Cuando los nombres desaparecen y la música permanece

10 de octubre de 2026 · Aldo de cultura

El Laudario di Cortona y la extraña persistencia de una voz

Una de las cosas que más me fascinan de la música antigua no es solamente escucharla, sino pensar en la improbable cadena de circunstancias que permitió que llegara hasta nosotros.

Un manuscrito medieval pudo desaparecer por un incendio, una inundación, una guerra, el saqueo de una biblioteca, el cierre de un convento o, simplemente, por algo mucho más vulgar: una mudanza, una limpieza, alguien que miró aquellos pergaminos y decidió que ya no servían para nada.

La historia está llena de músicas perdidas.

Por eso, cada vez que escuchamos una obra escrita hace siete u ocho siglos, estamos frente a una supervivencia.

Eso es, para mí, el Laudario di Cortona.

Lo conocí hace algunos años a través de una grabación y desde las primeras piezas quedé atrapado. No tuve la sensación de estar escuchando una curiosidad arqueológica. Escuchaba música. Música viva, cercana, capaz todavía de producir emoción sin necesidad de conocer primero su fecha, su notación o su contexto.

Y eso cambia por completo nuestra relación con ella.

El llamado Laudario di Cortona, conservado hoy como manuscrito 91 de la Biblioteca de Cortona, comenzó a formarse hacia finales del siglo XIII y siguió creciendo durante las primeras décadas del XIV. Contiene decenas de laude, cantos religiosos escritos en lengua vulgar italiana, muchos de ellos acompañados por su notación musical.

No es un libro nacido necesariamente de una sola voluntad. Es más bien un organismo que fue acumulando voces, manos, correcciones, textos y melodías.

Una memoria colectiva escrita sobre pergamino.

Durante mucho tiempo asocié este repertorio con una comunidad conventual femenina. No estoy seguro de dónde surgió aquella idea. Tal vez de alguna nota discográfica, de determinada iconografía, de las interpretaciones que conocí entonces o, sencillamente, de la propia música.

La investigación histórica obliga a ser más cautos.

El manuscrito estuvo vinculado a una fraternidad de laudesi relacionada con la iglesia franciscana de San Francesco de Cortona. Se trataba de una comunidad devocional en la que participaban laicos y religiosos, hombres y mujeres, cantores, copistas y personas cuya identidad individual se ha perdido casi por completo.

Ese dato no destruye mi primera impresión.

La vuelve más interesante.

Porque hay momentos en los que sigo escuchando en estas melodías algo que me conduce hacia lo femenino.

No puedo demostrar que esa música haya sido escrita por mujeres. Sería irresponsable afirmarlo. Tampoco una determinada cualidad melódica puede utilizarse como prueba histórica. La música, finalmente, puede ser cantada por hombres, por mujeres, por niños, por instrumentos; una melodía no tiene sexo.

Y, sin embargo, el oído también piensa.

Cuando escucho algunas de estas laude —sus curvas delicadas, la manera en que ciertas frases parecen abrirse y recogerse, esa respiración que no necesita imponerse sino simplemente discurrir— encuentro una sensibilidad que yo percibo como femenina.

Es una impresión.

Nada más.

Pero tampoco nada menos.

La musicología debe exigirnos pruebas. El compositor puede permitirse escuchar aquello que ocurre entre las pruebas.

Tal vez ese espacio ambiguo, entre el documento y la intuición, sea uno de los lugares más fértiles desde los cuales acercarse al pasado.

Porque la historia puede decirnos quién poseía el manuscrito, cuándo fue copiado, qué fraternidad lo utilizaba, cuáles eran sus prácticas devocionales.

Pero nunca podrá decirnos completamente qué sintió alguien al inventar una melodía.

Y ahí comienza el misterio.

Muchas de estas composiciones son anónimas.

Siempre he pensado que esa palabra es extraña.

Anónimo.

Como si la música hubiera aparecido sola.

Pero detrás de cada una de esas líneas hubo alguien.

Una persona encontró una melodía.

Probó una frase.

Tal vez cambió una nota.

Quizá tomó un canto que ya existía y lo transformó. Otro cantor pudo haberlo modificado después. La transmisión medieval estaba llena de esas pequeñas metamorfosis.

La música circulaba.

Pasaba de una comunidad a otra.

Se adaptaba.

Cambiaba de texto.

Cambiaba de función.

Recordaba músicas anteriores y preparaba, sin saberlo, músicas futuras.

El Laudario di Cortona pertenece a ese mundo.

Y quizá por eso, después de tantos siglos, conserva una extraña frescura.

Muchas de sus melodías tienen una sencillez inmediata. Hay estribillos, impulsos rítmicos, frases que se fijan rápidamente en la memoria. No estamos frente a una música creada para permanecer inmóvil en una vitrina.

Era música para ser cantada.

Por personas.

En comunidad.

La Edad Media no fue solamente el territorio oscuro y silencioso que muchas veces imaginamos. También hubo celebración, movimiento, vida callejera, canto colectivo, melodías que alguien podía seguir tarareando después de una ceremonia.

Eso me interesa mucho más que cualquier reconstrucción pintoresca del pasado.

Pensar que aquella gente estaba viva.

Que tenía problemas.

Que discutía.

Que se enfermaba.

Que se enamoraba.

Que cantaba.

Y que un día alguien escribió una melodía sin sospechar que continuaría sonando siglos después.

Ahí aparece la parte que más me conmueve.

Una persona escribe un canto en Cortona hacia 1290.

No conoce la imprenta moderna.

No conoce la electricidad.

No puede imaginar un micrófono, una grabación, un disco compacto o una plataforma digital.

Su mundo es completamente distinto al nuestro.

Y, sin embargo, más de setecientos años después, alguien puede escuchar esa melodía a miles de kilómetros de distancia.

Hay algo extraordinario en ello.

Como si la música poseyera una capacidad secreta para encontrar pequeñas grietas en el tiempo.

El propio manuscrito estuvo cerca del olvido. Durante siglos dejó de formar parte de la circulación musical y fue localizado nuevamente en el siglo XIX, deteriorado, antes de ser reconocido por su extraordinario valor.

Eso me hace pensar inevitablemente en todo lo que no sobrevivió.

¿Cuántos manuscritos terminaron quemados?

¿Cuántas músicas desaparecieron porque nadie comprendió lo que tenía enfrente?

¿Cuántas melodías fueron escuchadas por última vez hace quinientos o seiscientos años?

Nunca lo sabremos.

Por eso estos documentos merecen algo más que admiración académica.

Merecen respeto.

No necesariamente un respeto religioso, sino un respeto por la memoria humana.

Porque eso hacemos desde que tenemos conciencia de nuestra propia desaparición: dejamos señales.

Pintamos cuevas.

Grabamos piedras.

Escribimos poemas.

Construimos edificios.

Componemos músicas.

Guardamos archivos.

Queremos dejar algo que diga: estuvimos aquí.

Los autores del Laudario di Cortona lo consiguieron de una manera particularmente extraña.

Perdimos casi todos sus nombres.

No sabemos quién escribió muchas de aquellas melodías. No sabemos si determinada pieza fue creada por un hombre o por una mujer. No conocemos su edad, su carácter, sus dudas, su voz.

Pero la música permanece.

Quizá por eso, cuando escucho esas laude, siento que el anonimato deja de ser una ausencia y se convierte en una forma distinta de presencia.

No puedo mirar el retrato del compositor.

No puedo leer sus cartas.

Pero puedo escuchar algo que salió de su imaginación.

Y eso es suficiente para establecer una relación a través de los siglos.

Tal vez ahí radique la verdadera fuerza del Laudario di Cortona.

No en que haya sobrevivido como objeto.

Sino en que todavía puede cumplir la función para la que fue creado.

Alguien canta.

Alguien escucha.

Y durante unos minutos el siglo XIII deja de ser una fecha.

Se convierte nuevamente en sonido.

No sabemos quiénes fueron todos ellos.

Quizá ya no importa demasiado.

Porque consiguieron algo muchísimo más extraño que conservar sus nombres:

lograron que todavía pudiéramos escucharlos.