MYTHODEA: CUANDO VANGELIS HIZO CANTAR A MARTE
5 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
A veinticinco años de una música escrita entre los dioses y las estrellas
Hay compositores que escriben para una sala de conciertos. Otros escriben para su tiempo. Vangelis, en cambio, parecía escribir con frecuencia para lugares que no existen del todo: el espacio exterior, la memoria, el mito, el océano, el futuro.
En 2001 llevó esa obsesión hasta sus últimas consecuencias.
El resultado se llamó Mythodea.
Han transcurrido veinticinco años desde la aparición de Mythodea — Music for the NASA Mission: 2001 Mars Odyssey, una de las obras más monumentales, extrañas y ambiciosas de Vangelis. No es exactamente un disco de música electrónica, aunque la electrónica está ahí; tampoco una obra sinfónica convencional, aunque necesita una gran orquesta; no es ópera, aunque intervienen dos de las voces operísticas más extraordinarias de nuestro tiempo; no es música cinematográfica, aunque posee una capacidad visual casi avasalladora.
Vangelis la concibió como una especie de sinfonía coral para el cosmos.
Y quizá no haya mejor manera de definirla.
La historia, además, es más interesante de lo que suele contarse. Mythodea no fue creada desde cero en 2001 por encargo de la NASA. Su genealogía se remonta a 1993, cuando Vangelis presentó en el Odeón de Herodes Ático una primera versión llamada Mythodia. Años después regresó a aquel material, lo expandió, lo transformó y terminó asociándolo con la misión 2001 Mars Odyssey de la NASA.
La unión parecía inevitable: Vangelis y el espacio se conocían desde mucho antes.
El cosmos había sido una de sus grandes geografías interiores. Ahí están Albedo 0.39, Spiral, Heaven and Hell y tantas páginas donde los sintetizadores dejan de comportarse como máquinas para convertirse en nebulosas, planetas, distancias. Pero Mythodea planteaba algo diferente: ya no se trataba únicamente de contemplar el universo, sino de establecer un puente entre nuestra antiquísima necesidad de inventar dioses y nuestra modernísima necesidad de enviar máquinas hacia otros mundos.
Marte era perfecto.
Marte es planeta y es dios.
Es astronomía y mitología.
Es una esfera rojiza suspendida en el sistema solar y, simultáneamente, la antiquísima divinidad de la guerra.
Vangelis entendió perfectamente esa doble condición.
Por eso Mythodea parece comenzar antes de nosotros.
La Introduction surge como una materia sonora todavía sin organizar. Percusiones profundas, resonancias, masas corales, sonidos que parecen proceder de alguna ceremonia antiquísima. Hay algo telúrico y algo cósmico al mismo tiempo. Como si escucháramos a una civilización observando por primera vez el cielo.
Y entonces aparece inevitablemente una sombra musical.
Marte, de Gustav Holst.
No estoy diciendo que Vangelis copie a Holst —sería absurdo—, pero resulta difícil escuchar ciertos ritmos marciales, ciertas percusiones obstinadas y determinadas acumulaciones orquestales de Mythodea sin recordar Mars, the Bringer of War de The Planets. Es casi una memoria cultural. Después de Holst, musicalizar Marte sin que aparezca en algún rincón aquel dios de la guerra resulta prácticamente imposible.
Pero Vangelis lleva el asunto hacia otro sitio.
Porque donde Holst construye una maquinaria bélica, Vangelis construye un ritual.
La instrumentación es descomunal.
En el registro discográfico encontramos al propio Vangelis en sus teclados electrónicos, acompañado por la London Metropolitan Orchestra, dirigida por Blake Neely, quien realizó además las transcripciones orquestales; el coro de la Ópera Nacional de Grecia, bajo la dirección coral de Fani Palamidi; un importante dispositivo de percusiones y, por supuesto, dos voces excepcionales: Kathleen Battle y Jessye Norman. El álbum fue registrado mediante sesiones realizadas en Atenas y Londres, entre ellas el Megaron Recording Centre del Athens Concert Hall y AIR Studios. (Vangelis Lyrics)
Aquí conviene detenernos.
Porque juntar a Kathleen Battle y Jessye Norman no era simplemente contratar a dos grandes sopranos.
Era enfrentar dos maneras completamente distintas de producir belleza con la voz humana.
Kathleen Battle poseía aquella voz luminosa, flexible, casi ingrávida. Una voz que podía elevarse por encima de la orquesta sin necesidad de imponerse sobre ella. Jessye Norman era otra cosa: profundidad, densidad, autoridad, una presencia vocal casi sacerdotal. Había en Norman algo que parecía proceder de un lugar anterior a la palabra.
Vangelis comprendió esas diferencias y las utilizó.
No intenta convertirlas en personajes. No hay aquí una soprano que interprete a Atenea y otra que represente a alguna divinidad marciana. Sus voces funcionan más bien como arquetipos sonoros. A veces dialogan; otras se separan; otras parecen emerger del enorme cuerpo coral como dos líneas humanas desprendiéndose de una multitud.
Y hay algo especialmente hermoso: buena parte de sus intervenciones carece de palabras reconocibles.
La voz regresa así a un territorio anterior al lenguaje.
Vocaliza.
Grita.
Invoca.
Flota.
Se convierte nuevamente en sonido.
Eso es profundamente vangeliano.
La obra está organizada en una introducción y diez movimientos, durante aproximadamente una hora. Los movimientos no poseen títulos programáticos. Vangelis evita decirnos qué debemos imaginar. No existe “El viaje”, “Marte”, “El templo” o “Los dioses”. Simplemente Movement 1, Movement 2, Movement 3…
Y me parece una decisión inteligente.
Porque Mythodea propone un universo sin explicarlo.
Particularmente impresionante es el Movement 4, la gran columna central de la obra, de casi catorce minutos. Ahí aparecen Battle y Norman junto con la orquesta, el coro, las percusiones y los sintetizadores en una arquitectura que resume buena parte del pensamiento musical de Vangelis: grandes bloques armónicos, melodías modales, ostinati, crescendi construidos lentamente y una teatralidad enorme que jamás necesita escenario narrativo.
Pero Mythodea necesitaba algo más que un disco.
Necesitaba convertirse en ceremonia.
Y ocurrió.
El 28 de junio de 2001, Vangelis presentó la obra en el Templo de Zeus Olímpico de Atenas. El sitio no pudo haber sido elegido mejor. Detrás de los intérpretes se levantaban aquellas columnas gigantescas que habían sobrevivido durante siglos; sobre ellas, mediante enormes proyecciones, aparecían imágenes mitológicas y fotografías del espacio proporcionadas por la NASA. (Vangelis Movements)
Aquello no era solamente un concierto.
Era una superproducción.
La London Metropolitan Orchestra, más de un centenar de voces del coro de la Ópera Nacional de Grecia, grandes grupos de percusionistas, Battle, Norman y Vangelis rodeado de sus sintetizadores ocuparon aquel espacio arqueológico convertido durante una noche en una especie de plataforma de lanzamiento musical. Algunas fuentes contabilizan más de doscientos intérpretes sobre el escenario. (Wikipedia)
Y hay una imagen que me parece extraordinaria.
Frente a ellos estaban las columnas del templo dedicado a Zeus.
Arriba, el cielo.
En las pantallas, Marte.
En el escenario, instrumentos electrónicos.
Es difícil imaginar una síntesis más poderosa de tres mil años de historia humana.
El mito detrás. La tecnología delante. El universo encima.
El concierto fue filmado profesionalmente bajo la dirección de Declan Lowney y posteriormente apareció en DVD, además de ser transmitido por televisión. Gracias a ese registro todavía podemos contemplar la verdadera dimensión de Mythodea: no solamente como composición, sino como obra audiovisual y ceremonial. (Serpent Films)
Y aquí aparece otra cuestión que considero fundamental.
Vangelis nunca estableció una frontera demasiado rígida entre la llamada música culta, la electrónica, la música cinematográfica y el espectáculo audiovisual. Para él todas esas herramientas podían coexistir si servían a una idea.
Por eso resulta tan difícil clasificarlo.
¿Compositor electrónico?
Sí.
¿Compositor sinfónico?
También.
¿Autor de música para cine?
Por supuesto.
¿Artista multimedia?
Desde mucho antes de que el término se volviera cotidiano.
En Mythodea todas esas identidades aparecen simultáneamente.
Incluso el enorme aparato orquestal no hace desaparecer al Vangelis que conocemos. Sus armonías siguen ahí. Sus progresiones modales, sus pedales, sus melodías sencillas capaces de sostener enormes arquitecturas, sus crescendi, aquella manera tan particular de hacer que un acorde permanezca durante mucho tiempo y, sin embargo, parezca estar transformándose interiormente.
La orquesta no sustituye al sintetizador.
Lo prolonga.
Eso me parece importantísimo.
Durante buena parte del siglo XX se discutió absurdamente si la electrónica terminaría sustituyendo a los instrumentos tradicionales. Vangelis nunca pareció interesado en esa disputa. Para él una sección de cuerdas, un coro de ciento veinte personas, un sintetizador digital y veinticuatro timbales podían pertenecer exactamente al mismo universo.
Son sonido.
Nada más.
Y nada menos.
El álbum apareció finalmente bajo el sello Sony Classical en 2001. Su publicación internacional quedó ligada a la llegada de Mars Odyssey al planeta rojo, cuya inserción orbital ocurrió el 23 de octubre de aquel año. La música fue utilizada por la NASA en actividades relacionadas con la misión y su programa educativo. (Serpent Films)
Me gusta pensar en esa coincidencia.
Mientras una máquina construida por seres humanos viajaba millones de kilómetros hacia Marte, aquí, en este pequeño planeta azul, un griego rodeado de sintetizadores recuperaba sonidos que parecían proceder de los templos de sus antepasados.
Ciencia y mito emprendían el mismo viaje.
Porque quizá nunca estuvieron tan separados como creemos.
Los antiguos levantaban la mirada hacia Marte y veían un dios.
Nosotros levantamos la mirada y vemos óxido de hierro, cráteres, atmósfera tenue, coordenadas, posibilidades de agua antigua.
Pero seguimos mirando.
Eso es lo importante.
Cambian nuestras respuestas; permanece intacto el asombro.
Y Mythodea habla precisamente de eso.
No es música sobre una sonda espacial. Sería reducirla demasiado. Tampoco es simplemente música inspirada en Marte. Es una obra acerca de esa necesidad profundamente humana de enfrentarnos a lo desconocido y darle alguna forma: primero mediante los dioses, después mediante la filosofía, finalmente mediante telescopios, matemáticas y naves interplanetarias.
¿Y la música?
La música estuvo siempre ahí.
A veinticinco años de su aparición, Mythodea merece ser escuchada nuevamente, de principio a fin, con volumen generoso y sin prisas. Y, si es posible, conviene después mirar el concierto de Atenas. Porque pocas obras muestran de manera tan evidente la dimensión monumental que podía alcanzar Vangelis cuando tenía a su disposición no solamente sus sintetizadores, sino una orquesta, un enorme coro, decenas de percusiones, dos sopranos irrepetibles, un templo griego y el mismísimo planeta Marte como escenario imaginario.
Vangelis murió en 2022.
Mars Odyssey, contra todo pronóstico inicial, continuó trabajando alrededor de Marte durante más de dos décadas.
Las columnas de Zeus siguen en Atenas.
Y Mythodea permanece.
Quizá porque hay músicas que pertenecen a una época y envejecen con ella.
Otras consiguen algo mucho más difícil: recordarnos que seguimos siendo aquellos mismos seres humanos que, hace miles de años, salían durante la noche, miraban un pequeño punto rojo en el cielo y se preguntaban qué demonios habría allá arriba.
Entonces inventamos un dios.
Muchos siglos después enviamos una nave.
Y Vangelis, situado exactamente entre ambas cosas, hizo música.

