Culiacán: la ciudad que aprendió a escucharse
29 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
Hay ciudades que nacen más de una vez.
Nacen primero en los mapas, en las crónicas, en los decretos y en las fechas que después aprendemos a repetir. Pero existe otro nacimiento, quizá menos visible y mucho más lento: aquel en que una ciudad comienza a reconocerse en sus sonidos, en sus edificios, en sus libros, en sus teatros, en la música que escucha y, sobre todo, en aquello que decide imaginar para sí misma.
Este 29 de septiembre Culiacán cumple 495 años.
Casi cinco siglos.
Decirlo es sencillo. Comprender lo que significa, no tanto.
Culiacán fue fundada apenas unos años después de la caída de México-Tenochtitlan, pero aquella cercanía cronológica puede engañarnos. Geográficamente estábamos muy lejos del corazón de la Nueva España. Éstas eran tierras difíciles, agrestes, atravesadas por ríos, calor y enormes distancias. Y, a diferencia de otras regiones del territorio, aquí no aparecieron aquellas grandes vetas de plata y oro que despertaban inmediatamente la codicia colonial y alrededor de las cuales crecieron ciudades enteras.
Por aquí pasaron los conquistadores y quedaron, inevitablemente, sus huellas. Después llegaron franciscanos, jesuitas y otras formas de organización religiosa y social. Las culturas se mezclaron, se enfrentaron, sobrevivieron y terminaron creando una identidad propia.
Pero Culiacán tardaría mucho tiempo en convertirse en la ciudad que hoy conocemos.
Durante siglos fue, ante todo, una ciudad vinculada a la tierra. Su corazón fue agrícola. El ritmo de la vida estaba determinado por los ríos, las lluvias, las cosechas, el calor y las distancias. El mundo parecía ocurrir muy lejos.
Y sin embargo, poco a poco, algo comenzó a cambiar.
En mi libro Escuchar el siglo, dentro del capítulo “Breve crónica de la ópera en Sinaloa. El silbato del progreso y el eco de la ópera”, he intentado reconstruir una parte de esa transformación a través de algo que me resulta particularmente revelador: la historia sonora de Culiacán.
Porque también podemos contar la historia de una ciudad preguntándonos cómo sonaba.
¿Cómo sonaba Culiacán hace ciento cincuenta años?
Seguramente sonaban los animales, los pregones, las campanas, el agua, las carretas sobre calles sin pavimentar. Sonaban músicas populares, celebraciones religiosas, bandas y pequeños conjuntos. Pero un día apareció un sonido completamente nuevo.
El silbato del ferrocarril.
El Tacuarinero.
Y aquel silbato no anunciaba solamente la llegada de una locomotora. Anunciaba otra percepción del mundo.
El ferrocarril transformó el comercio y acortó las distancias, pero también modificó nuestra relación con la cultura. Sobre sus vagones comenzaron a viajar objetos que antes resultaban difíciles de transportar. Llegaron libros, periódicos, partituras, instrumentos. Los pianos, que podían desembarcar por Altata, comenzaron a encontrar con mayor facilidad su camino hacia las casas de Culiacán. Llegaron también artistas, empresarios teatrales, cantantes y compañías itinerantes.
Con ellos llegaron otros sonidos.
La modernidad, después de todo, también entra por los oídos.
En aquella ciudad todavía polvorienta aparecieron teatros modestísimos. El antiguo Teatro Ángela Peralta de Culiacán, construido con materiales que hoy nos parecerían casi inconcebibles para un recinto escénico, fue uno de esos lugares donde comenzó a suceder algo extraordinario: una sociedad que apenas empezaba a pensarse como ciudad moderna descubría el teatro y escuchaba fragmentos de ópera.
Verdi, Donizetti, Bellini, Gounod, Bizet.
Imagino siempre esa escena y me parece maravillosa: la música europea del siglo XIX resonando en una construcción frágil, rodeada por calles oscuras, polvo, calor y una ciudad que todavía estaba aprendiendo incluso cómo comportarse dentro de un teatro.
No había solemnidad perfecta. No podía haberla.
Había curiosidad.
Y quizá eso era mucho más importante.
Después llegó el Teatro Apolo, inaugurado en 1895, ya con otras aspiraciones arquitectónicas y culturales. Culiacán quería dejar atrás la improvisación y parecerse, aunque fuera un poco, a aquellas ciudades que asociaba con el progreso. En sus decoraciones aparecían liras, laureles, referencias a la mitología clásica. Apolo, dios de la música, la poesía y la luz, daba nombre a un recinto levantado en una ciudad que buscaba precisamente eso: un poco más de luz.
La historia posterior no fue lineal.
Nunca lo es.
Hubo momentos de esplendor y largos silencios. Teatros que desaparecieron. Proyectos que murieron. Generaciones que tuvieron que comenzar prácticamente desde cero. Pero siempre aparecieron personas obstinadas que se negaron a aceptar que vivir lejos de los grandes centros culturales significara vivir lejos del arte.
Durante el siglo XX esa historia continuó en casas particulares, pequeños auditorios y sociedades musicales. Pienso, por ejemplo, en el doctor Leopoldo Corona y en Margarita Sánchez de Corona, doña Mago, cuya labor fue fundamental para la formación musical de varias generaciones. Cuando prácticamente no existían condiciones institucionales, hubo quienes prestaron una sala, consiguieron un piano, organizaron un recital o trajeron a un músico.
Así se construye también una ciudad.
No solamente levantando edificios.
A veces una ciudad se construye colocando veinte sillas alrededor de un piano.
Gracias a esos esfuerzos llegaron a Culiacán músicos extraordinarios. Aquí estuvo Henryk Szeryng. Aquí se escucharon artistas que, en aquel contexto, parecían pertenecer a un mundo remotísimo. Blas Galindo estrenó su Cantata a Juárez prácticamente entre el viento y la polvareda sinaloense. Años después, cuando tuve oportunidad de conversar con él, todavía recordaba aquella experiencia.
Me gusta esa imagen porque dice mucho de nosotros: hacer música mientras el polvo sigue levantándose.
Luego llegó 1987 y ocurrió otro salto decisivo.
El Festival Cultural Sinaloa abrió una ventana que durante mucho tiempo habíamos esperado. Quienes vivimos aquella primera época sabemos lo que significaba esperar octubre. Llegaban orquestas, compañías de danza, teatro, música de cámara, solistas y producciones operísticas. Durante unas semanas Culiacán dejaba de sentirse periférica.
Recuerdo aquella Carmen inaugural. Yo tenía 21 años.
Recuerdo también Carmina Burana, donde terminé cantando como refuerzo en la cuerda de barítonos. De pronto ya no estaba sentado observando cómo la cultura llegaba desde otro lugar: estaba dentro de ella. Ésa fue quizá una de las grandes virtudes de aquellos años. Nos hicieron comprender a muchos jóvenes que no teníamos por qué permanecer únicamente como espectadores.
Después vendrían L’elisir d’amore, Turandot, recitales, grandes voces, Victoria de los Ángeles, Gilda Cruz Romo y, años más tarde, José Carreras. Llegarían también nuevas generaciones de músicos sinaloenses.
Pero todavía faltaba algo fundamental.
Una orquesta propia.
Eso ocurrió en 2001 con la creación de la Orquesta Sinaloa de las Artes, que posteriormente se convertiría en la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes.
Y entonces cambió algo mucho más profundo.
Ya no había que esperar siempre a que la música llegara.
La música vivía aquí.
Comenzaron los ensayos cotidianos, las temporadas, los programas sinfónicos, la música de cámara, las producciones de ópera, los conciertos didácticos. Músicos provenientes de distintos lugares se instalaron en Culiacán, comenzaron a enseñar y formaron alumnos.
Durante años había imaginado una escena que me parecía casi imposible: caminar por Culiacán y encontrar muchachos cargando un violonchelo a la espalda, un violín bajo el brazo, una carpeta llena de partituras.
Un día me di cuenta de que aquello ya estaba ocurriendo.
La ciudad había cambiado.
Después vendrían el Taller de Ópera de Sinaloa, el Coro de la Ópera, nuevas producciones, cantantes jóvenes, directores, escenógrafos, técnicos, compositores. La ópera dejó de ser solamente aquel eco lejano que alguna vez había descendido de un tren para convertirse en algo que podía producirse aquí.
Tuve la fortuna de participar directamente en parte de esa historia: como compositor, como promotor, como director de Compañías del Instituto Sinaloense de Cultura y, antes y después de todo ello, como alguien profundamente interesado en la construcción de nuestra vida musical.
Vi levantarse producciones con recursos mínimos. Vi crecer proyectos. Vi Falstaff, Carmen, Pagliacci, La Traviata, La flauta mágica, La serva padrona. Vi cantantes jóvenes enfrentarse por primera vez a una orquesta. Vi públicos llenando teatros.
Y vi también errores, improvisaciones, retrocesos y proyectos que pudieron haber llegado mucho más lejos.
Porque homenajear una ciudad no significa idealizarla.
A los 495 años, Culiacán ha recorrido una distancia cultural enorme. De aquellos teatros de madera y palma hemos pasado a tener una orquesta sinfónica profesional, compañías artísticas, escuelas, universidades, teatros, festivales, artistas de gran nivel y generaciones de jóvenes que pueden formarse aquí en disciplinas que hace apenas algunas décadas parecían inaccesibles.
Pero falta mucho.
Y decirlo no disminuye lo conseguido; al contrario, lo honra. Porque celebrar una ciudad no significa cerrar los ojos ante ella. Amar una ciudad también implica reconocer sus heridas.
Ya no somos aquella ciudad agreste, aislada y polvorienta que alguna vez escuchó con asombro el silbato del Tacuarinero. Pero tampoco somos todavía la ciudad que podemos llegar a ser.
Y quizá nunca haya sido tan urgente decirlo.
Culiacán llega a sus 495 años atravesando uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. Sinaloa vive desde hace tiempo bajo una violencia que ha trastocado nuestra vida cotidiana, nuestra economía y nuestra manera de habitar el espacio público. Hay negocios que han cerrado, familias que han cambiado sus rutinas, jóvenes que miran hacia otros lugares y una incertidumbre que, poco a poco, puede convertirse en una peligrosa costumbre. Los indicadores económicos recientes confirman, además, que la crisis de seguridad ha terminado golpeando también la actividad productiva del estado. (El País)
No podemos acostumbrarnos.
No podemos aceptar que vivir con miedo sea simplemente otra característica de nuestra identidad.
Tampoco podemos esperar que la reconstrucción llegue únicamente de las patrullas, los discursos políticos o las cifras económicas. Todo eso importa, por supuesto. La seguridad, la justicia, las instituciones y una economía capaz de ofrecer futuro son responsabilidades fundamentales del Estado. Pero una sociedad también se reconstruye desde otro lugar, menos visible y, quizá por eso, frecuentemente olvidado: desde su imaginación.
Ahí entran la cultura y las artes.
No como ornamento.
No como entretenimiento para cuando sobren recursos.
Mucho menos como decoración protocolaria de los gobiernos.
La cultura puede ser una fuerza renovadora de la vida colectiva. Un niño que descubre un violín, una muchacha que entra por primera vez a un teatro, un joven que encuentra en la danza, la literatura, la ciencia, la pintura o la composición una manera distinta de entender el mundo está descubriendo también que existen otros territorios posibles para su vida.
Eso no resuelve por sí solo la violencia. Sería ingenuo afirmarlo.
Pero una sociedad que abandona su educación, su cultura, su ciencia y sus artes deja enormes espacios vacíos. Y los espacios vacíos, tarde o temprano, alguien los ocupa.
Por eso los próximos años serán decisivos.
Estamos a cinco años del medio milenio de Culiacán. No deberíamos llegar al 500 aniversario solamente con monumentos restaurados, ceremonias, discursos y una gran celebración. Tendríamos que llegar con una idea de ciudad.
¿Qué Culiacán queremos para sus próximos cien años?
Ésa debería ser la pregunta.
Una ciudad con una orquesta sinfónica profesional, teatros, universidades, artistas, investigadores y una historia cultural que se remonta mucho más atrás de lo que solemos imaginar tiene ya los cimientos. Pero los cimientos no son la casa.
Tenemos que dar el siguiente paso.
Y habrá que darlo sin miedo.
Necesitamos formar nuevos públicos, fortalecer la educación artística desde edades tempranas y atrevernos a entrar plenamente en el siglo XXI. Necesitamos abrir espacio a la música contemporánea, al arte electrónico, a la inteligencia artificial, a las nuevas tecnologías, a la creación interdisciplinaria y a los lenguajes que todavía provocan extrañeza porque aún no hemos aprendido a escucharlos.
Alguna vez tampoco sabíamos escuchar una ópera.
Alguna vez un piano fue un objeto extraño en estas tierras.
Alguna vez una orquesta sinfónica en Culiacán parecía una fantasía.
Y aquí están.
Ésa es quizá la lección más hermosa de nuestra propia historia: aquello que una generación considera imposible puede convertirse en la vida cotidiana de la siguiente.
Pero para eso se necesita visión.
Continuidad.
Inteligencia.
Y se necesita comprender, desde lo local hasta lo federal, que invertir en cultura no significa distraer recursos de los problemas importantes. La cultura forma parte de los problemas importantes.
México, Sinaloa y Culiacán tendrán que decidir en los próximos años qué camino quieren recorrer. Las decisiones públicas corresponderán a los ciudadanos y a quienes asuman las responsabilidades de gobierno; pero nuestra historia demuestra algo que no deberíamos olvidar: cada vez que esta ciudad abrió una puerta al conocimiento y al arte, amplió también la idea que tenía de sí misma.
Hace más de un siglo, el Tacuarinero atravesó estas tierras y su silbato anunció que el aislamiento comenzaba a romperse.
Después llegó el piano.
Llegó la ópera.
Llegaron los teatros.
Llegaron las orquestas.
Llegaron nuestros propios compositores, intérpretes, escritores, pintores, dramaturgos, bailarines, actores y creadores.
Hoy necesitamos escuchar otro silbato.
Uno que nos anuncie que también podemos salir de este tiempo oscuro.
Culiacán cumple 495 años. Ya no somos aquella ciudad agreste que contempló sorprendida la llegada del ferrocarril y escuchó, quizá con incredulidad, las primeras voces de la ópera.
Pero tampoco somos todavía todo lo que podemos llegar a ser.
Entre esas dos ciudades —la que fuimos y la que aún no existe— estamos nosotros.
Y nos toca decidir qué construiremos.
Porque una ciudad no se salva solamente levantando edificios, abriendo avenidas o haciendo crecer sus números. Una ciudad también se salva cuando conserva la capacidad de imaginar algo distinto de aquello que la lastima.
Tal vez ésa sea hoy nuestra tarea más urgente:
volver a imaginar Culiacán.
Imaginarla segura, culta, creativa, justa y abierta al futuro.
Imaginarla no como una ciudad que sobrevive a su historia, sino como una ciudad capaz de escribir la siguiente página.
Y después, con inteligencia, educación, cultura, arte y una enorme voluntad colectiva, atrevernos a construirla.
Este texto es una síntesis y reelaboración del capítulo “Breve crónica de la ópera en Sinaloa. El silbato del progreso y el eco de la ópera”, perteneciente a mi libro Escuchar el siglo. En proceso de edición

