizándola, preguntándome por qué ciertos sonidos permanecen mientras otros desaparecen.

Y, sin embargo, cuando vuelvo a colocar Voyage, ocurre algo curioso.

El disco todavía funciona.

Todavía viaja.

Todavía escucho From East to West como aquella gran puerta que se abre. Todavía me sorprende Point Zero. Todavía subo al Orient Express. Todavía llegan aquellas gaitas de Scotch Machine. Todavía cruzo el bayou y termino perdido, felizmente perdido, en Latin Odyssey.

Eso quizá sea lo que distingue a ciertas obras.

Sobreviven a la nostalgia.

Porque una cosa es que una grabación nos guste debido a que nos recuerda quiénes fuimos, y otra muy diferente es que, al escucharla décadas después, descubramos que sigue estando bien hecha.

Voyage pertenece a esa segunda categoría.

Naturalmente hay nostalgia. ¿Cómo no habría de haberla? En esos surcos está también mi padre, aquellos cinco discos semanales, la emoción de entrar a una tienda sin saber exactamente qué iba a encontrar, regresar a casa, abrir una portada y colocar una aguja sobre el vinilo.

Pero detrás de esa memoria permanece la música.

Y permanece el descubrimiento que aquel disco me regaló cuando todavía estaba en primaria: el mundo podía caber dentro de un LP.

Había que colocar la aguja en el primer surco.

Y viajar.

De Oriente a Occidente.

De Escocia a Latinoamérica.

De París a Londres.

De 1977 hasta nuestros días.

Eso era Voyage.

Y eso, casi medio siglo después, sigue siendo.