El sonido de la elegancia
25 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
Chic y el arte de hacer bailar con inteligencia
Por Aldo Rodríguez
Hay músicas que uno descubre y hay músicas que, de alguna manera, lo descubren a uno.
Con Chic me sucedió esto último.
Yo estaba en secundaria. Han pasado casi cincuenta años —decirlo así resulta incluso un poco brutal— y todavía puedo recordar la impresión que me produjo escuchar por primera vez Dance, Dance, Dance. Vivía todavía en la Ciudad de México y aquello sonaba distinto. No sabía exactamente por qué. A esa edad uno no necesariamente posee las herramientas para explicar lo que escucha, pero el oído ya sabe cosas que la razón aprenderá mucho después.
Y mi oído me decía que ahí había algo.
Mucho.
Era música para bailar, por supuesto. Estábamos en plena época disco y Chic formaba parte de aquel universo. Pero reducirlo a “música disco” siempre me ha parecido injusto. Había soul, funk, R&B, pop, una extraordinaria tradición musical afroestadounidense y, sobre todo, una concepción del arreglo de una finura excepcional.
Chic tenía clase.
No encuentro otra palabra.
Mientras muchas producciones de aquellos años buscaban deslumbrar mediante enormes orquestaciones, cascadas de cuerdas, metales y efectos, Chic podía construir un universo entero con unos cuantos elementos colocados exactamente donde debían estar. Nada sobraba. Una guitarra limpia, casi percusiva; un bajo que parecía cantar por su cuenta; una batería precisa, seca, impecable; voces femeninas elegantísimas y pequeños detalles orquestales que aparecían y desaparecían como destellos.
En el centro de aquella maquinaria estaban Nile Rodgers y Bernard Edwards.
Qué pareja de músicos.
La guitarra de Rodgers convirtió el acompañamiento rítmico en un arte. No necesitaba grandes solos ni exhibiciones de virtuosismo. Su grandeza estaba precisamente en otra parte: en saber cuánto tocar y, más importante todavía, cuánto no tocar. Es una lección que muchos músicos tardamos años en comprender. El silencio también forma parte del groove. Un acorde colocado unas milésimas antes o después puede cambiar completamente la respiración de una pieza.
Pero luego estaba Bernard Edwards.
Ahí sí tengo que confesar una debilidad.
El bajo de Bernard Edwards me trastornaba.
Y todavía lo hace.
Escúchese Good Times, naturalmente, pero no nos quedemos ahí. Escúchese My Forbidden Lover. Hay momentos en que el bajo deja de cumplir esa función tradicional de sostener armónicamente la pieza y comienza a comportarse como otra voz. Camina, responde, anticipa, juega con la batería, contradice momentáneamente a la guitarra y vuelve a encontrarla. Es rítmico, pero también profundamente melódico. Cantabile, diríamos los músicos.
Eso no es solamente acompañar.
Eso es componer desde el bajo.
Quizá por eso Chic me fascinó desde aquellos años. Yo todavía no era compositor, pero seguramente algo se estaba acomodando dentro de mí. Uno va construyendo su oído mucho antes de saber que lo está construyendo.
Seguí comprando sus discos.
Y recuerdo algo que hoy parece pertenecer a una civilización desaparecida. En uno de aquellos álbumes venía una dirección postal. Si uno quería pertenecer al club de admiradores de Chic tenía que escribir a un P. O. Box en Nueva York.
Y escribí.
Una carta desde México. Un sobre. Una estampilla. Y esperar.
Meses después llegó la respuesta.
Todavía puedo recordar la emoción de recibir aquel paquete procedente de Nueva York. Había fotografías autografiadas de los integrantes de Chic y, para mi sorpresa, un libro con partituras: reducciones para piano y guitarra de las canciones del disco donde aparecía Le Freak.
Aquello para un muchacho de secundaria era un tesoro.
Las fotografías deben andar todavía por algún rincón entre cajas, papeles y recuerdos acumulados durante toda una vida. Y si aquellas firmas fueron hechas realmente por Nile Rodgers, Bernard Edwards, Tony Thompson, Alfa Anderson y Luci Martin o por alguien encargado de contestar el correo de los admiradores, a estas alturas poco importa. Para mí habían llegado de Nueva York. Habían cruzado miles de kilómetros. Venían del mundo donde se hacía aquella música que escuchaba en la radio.
Y eso bastaba.
Después ocurrió algo todavía más interesante: Chic dejó de ser solamente Chic.
Nació lo que podríamos llamar el Chic Sound.
Rodgers y Edwards comprendieron que habían creado no únicamente una agrupación, sino un lenguaje. Y comenzaron a trasladarlo a otros artistas. Ahí está Sister Sledge y ese prodigio llamado We Are Family. Ahí está Diana Ross con Upside Down y I’m Coming Out. Uno escucha unos cuantos segundos y la huella resulta inconfundible.
Es como reconocer la pincelada de un pintor.
No hace falta mirar la firma.
Con los años, aquella estética se ramificó todavía más. Nile Rodgers llevaría su guitarra y su inteligencia como productor hacia David Bowie en Let’s Dance, Madonna en Like a Virgin, Duran Duran y muchos otros. Bernard Edwards, por su parte, desarrollaría también una importante carrera como productor.
Pero había algo que permanecía.
El principio Chic.
La música popular podía ser accesible sin ser elemental. Podía hacer bailar sin renunciar a la sofisticación. Podía vender millones de discos y estar construida con una precisión casi de relojero.
Eso es mucho más difícil de lo que parece.
Porque existe una curiosa arrogancia alrededor de la música popular: cuando una canción parece sencilla, suponemos que fue sencillo hacerla. Nada más falso. Lograr que cuatro o cinco elementos funcionen perfectamente durante cuatro minutos exige una inteligencia musical enorme. A veces es más difícil escribir una línea de bajo inolvidable que llenar veinte pentagramas de notas.
Chic sabía hacerlo.
Y entonces llegó Good Times.
Pocas líneas de bajo han tenido semejante descendencia. Su huella llegó al nacimiento mismo del hip hop grabado comercialmente y continuó extendiéndose por el pop, el funk y la música electrónica. Una canción aparentemente concebida para la pista de baile terminó convirtiéndose en parte del vocabulario musical de las décadas siguientes.
Eso sucede solamente cuando una obra contiene algo más profundo que una moda.
Las modas envejecen.
Los lenguajes permanecen.
La historia de Chic tuvo también su tragedia.
En abril de 1996, Nile Rodgers y Bernard Edwards estaban nuevamente juntos en Japón. Edwards se encontraba enfermo, pero subió al escenario del Budokan de Tokio. Hay algo particularmente doloroso en saber que aquella sería su última noche tocando el bajo. Al día siguiente fue encontrado muerto en su habitación de hotel.
Tenía apenas 43 años.
Con él desapareció una de las grandes voces del bajo eléctrico del siglo XX.
Y digo deliberadamente voces, porque Bernard Edwards no tocaba simplemente un instrumento. Tenía una sintaxis propia. Uno puede reconocerlo después de unos cuantos compases, que quizá sea una de las pruebas más difíciles para cualquier músico: poseer un sonido que no necesite presentación.
Nile Rodgers continuó.
Y aquí la historia adquiere una dimensión que me parece maravillosa.
Porque varias décadas después, cuando uno hubiera podido pensar que aquella guitarra pertenecía definitivamente a los años setenta y ochenta, llegaron dos músicos franceses vestidos como robots.
Daft Punk.
Y ocurrió Get Lucky.
Cuando escuché aquella guitarra no necesité preguntar quién era.
Ahí estaba otra vez.
El sonido.
Ese ataque limpio, rítmico, aparentemente sencillo y endemoniadamente difícil de reproducir con verdadera naturalidad. Nile Rodgers regresaba no como una pieza de museo ni como una concesión nostálgica para quienes habíamos crecido escuchando Chic. Regresaba dentro de una producción contemporánea, rodeado por músicos de otra generación, y funcionaba perfectamente.
Quizá ahí esté la prueba definitiva.
Los jóvenes no estaban descubriendo una reliquia.
Estaban descubriendo una fuente.
Y eso continúa sucediendo. DJs, productores, bajistas, guitarristas y compositores vuelven una y otra vez hacia Chic y encuentran algo que todavía funciona. Porque debajo de los pantalones acampanados, las bolas de espejos y toda la iconografía de finales de los setenta había música extraordinariamente bien construida.
Oro puro.
Han pasado casi cincuenta años desde que aquel muchacho de secundaria escuchó Dance, Dance, Dance por la radio.
Después vinieron muchas músicas. Bach, Mahler, Stravinsky, Boulez, el jazz, la electrónica, la composición, los sintetizadores, las computadoras, la inteligencia artificial… toda una vida escuchando y tratando de entender qué demonios sucede dentro del sonido.
Y Chic sigue ahí.
Quizá ahora comprendo mejor por qué me fascinaba.
No era solamente porque pudiera bailarse.
Era la arquitectura.
Era esa manera de hacer convivir precisión y sensualidad, disciplina y placer, inteligencia y cuerpo. Bernard Edwards podía construir una línea de bajo de una sofisticación extraordinaria y, sin embargo, nadie necesitaba saber teoría musical para disfrutarla. Nile Rodgers podía elaborar una trama rítmica minuciosa y miles de personas simplemente comenzaban a moverse.
¿No es eso también una forma de gran arte?
A veces confundimos profundidad con solemnidad. Pensamos que para que una música sea importante tiene que parecer importante. Chic demostró exactamente lo contrario.
Podía ser elegante sin ser pretencioso.
Complejo sin presumirlo.
Popular sin ser vulgar.
Sofisticado sin dejar de hacer bailar.
Por eso, si usted solamente conoce Le Freak o Good Times, permítame recomendarle algo: siga buscando.
Escuche los discos.
Escuche I Want Your Love. Escuche Everybody Dance. Escuche My Forbidden Lover. Después vaya hacia Sister Sledge, Diana Ross y toda aquella constelación de discos en los que el sonido Chic comenzó a infiltrarse en la cultura popular hasta convertirse, casi sin darnos cuenta, en parte del ADN de la música de nuestro tiempo.
Y ponga atención al bajo.
Siempre al bajo.
Porque quizá, detrás de esa música que parece invitarnos simplemente a bailar, descubramos algo que yo comencé a sospechar siendo apenas un adolescente frente a la radio:
que también existe una inteligencia del cuerpo.
Y que pocas agrupaciones supieron convertirla en sonido con tanta elegancia como Chic.

