Cuando la música pide paz

21 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura

Paz.

Probablemente sea una de las palabras más pronunciadas y, al mismo tiempo, una de las menos cumplidas en la historia de la humanidad. La escribimos en monumentos, la repetimos en discursos, la convertimos en paloma blanca, bandera, consigna, deseo de Año Nuevo y hasta respuesta obligada en los certámenes de belleza: la paz mundial.

Pero seguimos matándonos.

Quizá por eso la música ha intentado decir aquello que nosotros no hemos sabido hacer.

Porque la música tiene una ventaja sobre los discursos: no necesita demostrar nada. Puede entrar por un resquicio, instalarse en la memoria y conmovernos antes de que la razón levante sus defensas. Una melodía puede atravesar una frontera sin mostrar pasaporte. Un acorde no pregunta por ideología, nacionalidad, religión o partido político. Simplemente suena.

Y a veces eso basta.

Si existe una obra que haya terminado convertida en una especie de monumento sonoro a la fraternidad humana, es la Novena Sinfonía de Beethoven.

Resulta conmovedor pensarlo. Beethoven, prácticamente sordo, encerrado cada vez más dentro de sí mismo, decidió concluir su última sinfonía rompiendo una frontera que hasta entonces parecía infranqueable: introdujo la voz humana en la sinfonía y recurrió a Friedrich Schiller para decir algo que la orquesta, por sí sola, parecía ya no poder contener.

Alle Menschen werden Brüder.

Todos los hombres se vuelven hermanos.

No es poca cosa.

Y quizá por ello la Novena ha reaparecido una y otra vez cuando la historia necesita símbolos.

Uno de los momentos más extraordinarios ocurrió en diciembre de 1989. El Muro de Berlín acababa de caer. Leonard Bernstein reunió músicos provenientes de diferentes países y orquestas —también de las dos Alemanias— para interpretar la Novena.

Durante mucho tiempo tuve en la memoria que aquel concierto había ocurrido junto a la Puerta de Brandeburgo. No fue así. Bernstein dirigió la interpretación histórica del 25 de diciembre en el Schauspielhaus de Berlín Oriental, hoy Konzerthaus, en Gendarmenmarkt.

Pero hizo algo todavía más hermoso.

Cambió una palabra.

Donde Schiller había escrito Freude, alegría, Bernstein hizo cantar Freiheit:

libertad.

La Oda a la alegría se convirtió, por una noche, en Oda a la libertad.

No era Beethoven quien había cambiado. Había cambiado el mundo.

Y ahí reside uno de los poderes más extraños de la gran música: una obra escrita más de siglo y medio antes podía hablarle directamente a una ciudad que acababa de derribar el muro que la había partido en dos.

Pero no siempre la música de la paz nace de la alegría.

A veces nace del horror.

Pensemos en el War Requiem de Benjamin Britten, estrenado en 1962 para la consagración de la nueva catedral de Coventry, levantada junto a las ruinas de aquella que había sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Britten mezcló el texto latino de la misa de difuntos con los poemas terribles de Wilfred Owen, poeta y soldado muerto pocos días antes del armisticio de 1918.

Aquello no es música para decorar una ceremonia.

Es una herida abierta.

Como lo es también el Threnody to the Victims of Hiroshima, de Krzysztof Penderecki. Cincuenta y dos instrumentos de cuerda convertidos en materia sonora: clusters, glissandi, masas, chillidos, texturas que parecen desprenderse del metal fundido y de una memoria que todavía quema.

La paz también puede pedirse gritando.

Antes, Ralph Vaughan Williams había compuesto Dona nobis pacem, tomando aquella súplica antiquísima —“danos la paz”— y confrontándola con textos de Walt Whitman y con la sombra de una Europa que nuevamente caminaba hacia la guerra.

Y podríamos seguir.

La música está llena de estas plegarias, religiosas o laicas, porque el deseo de paz es mucho más antiguo que nuestras instituciones.

Pero existe una historia que siempre me ha parecido brutalmente hermosa.

Navidad de 1914.

Primera Guerra Mundial.

En algunos sectores del frente occidental, soldados alemanes y británicos comenzaron espontáneamente a suspender el fuego. Desde las trincheras aparecieron villancicos. Entre ellos estaba Stille Nacht, nuestra Noche de paz.

Y ocurrió lo improbable.

Hombres que unas horas antes se disparaban salieron de las trincheras. Se encontraron en esa tierra de nadie que normalmente significaba muerte. Intercambiaron cigarrillos, alimentos, pequeños regalos. Conversaron. Se dieron la mano. En algunos lugares enterraron juntos a sus muertos.

Por unas horas dejaron de ser enemigos.

Eran muchachos.

Eso es quizá lo más terrible de la historia.

Porque después regresaron a las trincheras.

Y la guerra continuó.

La música no detuvo la Primera Guerra Mundial. Sería ingenuo afirmarlo. Pero durante unas horas consiguió algo extraordinario: recordó a aquellos hombres que enfrente no había monstruos, sino otros seres humanos que también tenían frío, miedo, hambre, familia y una canción de Navidad en la memoria.

¿Puede pedírsele más a una melodía?

El siglo XX convertiría después la paz en tema recurrente de la música popular. El jazz, el folk, el rock, el reggae, la canción de protesta, la música africana y latinoamericana construyeron sus propios discursos contra la guerra.

Ahí están Bob Dylan, Joan Baez, Pete Seeger. Está Marvin Gaye preguntando What’s Going On. Está Bob Marley intentando convertir la música en un territorio de reconciliación en una Jamaica atravesada por la violencia política. Está Miriam Makeba haciendo de su voz algo inseparable de la dignidad de un continente marcado por el colonialismo y el apartheid.

Y está Pink Floyd.

Basta escuchar Us and Them para entender que la guerra puede contarse sin necesidad de marchas militares. El título mismo contiene una de las enfermedades más antiguas de nuestra especie:

nosotros y ellos.

Ahí comienza casi todo.

Cuando el otro deja de ser persona y se convierte solamente en “ellos”, matarlo resulta mucho más sencillo.

Naturalmente, en esta historia aparece John Lennon.

Y aquí debo hacer una confesión que probablemente no agrade a todos: nunca he terminado de creerle.

Reconozco la enorme eficacia cultural de Give Peace a Chance, de Happy Xmas (War Is Over) y, por supuesto, de Imagine. Sería absurdo negar su importancia dentro de la cultura popular del siglo XX. Millones de personas las han hecho suyas y Imagine terminó convertida prácticamente en un himno secular.

Pero una cosa es reconocer el valor de una canción y otra muy distinta creer sin reservas en la construcción pública de quien la canta.

Siempre he mirado con desconfianza aquella etapa pacifista de Lennon y Yoko Ono: las camas convertidas en acontecimiento mediático, las fotografías, las campañas perfectamente aprovechadas por la prensa, la imagen del artista transformada también en producto. El pacifismo vendía. La contracultura vendía. El mundo poshippie vendía.

Tal vez Lennon creyera sinceramente parte de aquello. No tengo forma de entrar en su conciencia, ni me interesa hacerlo. Pero yo nunca he conseguido separar completamente al apóstol de la paz del extraordinario hombre de negocios de su propia imagen.

Y, sin embargo —aquí aparece la maravillosa contradicción del arte—, Imagine dejó de pertenecerle a Lennon hace mucho tiempo.

Las obras terminan escapando de sus autores.

Y millones de personas pueden encontrar sinceramente un deseo de fraternidad en una canción aunque uno desconfíe de las intenciones originales de quien la escribió.

Eso también es música.

Porque la música puede ser más noble que nosotros.

Por eso tiene sentido recordar todo esto cuando se acerca el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz. No como una efeméride burocrática más, sino como una oportunidad para preguntarnos qué significa realmente esa palabra.

Paz no es silencio.

Paz tampoco significa obediencia.

Mucho menos significa aceptar mansamente aquello que está mal.

La verdadera paz necesita justicia, instituciones capaces de funcionar, convivencia, respeto, seguridad y una sociedad que todavía sea capaz de reconocerse a sí misma incluso en medio de sus diferencias.

Y en México necesitamos hablar de ello.

Vivimos años difíciles. La violencia ha penetrado demasiados espacios de nuestra vida cotidiana; las desapariciones continúan siendo una herida abierta, la inseguridad condiciona decisiones elementales de millones de personas y la discusión pública se ha endurecido hasta convertir demasiadas veces al que piensa distinto en enemigo.

No necesito colocarle al país una etiqueta grandilocuente para reconocer la gravedad de lo que ocurre.

Me preocupa México.

Me preocupa la normalización de la violencia. Me preocupa que podamos acostumbrarnos al miedo. Me preocupa que las cifras terminen anestesiándonos y que detrás de cada muerto, cada desaparecido, cada familia desplazada o cada negocio que cierra dejemos de imaginar un rostro.

Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de conmoverse comienza a perder algo mucho más peligroso que la tranquilidad: pierde humanidad.

Quizá por eso necesitamos también la música.

No porque una sinfonía vaya a detener una bala.

No la detendrá.

Una canción tampoco resolverá una crisis de seguridad ni sustituirá a las instituciones, las leyes, la responsabilidad pública o las decisiones ciudadanas.

Pero puede impedir que nos acostumbremos.

Puede recordarnos quiénes somos.

Puede devolvernos, durante cuatro minutos o durante los setenta de una sinfonía, esa parte de nosotros mismos que el ruido cotidiano va erosionando.

Eso hizo Beethoven.

Eso ocurrió fugazmente entre las trincheras en 1914.

Eso ocurrió nuevamente en Berlín en 1989, cuando una palabra cambió y millones de personas escucharon Freiheit donde durante más de siglo y medio se había cantado Freude.

Y eso podemos seguir buscando hoy.

No una paz ingenua.

No la paz de postal, de paloma blanca o concurso de belleza.

Una paz consciente.

Una paz construida.

Una paz que exija responsabilidad, inteligencia y memoria; que nos permita reencontrarnos como sociedad y elegir con serenidad y conocimiento nuestros próximos pasos durante los meses y años que vienen. Las transformaciones duraderas de una sociedad no se construyen desde el odio ni desde la resignación, sino desde ciudadanos capaces de escuchar, pensar, discutir y decidir.

Tal vez ahí la música tenga todavía algo que enseñarnos.

Escuchar al otro.

Parece poca cosa.

Pero toda orquesta comienza exactamente ahí.

Un músico escucha al otro antes de entrar. Respira con él. Ajusta su afinación. Comprende que su sonido individual sólo adquiere pleno sentido cuando forma parte de algo mayor. Nadie renuncia por ello a su propia voz; al contrario, la conserva para poder construir armonía con las demás.

Quizá una sociedad no sea tan diferente.

Beethoven, completamente sordo, imaginó al final de su vida una humanidad cantando junta.

Qué paradoja.

El hombre que ya no podía escuchar al mundo terminó escribiendo una de las músicas que más veces le han recordado al mundo que debe escucharse.

Dos siglos después seguimos intentándolo.

Y quizá mientras seamos capaces de hacerlo todavía quede esperanza.