+Cuando los planetas comenzaron a sonar*
28 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
Últimamente he escrito mucho sobre Vangelis, ese hombre extraordinario que, de alguna manera, nos hizo volver los ojos hacia el cosmos. Basta escuchar Albedo 0.39, Spiral, Mythodea o algunas páginas de Heaven and Hell para sentir que la música deja de pertenecer a una habitación, a una sala de conciertos, incluso a nuestro planeta, y comienza a desplazarse hacia otro sitio. Hacia arriba. Hacia esa inmensidad que nos rodea y que, por alguna razón, seguimos llamando cielo.
A mí siempre me ha gustado mirar hacia allá.
Aunque la contaminación lumínica nos haya ido robando poco a poco las estrellas, todavía encuentro un placer casi infantil en reconocer alguna constelación, seguir las fases de la Luna o descubrir, entre tantos puntos luminosos, alguno de los planetas que pueden observarse a simple vista. Hay algo profundamente humano en ese gesto. Algo antiquísimo.
Porque antes de construir ciudades, antes de escribir libros, antes incluso de saber exactamente qué éramos, nuestros antepasados ya miraban las estrellas.
Y probablemente fue entonces cuando comenzó una de las preguntas más inquietantes que nos hemos hecho como especie: ¿qué lugar ocupamos en todo esto?
Uno de los músicos que también levantó la mirada fue Gustav Holst.
Nacido el 21 de septiembre de 1874, en plena Inglaterra victoriana, Holst perteneció a una generación que presenció una transformación brutal del mundo. Nació bajo el reinado de Victoria, vio terminar el siglo XIX, entrar al XX con toda su promesa tecnológica y, finalmente, contempló cómo Europa se precipitaba en el abismo de la Primera Guerra Mundial.
Quizá por eso resulta imposible escuchar el comienzo de Los Planetas sin pensar en aquella Europa que estaba a punto de incendiarse.
Marte, el portador de la guerra.
No comienza con una explosión.
Comienza, y eso resulta todavía más inquietante, con un ritmo.
Cinco tiempos.
Una pulsación obstinada, irregular, casi mecánica, que avanza como una máquina de guerra vista todavía a la distancia. Poco a poco se aproxima. Crece. Se vuelve gigantesca. Los metales aparecen, las cuerdas golpean con el arco, la orquesta entera parece transformarse en una maquinaria monstruosa que ya no puede detenerse.
Y aquí ocurre algo fascinante: Holst comenzó a escribir Marte en 1914, prácticamente en los albores de la Primera Guerra Mundial. No necesitamos convertirlo en profeta. Basta escuchar la obra para comprender que aquel sonido pertenecía ya a una época que había comenzado a sospechar de sí misma.
Los Planetas, compuesta entre 1914 y 1917, no es propiamente una descripción astronómica del sistema solar. Y ahí está buena parte de su belleza.
Holst no quiso decirnos cómo son los planetas.
Quiso decirnos qué significan.
Su mirada no es la del astrónomo que mide órbitas, masas y distancias, sino la del hombre que observa el cielo y encuentra ahí un espejo de sus propios temores, deseos, edades y misterios. Hay astrología, mitología, símbolos, arquetipos. Los planetas se convierten en personajes de un gigantesco teatro cósmico.
Después de Marte aparece Venus, la portadora de la paz.
Y siempre me ha resultado maravilloso ese contraste.
Cuando yo era niño, Venus era el planeta del amor. Venus, Afrodita, la belleza, el lucero de la mañana, el lucero de la tarde. Uno miraba aquel punto luminosísimo en el cielo y podía imaginar un mundo apacible, quizá incluso semejante al nuestro.
Hasta que mandamos máquinas.
Y Venus resultó ser algo bastante distinto.
Las sondas soviéticas Venera consiguieron realizar una de las hazañas tecnológicas más extraordinarias de la exploración espacial: descender sobre su superficie y transmitir información antes de sucumbir a unas condiciones infernales. Temperaturas capaces de fundir plomo, una presión atmosférica aplastante y una atmósfera dominada por dióxido de carbono, bajo nubes de ácido sulfúrico.
El planeta del amor resultó ser uno de los lugares más hostiles que conocemos.
Pero Holst no estaba haciendo astronomía.
Su Venus sigue siendo la paz después de Marte. Y musicalmente funciona como eso: después de la violencia llega una especie de respiración. La orquesta se abre. El tiempo parece detenerse.
Luego aparece Mercurio, el mensajero alado: veloz, ligero, escurridizo. La música parece saltar de un instrumento a otro sin querer permanecer demasiado tiempo en ninguna parte.
Después llega Júpiter, el portador de la alegría.
Y aquí Holst abre las ventanas.
La orquesta resplandece. Hay fiesta, movimiento, una enorme vitalidad rítmica. Pero en medio de esa exuberancia aparece uno de los grandes temas de toda la obra: una melodía amplia, noble, casi ceremonial, capaz de elevarse por encima de la propia orquesta. Es uno de esos momentos en los que uno entiende por qué ciertas músicas sobreviven a su tiempo.
Pero el viaje continúa.
Porque después de la alegría llega inevitablemente Saturno, el portador de la vejez.
Y para mí es uno de los movimientos más profundos de toda la suite.
El tiempo.
Otra vez el tiempo.
Pero ya no es el tiempo mecánico de Marte. Es otro reloj. Uno interior. Los pasos se hacen más lentos y comenzamos a escuchar algo que todos, tarde o temprano, terminamos comprendiendo: el tiempo no solamente transcurre alrededor de nosotros.
Transcurre dentro de nosotros.
Después aparece Urano, el mago, grotesco, poderoso, juguetón, casi teatral. Y finalmente llegamos a Neptuno, el místico.
Aquí sucede algo extraordinario.
Holst ya no intenta terminar.
Intenta desaparecer.
La música comienza a desprenderse de la materia. Aparecen las voces femeninas, lejanas, situadas fuera de escena, y la obra empieza lentamente a borrarse. No hay una gran cadencia final. No existe ese punto rotundo que nos diga: aquí termina el universo.
Las voces continúan alejándose.
Más.
Más.
Hasta que prácticamente dejamos de escucharlas.
Y entonces comprendemos que el cosmos sigue aunque nosotros ya no podamos oírlo.
Es un final absolutamente extraordinario.
Curiosamente, el sistema solar de Los Planetas termina ahí. No aparece la Tierra, porque Holst estaba construyendo una arquitectura astrológica y simbólica, no un catálogo astronómico. Tampoco aparece Plutón. Cuando terminó la obra todavía no había sido descubierto. Clyde Tombaugh lo encontraría en 1930, cuatro años antes de la muerte de Holst. Durante décadas sería considerado el noveno planeta hasta que, en 2006, fue reclasificado como planeta enano.
Pero poco importa.
Porque el verdadero sistema solar de Holst no está en los telescopios.
Está dentro de nosotros.
Quizá por eso Los Planetas ha dejado una huella tan profunda en la música posterior. Cuando escuchamos ciertas páginas cinematográficas del siglo XX, particularmente algunas asociadas con el universo de Star Wars, es difícil no reconocer ecos de aquella monumental concepción orquestal. Y algo de ese mismo impulso cósmico —aunque desde un lenguaje completamente distinto— reaparece décadas después en músicos como Vangelis. Yo mismo encuentro momentos en Mythodea donde pareciera cruzar, apenas durante unos segundos, una sombra lejana de aquella tradición: la necesidad de darle sonido a aquello que está por encima de nosotros.
Porque eso es lo fascinante.
La ciencia nos ha enseñado qué son los planetas.
Nos ha dicho cuánto pesan, cuánto tardan en girar alrededor del Sol, de qué está hecha su atmósfera, cuál es su temperatura. Hemos enviado sondas, orbitadores, módulos de descenso. Hemos fotografiado sus superficies y medido sus campos magnéticos.
Pero seguimos haciendo algo que hacían nuestros antepasados.
Seguimos mirándolos.
Y seguimos imaginando.
Tal vez por eso, a 152 años del nacimiento de Gustav Holst, Los Planetas conserva intacta su capacidad de asombro. No porque describa correctamente nuestro sistema solar —no pretende hacerlo—, sino porque describe algo mucho más difícil de cartografiar: nuestra relación con él.
Guerra.
Paz.
Movimiento.
Alegría.
Vejez.
Magia.
Misterio.
Todo está allá arriba.
O quizá no.
Quizá siempre estuvo aquí.
A veces, cuando miro el cielo nocturno y logro vencer por unos instantes esa capa de luz artificial que hemos colocado sobre nuestras ciudades, pienso en eso. Reconozco la Luna, busco alguna constelación, trato de distinguir un planeta. Y por un momento ocurre algo extraño: desaparecen el ruido, los automóviles, los edificios, las preocupaciones cotidianas.
Queda solamente el cielo.
El mismo que miraron nuestros antepasados.
El mismo que miró Holst.
Y entonces uno comprende que quizá llevamos miles de años levantando la cabeza no solamente para saber qué hay allá arriba, sino para intentar averiguar, de una vez por todas, qué hacemos nosotros aquí abajo.

