La radio que encontramos encendida
8 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
Radio Universidad Autónoma de Sinaloa cumple 55 años. Yo llevo cuarenta aquí.
Llegué en 1986, cuando era muy joven y la emisora tenía apenas quince años. Aunque mi relación con ella había comenzado antes. Cuando regresé de la Ciudad de México a Culiacán, Radio UAS era para mí una ventana. Encendía el receptor y podía viajar: músicas que difícilmente encontraba en la radio comercial, programas de otras partes del mundo, conciertos, jazz, música clásica, ideas, conversaciones. Era una radio que abría puertas.
Y quizá por eso terminé entrando por una de ellas.
Llegué como colaborador y después me incorporé formalmente como productor. Sin darme cuenta fui pasando de visitante a habitante de esta casa sonora.
Cuarenta años alcanzan para ver muchas cosas.
Me tocó vivir la transformación tecnológica de la radio y participar activamente, aunque lo diga con modestia, en algunos de esos cambios. Vi llegar el compact disc, el DAT, el MiniDisc, la computadora, Internet y la página de la emisora. Vi desaparecer tecnologías que alguna vez parecieron eternas. Vi cómo aquello que requería cintas, máquinas y horas de trabajo comenzó a caber en una pantalla. Y vi a nuestra señal dejar de viajar solamente por el aire para recorrer el mundo a través de Internet.
Cambió la cinta. Cambió el disco. Cambió la consola. Cambió la computadora.
Pero alguien siguió sentándose frente a un micrófono.
Y alguien, en algún lugar, siguió escuchando.
Tal vez ahí reside el misterio de la radio: no está realmente en los aparatos, sino en ese vínculo invisible entre una voz y alguien que no podemos ver.
Durante estos cuarenta años también he visto pasar directores, productores, locutores, operadores, técnicos, trabajadores, estudiantes, artistas. Algunos hicieron aquí buena parte de su vida. Muchos ya no están con nosotros y las generaciones que hoy llegan quizá ni siquiera conocen sus nombres.
Pero hay que recordarlos.
Una institución que olvida a quienes la construyeron comienza a perder conciencia de sí misma. Porque una radio también está llena de fantasmas.
No fantasmas tristes.
Voces que permanecen.
Están en una cinta olvidada, una fotografía, una identificación grabada hace décadas, el ruido de fondo de una vieja transmisión. A veces pienso que cuando el estudio queda vacío y se apagan las luces todas esas voces continúan ahí, esperando.
Pero cuarenta años también permiten conocer el otro rostro de una institución.
He visto a personas que amaron profundamente la radio, que entendieron su responsabilidad cultural y universitaria. Y he visto exactamente lo contrario.
Sería hipócrita callarlo.
He visto a quienes confunden una radio cultural universitaria con un coto de poder. A quienes prostituyen el medio convirtiendo el micrófono en moneda política y la programación en instrumento de intereses personales. He visto programas vacíos, sin contenido, sin inteligencia y sin verdadera vocación universitaria; transmisiones creadas para satisfacer conveniencias circunstanciales y que son olvidadas casi en el mismo instante en que termina la emisión.
También he visto personas empeñadas en hacerse indispensables no para la radio, sino para el poder.
Porque existe una enorme diferencia entre servir a una institución y servirse de ella.
Una radio universitaria no puede convertirse en oficina de propaganda, refugio de aduladores, vehículo de consignas ni moneda de cambio. Una universidad existe para que las ideas respiren, y su radio debería ser precisamente uno de los lugares donde respiren con mayor libertad.
Pero cuatro décadas aquí también me han enseñado algo: la radio siempre termina siendo más grande que quienes intentan apropiarse de ella.
Los funcionarios pasan. Los cargos terminan. Las administraciones cambian. Las consignas envejecen. Los pequeños cotos de poder desaparecen.
A estas alturas del siglo XXI, y con 55 años de historia a cuestas, Radio UAS tiene ya la madurez suficiente para sacudirse de una vez por todas ese tipo de programas. La Universidad cuenta con medios oficiales para comunicar su vida institucional y cumplir esa función necesaria; la radio cultural tiene otra misión. No necesitamos más espacios de consigna, de complacencia o de poder personal. Necesitamos recuperar la inteligencia, la imaginación y la vocación cultural que justifican nuestra existencia. A veces, para poder avanzar, también hay que saber qué lastres dejar atrás.
El micrófono permanece.
Por eso nunca he confundido los errores de quienes circunstancialmente han pasado por Radio UAS con Radio UAS misma. La radio es mucho más: sus trabajadores, sus productores, técnicos, locutores, colaboradores, estudiantes y oyentes. Sus archivos. Sus silencios. Sus muertos. Sus fantasmas.
Y también su futuro.
Cumplir 55 años debería obligarnos no solamente a recordar, sino a preguntarnos qué radio queremos para los próximos años. Quizá sea tiempo de hacer un reset. No para borrar la memoria, sino precisamente para recuperarla.
Después de cuarenta años he comprendido que ninguno de nosotros es dueño de esta radio. Somos apenas sus habitantes temporales.
Otros estuvieron antes.
Nosotros estamos ahora.
Otros vendrán después.
La encontramos encendida. Nos corresponde cuidarla y algún día tendremos que entregarla: no arrodillada, no intelectualmente empobrecida, no convertida en instrumento de nadie.
Viva. Curiosa. Incómoda cuando tenga que ser incómoda. Universitaria. Cultural. Libre.
Algún día nosotros también seremos los fantasmas de esta radio. Nuestros nombres quizá dejarán de significar algo y nuestros programas dormirán en algún archivo, esperando que alguien vuelva a escucharlos.
Y está bien.
Nosotros pasaremos. Los nombres pasarán. Los cargos y las pequeñas ambiciones pasarán.
Pero ojalá la radio siga aquí.
Encendida.
Respirando.
Esperando la siguiente voz.
Yo he tenido el enorme privilegio de acompañarla durante cuarenta de sus 55 años. Quiero verla llegar a los sesenta, a los setenta, a los cien.
Y después, que otros sigan contando.
Larga vida a Radio Universidad Autónoma de Sinaloa.

