Visiones Sonoras: cuando el futuro dejó de vivir en el centro
20 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
Durante muchos años, en México pareció existir una especie de ley no escrita: si algo verdaderamente importante iba a suceder en la música contemporánea, tenía que suceder en la Ciudad de México.
Ahí estaban las instituciones, los grandes recintos, los presupuestos, los festivales, los investigadores, las universidades, los críticos, los compositores. Ahí parecía concentrarse también eso que solemos llamar —con una palabra un poco peligrosa— vanguardia.
Por eso la historia de Visiones Sonoras me parece particularmente importante.
No solamente porque se haya convertido en uno de los encuentros más significativos de México dedicados a la música, el sonido y las nuevas tecnologías, sino porque demuestra que es posible construir conocimiento y creación artística de alto nivel lejos de ese centro gravitacional que durante décadas ha sido la capital del país.
Y hacerlo desde Morelia.
Hay algo hermoso en ello.
Morelia, con su cantera rosa, sus edificios coloniales, sus calles cargadas de historia, sus iglesias y sus patios antiguos, se convirtió paradójicamente en un sitio donde se discute buena parte del futuro del sonido. Me gusta esa contradicción: computadoras, algoritmos, interfaces, síntesis, procesamiento digital y espacialización habitando una ciudad que parece conversar permanentemente con otros siglos.
Ahí se encuentra el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras, el CMMAS, que este 2026 cumple veinte años.
Dos décadas.
Visiones Sonoras, por su parte, llega a su vigésima segunda edición, que se realizará del 23 al 26 de septiembre en Morelia.
Los números podrían parecer apenas datos para una efeméride. No lo son. En un país donde tantos proyectos culturales dependen de una administración, de un presupuesto sexenal, de una voluntad política momentánea o incluso del entusiasmo de una sola persona, permanecer veinte años dice mucho más que cualquier discurso.
Porque las computadoras se compran. Los micrófonos se compran. Las interfaces, los sistemas multicanal y los programas informáticos también.
Una comunidad no.
Una comunidad se construye.
Y para hacerlo hacen falta años, paciencia y una cualidad bastante más escasa de lo que suponemos en nuestro medio musical: entender que el conocimiento no pierde valor cuando se comparte.
Rodrigo
Conocí a Rodrigo Sigal de una manera que hoy parece absolutamente cotidiana, pero que hace más de veinticinco años todavía tenía algo de aventura: por correo electrónico.
Él se encontraba en Londres terminando su doctorado y comenzamos a intercambiar mensajes. Internet todavía conservaba cierto aire de territorio por descubrir. No existían las redes sociales como las conocemos ahora, y aquella posibilidad de establecer contacto con alguien situado a miles de kilómetros tenía algo de extraordinario.
Primero fueron los correos.
Después vino el encuentro personal.
En 2006 fui invitado a Visiones Sonoras y finalmente pudimos conocernos frente a frente. Desde entonces he seguido de cerca su trabajo y, sobre todo, he podido conocer a la persona detrás del compositor, del investigador, del gestor y del académico.
Y eso importa.
Rodrigo pertenece, desde mi perspectiva, a una generación de compositores mexicanos que comprendió tempranamente que la tecnología no debía utilizarse como ornamento ni como espectáculo.
La tecnología es lenguaje.
Pero también es pensamiento.
No se trata de poner una computadora junto a un instrumento para que una obra se vuelva contemporánea. Eso sería demasiado sencillo. Se trata de preguntarnos qué puede hacer hoy el sonido que antes no podía hacer. Qué nuevas relaciones podemos establecer entre intérprete y máquina. Qué significa componer cuando el material musical puede transformarse en tiempo real. Qué sucede cuando el espacio mismo se convierte en parámetro compositivo.
Y, todavía más profundamente:
¿qué significa escuchar en el siglo XXI?
Rodrigo lleva décadas haciéndose esas preguntas desde la composición, la investigación, la docencia y la gestión. Pero hay otra característica suya que para mí resulta igualmente importante y que difícilmente aparece en un currículum académico: la generosidad.
He conocido extraordinarios músicos que protegen sus conocimientos como si fueran secretos alquímicos; investigadores que construyen pequeñas murallas alrededor de sus descubrimientos; compositores que observan a los jóvenes como posibles competidores.
Rodrigo es exactamente lo contrario.
Comparte. Explica. Escucha. Conecta personas. Abre puertas.
Alrededor suyo se fue formando un equipo sólido de compositores, investigadores, técnicos, gestores y artistas. Y acaso ahí se encuentre una de las explicaciones de estos veinte años: ninguna institución verdadera se construye en solitario.
Un festival no son cuatro días
Visiones Sonoras nació en 2005 y con los años encontró en Morelia su territorio natural. Desde 2009 el festival se desarrolla ahí, y aquella decisión terminó convirtiéndose en un extraordinario ejercicio de descentralización cultural.
Porque descentralizar no significa simplemente trasladar un concierto de la Ciudad de México a otra ciudad.
Eso es itinerancia.
La verdadera descentralización ocurre cuando el conocimiento echa raíces. Cuando aparecen estudiantes, llegan investigadores, se forman públicos y alguien viaja desde otro país no solamente para presentarse, sino para intercambiar experiencias. O cuando un joven compositor descubre que no necesita vivir obligatoriamente en la capital para acceder a determinadas herramientas, ideas y personas.
El CMMAS ha sido fundamental en ese proceso porque permite que lo que ocurre durante unos días tenga continuidad durante el resto del año.
Dicho de otra manera:
Visiones Sonoras es el encuentro; el CMMAS es la casa.
Y esa diferencia es fundamental.
Por eso reducir Visiones Sonoras a una sucesión de conciertos de música electroacústica sería quedarse apenas en la superficie. El festival ha sido también un espacio de contacto entre compositores, intérpretes, programadores, artistas sonoros, investigadores, estudiantes, tecnólogos y gestores culturales provenientes de numerosos lugares.
Y sospecho que algunas de las cosas más importantes ni siquiera suceden sobre el escenario.
Ocurren en un corredor.
Durante una conversación.
Frente a una computadora.
Después de una conferencia.
Mientras alguien explica un patch.
Cuando un compositor joven muestra tímidamente una obra y alguien con treinta años de experiencia se sienta junto a él para escucharla.
La música contemporánea también se construye ahí: en la transmisión del conocimiento.
La electroacústica también tiene memoria
Existe una curiosa paradoja alrededor de la música electrónica: tendemos a imaginarla siempre asociada con el futuro.
Pero ya tiene historia.
Mucha.
Desde los primeros experimentos con cinta magnética, la musique concrète, los estudios de Colonia, París o Milán, los sintetizadores analógicos y posteriormente la revolución digital, han transcurrido suficientes décadas como para que varias generaciones hayan construido lenguajes, escuelas, estéticas e incluso tradiciones.
México forma parte de esa historia.
Y América Latina también.
Durante mucho tiempo, sin embargo, nuestras historias tecnológicas parecían contarse inevitablemente desde otros lugares: París, Colonia, Stanford, Nueva York, Londres. Como si la experimentación sonora necesitara pasaporte europeo o estadounidense para adquirir legitimidad.
Visiones Sonoras ha contribuido a modificar esa perspectiva y el CMMAS le dio un territorio permanente desde el cual hacerlo.
Una cosa es organizar un festival internacional; otra, bastante más compleja, es mantener un espacio donde la investigación, la enseñanza, la producción y la experimentación sonora ocurran cotidianamente.
Eso permite algo decisivo: dejar de ser únicamente receptores de tecnologías y discursos para convertirnos también en interlocutores.
Porque una cultura madura no se limita a importar conocimiento.
Lo transforma.
Lo contradice.
Lo adapta.
Y finalmente produce el suyo.
Veinte años en el futuro
Veinte años pueden parecer poco frente a instituciones centenarias. En el territorio de las nuevas tecnologías, sin embargo, son casi una era geológica.
Basta recordar cómo trabajábamos en 2006.
Las computadoras que entonces parecían extraordinariamente poderosas hoy serían prácticamente piezas de museo. Cambiaron los programas, las interfaces, los lenguajes de programación, las capacidades de procesamiento, los sistemas de espacialización y las formas de distribución musical. Algunas herramientas desaparecieron; otras que parecían ciencia ficción se volvieron cotidianas. Y en los últimos años la inteligencia artificial abrió preguntas que apenas comenzamos a formular.
El CMMAS atravesó toda esa transformación.
Eso significa que no estamos celebrando solamente la permanencia de un edificio o de unas siglas, sino la capacidad de cambiar sin perder identidad.
Una institución dedicada a las nuevas tecnologías que dejara de transformarse sería una contradicción en sí misma.
Por eso pienso que estos veinte años son también veinte años de preguntas.
¿Qué hacemos con las nuevas herramientas?
¿Para qué sirven artísticamente?
¿Dónde termina la tecnología y comienza la música?
¿Existe siquiera esa frontera?
¿Puede una máquina convertirse en extensión del pensamiento compositivo?
Son preguntas que yo mismo me he hecho durante buena parte de mi vida como compositor y sospecho que nunca terminaremos de responderlas.
Afortunadamente.
Quizá por eso he pensado muchas veces que el gran instrumento musical de nuestra época ya no es solamente el piano, el violín, la orquesta o la computadora.
Es la red.
No me refiero únicamente a Internet, sino a la capacidad de conectar conocimientos, personas y disciplinas: un compositor con un ingeniero, un intérprete con un programador, un matemático con un artista sonoro, un investigador con un estudiante.
De esos cruces surgen territorios que hace unas décadas apenas podíamos imaginar.
Y ahí reside una de las mayores virtudes de Visiones Sonoras.
Morelia
Hay una imagen que siempre me ha parecido poderosa.
Para llegar al futuro del sonido mexicano hay que caminar por una ciudad antigua.
Uno atraviesa Morelia, contempla la piedra, las fachadas, los conventos, las plazas, las iglesias; escucha campanas, tráfico, conversaciones, vendedores, pasos…
y después entra en un espacio donde alguien trabaja con síntesis granular, electrónica en tiempo real, procesamiento digital, sistemas interactivos, inteligencia artificial o espacialización sonora.
Siglos separados por una puerta.
Eso también es México.
Un país donde temporalidades completamente distintas pueden convivir en la misma calle.
Quizá por eso Morelia terminó siendo un sitio extraordinariamente apropiado para Visiones Sonoras y para el CMMAS. Porque la verdadera modernidad no consiste en destruir el pasado, sino en poder conversar con él sin quedar atrapados dentro de él.
Y aquí aparece algo que me parece esencial.
Durante demasiado tiempo hemos confundido cultura nacional con cultura producida en la capital.
No son lo mismo.
La descentralización verdadera tampoco consiste en enviar periódicamente actividades culturales desde el centro hacia los estados, como quien reparte bienes desde una capital ilustrada hacia una supuesta periferia.
La descentralización ocurre cuando otros centros comienzan a existir.
Morelia se convirtió, en el terreno de la música y las artes sonoras, en uno de ellos.
No por decreto.
No porque alguien lo anunciara en un discurso.
Por trabajo.
Sembrar
He tenido la fortuna de conocer a Rodrigo durante buena parte de este recorrido.
Y con los años he comenzado a pensar que existe otra manera de medir la trayectoria de un creador.
Podemos hacerlo por sus obras, sus estrenos, sus premios, sus grabaciones o los festivales donde aparece su nombre. Todo eso importa.
Pero también podemos hacernos una pregunta mucho más sencilla:
¿qué queda alrededor de una persona después de muchos años de trabajo?
Si solamente quedan sus obras, tendremos un compositor.
Pero si quedan además alumnos, proyectos, archivos, publicaciones, encuentros, amistades intelectuales, instituciones y nuevas generaciones trabajando, entonces estamos hablando de otra cosa.
Estamos hablando de alguien que sembró.
Y Rodrigo Sigal ha sembrado mucho.
Por eso tengo por él admiración, respeto y un cariño que viene ya de muchos años. Detrás del académico de sólida preparación, del compositor y del investigador, he encontrado siempre a un hombre ecuánime y dispuesto a compartir lo que sabe.
No es poca cosa.
Y me parece justo decirlo ahora, cuando el CMMAS cumple veinte años. A veces esperamos demasiado para reconocer el trabajo de las personas y de las instituciones.
Hay que hacerlo mientras siguen ahí.
Mientras continúan creando.
Mientras todavía imaginan lo que viene.
Escuchar hacia adelante
Del 23 al 26 de septiembre de 2026, Visiones Sonoras volverá a suceder en Morelia.
Será su vigésima segunda edición, precisamente en el año en que el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras celebra dos décadas de existencia.
Llegarán compositores, artistas, investigadores y estudiantes. Habrá computadoras encendidas, cables atravesando habitaciones, bocinas, instrumentos, pantallas, conversaciones, conciertos y seguramente algún inevitable problema técnico —porque la música electroacústica también posee sus propios demonios—.
Pero cuando termine el último concierto y se apaguen los equipos, quedará aquello que difícilmente puede registrarse en una memoria institucional.
Una conversación.
Una amistad.
Una pregunta.
Un proyecto que comenzó esa noche.
Quizá una obra que todavía no existe.
Quizá algún muchacho o alguna muchacha que regrese a casa pensando que también puede dedicar su vida a investigar el sonido.
Eso es un festival.
O debería serlo.
No solamente un lugar donde vamos a escuchar lo que otros hicieron, sino un sitio del que regresamos con ganas de hacer algo que todavía no existe.
Después de veintidós ediciones de Visiones Sonoras y veinte años del CMMAS, acaso sea ese su legado más importante: las personas que llegaron, aprendieron, enseñaron, compartieron y después llevaron algo de esa experiencia hacia otros lugares.
Porque descentralizar la cultura no significa llevar el centro hacia la periferia.
Significa algo mucho más profundo:
comprender que el centro puede estar en cualquier parte donde existan conocimiento, imaginación y comunidad.
Durante unos días de septiembre, ese centro vuelve a estar en Morelia.
Pero quizá el verdadero logro sea otro: cuando termina Visiones Sonoras, cuando se apagan las bocinas, se guardan los cables y el último visitante emprende el regreso, algo permanece.
Entre la cantera rosa, las computadoras, las partituras, las ideas y los sonidos que todavía no tienen nombre.
Veinte años después, seguimos escuchando.
Y seguimos sin saber exactamente cómo sonará el futuro.
Qué bueno.
Quizá de eso se trate.

