ROSETTA: VANGELIS Y LA MÚSICA QUE QUISO DESCIFRAR EL ORIGEN
10 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
A diez años de un disco donde la ciencia vuelve a mirar al cielo para preguntarse de dónde venimos
Hay cuerpos celestes que nunca fueron solamente cuerpos celestes.
Durante milenios, un cometa atravesando el cielo podía significar el nacimiento de un rey, la caída de un imperio, una guerra, una epidemia o la llegada de algo que todavía no tenía nombre. Era un mensajero. Una herida luminosa abriéndose en la noche.
Mucho antes de que supiéramos que un cometa era un pequeño cuerpo de hielo, polvo, roca y compuestos orgánicos orbitando alrededor del Sol, ya lo habíamos convertido en signo. En presagio. En pregunta.
Y eso, precisamente eso, es lo que vuelve tan fascinante a Rosetta, el álbum que Vangelis publicó el 23 de septiembre de 2016 y que este año cumple una década.
Porque Vangelis no escribió simplemente música “sobre el espacio”. Decirlo así sería reducirlo demasiado. Lo que hizo fue mirar hacia uno de los objetos más antiguos del sistema solar e intentar escucharlo.
Y escuchar el origen no es poca cosa.
La historia comienza con una de las aventuras científicas más hermosas de nuestro tiempo. La misión Rosetta de la Agencia Espacial Europea fue lanzada el 2 de marzo de 2004. Después de más de diez años de viaje alcanzó, en agosto de 2014, al cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko; meses después liberó el pequeño módulo Philae, que consiguió posarse —accidentadamente, por cierto— sobre su superficie. Rosetta fue la primera nave que orbitó un cometa y Philae protagonizó el primer aterrizaje sobre uno de estos cuerpos. La misión terminaría el 30 de septiembre de 2016, cuando la propia nave realizó un descenso controlado hasta la superficie del cometa.
Siete días antes de aquel final apareció el disco de Vangelis.
No podía haber una sincronía más hermosa.
Pero el nombre Rosetta contiene una segunda historia, mucho más antigua.
La sonda había sido bautizada así por la célebre Piedra de Rosetta, encontrada en 1799 durante la campaña napoleónica en Egipto, cerca de Rashid —Rosetta para los europeos—. La piedra contiene un mismo decreto escrito en tres sistemas: jeroglíficos egipcios, escritura demótica y griego antiguo. Esa coexistencia permitió a Thomas Young y, decisivamente, a Jean-François Champollion abrir el camino hacia el desciframiento de los jeroglíficos.
He aquí una precisión que vale la pena hacer: no son exactamente “tres idiomas”, como solemos decir coloquialmente, sino dos lenguas representadas mediante tres escrituras: egipcio en jeroglífico y demótico, y griego antiguo. Y esa piedra, aparentemente muda, terminó devolviendo una voz a tres mil años de civilización.
La analogía de la ESA era magnífica: si aquella Rosetta permitió descifrar el Egipto antiguo, la sonda Rosetta intentaría descifrar algo muchísimo más remoto todavía: los primeros capítulos de la formación del sistema solar. La propia agencia lo explicó en esos términos. Los cometas son residuos antiquísimos del material con el que comenzaron a formarse los planetas hace unos 4,600 millones de años. Estudiarlos es leer una especie de escritura fósil del cosmos.
¿Y qué hace Vangelis ante semejante metáfora?
Lo que había hecho durante toda su vida: convertir conocimiento en sonido.
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Vangelis tuvo siempre una relación muy particular con la ciencia. No era decoración temática. No colocaba nombres astronómicos a sus piezas para hacerlas parecer misteriosas. Desde Albedo 0.39 en 1976 hasta Mythodea, pasando por Spiral, Heaven and Hell o determinadas páginas de Direct, el universo aparece en su música como una pregunta filosófica.
En una entrevista de 2016 lo expresó de una manera que me parece esencial: para él, comprender el mundo y descifrar los misterios de la naturaleza estaban íntimamente ligados a la música. Y cuando hablaba del sintetizador tampoco lo concebía como una máquina opuesta a lo natural. ¿Acaso la electricidad no pertenece también a la naturaleza?, se preguntaba.
Ahí está buena parte de la estética de Vangelis.
Nunca existió, para él, una frontera verdadera entre el sintetizador y el cosmos.
La electricidad también es naturaleza.
La vibración también es materia.
El sonido también pertenece al universo.
Por eso Rosetta no suena como la banda sonora de una película de ciencia ficción. Suena más bien como si alguien hubiera intentado colocar un estetoscopio sobre el sistema solar.
La relación de Vangelis con la misión comenzó varios años antes del disco. El astronauta neerlandés André Kuipers, admirador suyo, había llevado música de Vangelis a la Estación Espacial Internacional. Ambos conversaron por videollamada mientras Kuipers se encontraba en órbita, y posteriormente la ESA invitó al compositor a escribir música para acompañar el histórico descenso de Philae en noviembre de 2014. De aquel encuentro surgieron piezas como Arrival, Philae’s Journey y Rosetta’s Waltz. Con el tiempo, aquella colaboración terminó convirtiéndose en un álbum completo.
Vangelis explicaría después que inicialmente le solicitaron música para el encuentro de Rosetta con el cometa y el descenso de Philae; poco a poco, la idea creció hasta convertirse en un disco dedicado a toda la misión.
Y hay algo que me gusta particularmente: Rosetta vuelve a ser prácticamente Vangelis solo frente a sus instrumentos.
No hay una soprano como Angela Gheorghiu en Juno to Jupiter. No están Jessye Norman ni Kathleen Battle como en Mythodea. No encontramos una gran orquesta situada frente a nosotros.
Está Vangelis.
Sus sintetizadores.
Y el espacio.
Los créditos oficiales lo presentan como compositor, intérprete de sintetizador, arreglista y productor de las trece piezas. Philippe Colonna aparece como ingeniero y responsable de la masterización.
Es decir, regresamos a ese Vangelis que puede construir una orquesta entera con sus propias manos.
Y qué manos.
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El álbum comienza con Origins (Arrival).
El título ya contiene prácticamente el programa entero: origen y llegada.
Pero ¿llegada de quién?
¿La nave llegando al cometa?
¿El cometa llegando desde las regiones primordiales del sistema solar?
¿Nosotros llegando, mediante la ciencia, hasta una memoria que existía miles de millones de años antes de que apareciera el primer ser humano?
En Vangelis las palabras nunca son inocentes.
Después aparece Starstuff: materia estelar.
Carl Sagan habría sonreído.
Somos materia de estrellas, sí, pero también materia de cometas, de polvo, de moléculas, de restos antiquísimos que comenzaron a organizarse mucho antes de que existieran océanos, animales, ciudades, religiones o música.
Infinitude, Exo Genesis, Celestial Whispers…
Los títulos parecen capítulos de una cosmología poética.
Pero en medio del disco aparece uno especialmente hermoso para quienes seguimos desde hace décadas el trabajo de Vangelis:
Albedo 0.06.
Es imposible no escuchar ahí una reverberación de Albedo 0.39, aquel extraordinario álbum de 1976.
Cuarenta años separan ambos títulos.
En 1976 Vangelis nos hablaba del albedo terrestre: la fracción de radiación solar que nuestro planeta refleja hacia el espacio. Ahora, en 2016, vuelve a utilizar esa palabra para referirse a un cuerpo infinitamente más oscuro. El núcleo de 67P posee un albedo bajísimo; refleja una porción diminuta de la luz que recibe.
Y entonces ocurre algo maravilloso.
El hombre que medio siglo atrás musicalizaba la Tierra vista desde el cosmos ahora contempla una piedra negra viajando por él.
El punto de vista se ha invertido.
Ya no miramos desde la Tierra hacia las estrellas.
Nos hemos desplazado hasta un pequeño mundo que atraviesa la oscuridad.
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Después llegan Sunlight, Rosetta y Philae’s Descent.
Esta última tiene algo inevitablemente cinematográfico, pero no en el sentido convencional. Sabemos que detrás existe una acción concreta: un pequeño artefacto humano separándose de una nave y descendiendo hacia una superficie sobre la que nadie había intentado posarse antes.
Hay algo profundamente conmovedor en eso.
Philae apenas medía alrededor de un metro. Frente al universo era absolutamente insignificante.
Pero llevaba instrumentos científicos.
Llevaba preguntas.
Y eso cambia todo.
Desde luego, el descenso no salió exactamente como estaba previsto. El módulo rebotó varias veces debido a que sus sistemas de anclaje no funcionaron correctamente y terminó detenido en una zona poco iluminada. Sin embargo, logró realizar ciencia. Y en aquella pequeña máquina torpe y maravillosa existe algo profundamente humano: llegamos, tropezamos, rebotamos… y aun así preguntamos.
Después aparece Mission Accomplie (Rosetta’s Waltz).
Un vals.
¿Quién habría imaginado un vals orbitando un cometa?
Solamente Vangelis.
La ESA explicó que el compositor dedicó el álbum a todos los responsables de la misión y amplió particularmente Rosetta’s Waltz como gesto hacia aquel enorme equipo de científicos, técnicos e ingenieros.
Es una idea bellísima: después de doce años, cientos de millones de kilómetros, cálculos orbitales, comunicaciones retrasadas por la velocidad de la luz y una pequeña nave persiguiendo una montaña oscura por el sistema solar, Vangelis decide que aquello merece un vals.
La ciencia también puede bailar.
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Pero todavía queda otro asunto.
El cometa como mensajero.
Nuestra relación con estos objetos es mucho más antigua que la astronomía moderna. Durante siglos fueron interpretados como anuncios de acontecimientos excepcionales. El cielo regular tranquilizaba; el cometa, en cambio, rompía esa regularidad. Aparecía sin pedir permiso, extendía una cola inmensa y desaparecía.
Era comprensible que asustara.
Incluso podemos permitirnos aquí una pequeña digresión, porque la historia de las ideas está llena de caminos laterales fascinantes.
En 1950 Immanuel Velikovsky publicó Worlds in Collision, uno de los libros heterodoxos más célebres del siglo XX. Propuso, entre otras cosas, que Venus habría tenido alguna vez comportamiento cometario y que encuentros cercanos con la Tierra explicarían determinados relatos míticos y bíblicos. Llegó incluso a relacionar el maná del Éxodo con sustancias hidrocarbonadas procedentes de aquella supuesta cola cometaria.
La hipótesis fue rechazada por la astronomía y hoy pertenece más bien a la historia de la pseudociencia que a la ciencia planetaria. Carl Sagan dedicó páginas enteras a desmontarla.
Pero la menciono por otra razón.
Porque demuestra hasta qué punto seguimos necesitando convertir los fenómenos celestes en relato.
Antes eran dioses.
Después presagios.
Después mitologías.
Después teorías extravagantes.
Y finalmente sondas espaciales.
Lo admirable es que la pregunta continúa siendo la misma:
¿qué intenta decirnos aquello que viene del cielo?
Rosetta respondió de una manera radicalmente distinta: no interpretando signos, sino midiendo.
Analizando polvo.
Midiendo gases.
Fotografiando.
Detectando moléculas.
Y los resultados fueron extraordinarios. La misión encontró, entre otras cosas, oxígeno molecular, nitrógeno, fósforo y glicina —un aminoácido presente en las proteínas—, además de aportar información decisiva sobre la naturaleza primitiva de los cometas.
De manera que el cometa seguía siendo mensajero.
Solamente que ahora sabíamos leer mejor su mensaje.
Y aquí vuelve la Piedra de Rosetta.
Porque eso es exactamente descifrar.
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Las últimas piezas del álbum son quizá las más profundas.
Perihelion.
Elegy.
Return to the Void.
Perihelio: el punto de máxima cercanía al Sol.
Elegía: despedida.
Regreso al vacío.
La secuencia es casi dramática.
Hay nacimiento, aproximación, descubrimiento y desaparición.
Una vida entera comprimida en cincuenta y tres minutos.
Y quizá por eso Rosetta ocupa un lugar tan especial dentro de la obra tardía de Vangelis.
No es el Vangelis espectacular de 1492.
No es exactamente el Vangelis sinfónico-ritual de Mythodea.
Tampoco es el joven laboratorio electrónico de Albedo 0.39.
Es un hombre ya mayor contemplando el tiempo profundo.
Hay menos necesidad de demostrar nada.
Más espacio.
Más silencio.
Más contemplación.
Esa es, para mí, una de las características de su madurez: Vangelis había aprendido que el universo no necesita ser llenado constantemente de sonido. A veces basta una textura que aparece lentamente, un intervalo suspendido, una armonía enorme que tarda en moverse.
Porque allá afuera las cosas suceden de otra manera.
Un viaje puede durar doce años.
Una órbita, siglos.
Una piedra puede conservar información durante miles de millones de años.
Nuestra escala humana resulta ridículamente pequeña.
Y sin embargo construimos una nave.
La enviamos.
Esperamos.
Llegó.
Eso me sigue pareciendo prodigioso.
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Diez años después, Rosetta conserva algo que muy pocos discos electrónicos poseen: no ha envejecido con su tecnología porque nunca trató realmente de tecnología.
Trata de curiosidad.
Y la curiosidad humana no envejece.
Vangelis comprendió algo fundamental: ciencia y arte no necesariamente responden preguntas distintas. A veces simplemente utilizan lenguajes diferentes para acercarse al mismo misterio.
La ciencia pregunta:
¿de qué está hecho ese cometa?
La música pregunta:
¿qué sentimos cuando sabemos que ese cometa estaba allí antes que nosotros?
Ambas preguntas importan.
Tal vez por eso me fascina imaginar la trayectoria completa de Vangelis. En 1976 contempla la Tierra desde fuera en Albedo 0.39. En 2001 dirige la mirada hacia Marte con Mythodea. En 2016 alcanza un cometa con Rosetta. Y algunos años después llegará hasta Júpiter con Juno to Jupiter.
Como si su discografía hubiera ido construyendo, sin proponérselo del todo, una cartografía musical del sistema solar.
Pero Rosetta tiene algo especial.
Porque aquí no viajamos hacia un planeta.
Viajamos hacia el pasado.
Hacia materia prácticamente intacta desde la infancia del sistema solar.
Hacia una roca negra que no sabe que existe la humanidad.
Y allí llega una máquina fabricada por nosotros.
La fotografía.
La mide.
La escucha.
Mientras tanto, en algún estudio de París, un hombre frente a sus sintetizadores intenta traducir esa aventura a otro lenguaje.
Quizá ésa sea la tercera Rosetta.
La primera fue una piedra que permitió descifrar una civilización.
La segunda fue una nave que ayudó a descifrar el sistema solar.
La tercera es este disco.
Una piedra sonora.
Un intento de traducir en música aquello que las ecuaciones pueden describir, pero que todavía necesitamos sentir.
Y cuando termina Return to the Void, algo permanece flotando.
No sé si sea exactamente silencio.
Tal vez sea esa vieja sensación que hemos experimentado desde que el primer ser humano levantó la cabeza y descubrió una luz extraña atravesando la noche:
que el universo está diciendo algo.
Y que todavía estamos aprendiendo a escucharlo.

