GEORGE CRUMB: LA MÚSICA COMO RITUAL Y MISTERIO
12 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
Hay compositores que uno puede colocar, más o menos cómodamente, dentro de una tradición. Serialistas, espectralistas, minimalistas, neoclásicos, electrónicos. Uno escucha algunas obras y reconoce inmediatamente la familia a la que pertenecen.
Con George Crumb eso nunca me ocurrió.
La primera vez que escuché su música no sabía exactamente dónde colocarla. Y quizá ahí comenzaba precisamente su fascinación.
La obra era Black Angels.
Aquello no parecía un cuarteto de cuerdas en el sentido convencional de la palabra. Había algo oscuro, eléctrico, ceremonial. Los instrumentos parecían haber abandonado la sala de conciertos para entrar en otro territorio: un espacio donde convivían el rito, la guerra, la muerte, la numerología, el silencio y una especie de espiritualidad perturbadora.
Black Angels fue escrita en 1970, en plena guerra de Vietnam. En la partitura aparece una inscripción inequívoca: in tempore belli, en tiempo de guerra.
Y se escucha.
No necesariamente porque la música describa una batalla. Crumb era mucho más sutil que eso. La guerra está ahí como una sombra, como una contaminación del mundo. Hay violencia, angustia, insectos eléctricos, gritos, números pronunciados en distintos idiomas, percusiones, vasos de cristal, tam-tams, respiraciones. El cuarteto tradicional ha sido desmontado y reconstruido como ceremonia.
Lo extraordinario es que debajo de todo aquello continúa existiendo una enorme sensibilidad musical.
Porque George Crumb nunca fue un compositor de efectos.
Eso conviene decirlo.
Sus recursos instrumentales pueden ser espectaculares, ciertamente, pero detrás de ellos hay una imaginación poética extraordinariamente refinada. Cada sonido parece estar ahí porque pertenece a un universo simbólico determinado.
Los violinistas no solamente tocan el violín.
Hablan.
Gritan.
Susurran.
Golpean.
Tocan percusiones.
Hacen sonar cristales.
El intérprete deja de ser únicamente ejecutante y se transforma, de alguna manera, en oficiante.
Eso me impresionó muchísimo.
Años después tuve oportunidad de escuchar Black Angels interpretada por el Kronos Quartet. Y entonces comprendí todavía mejor aquello que la grabación apenas podía insinuar: la música de Crumb también se ve.
El movimiento de los músicos forma parte de la obra.
Los objetos forman parte de la obra.
La disposición del escenario forma parte de la obra.
El gesto forma parte de la obra.
Hoy hablaríamos tranquilamente de música expandida, teatralidad instrumental, interdisciplinariedad, espacio escénico. George Crumb lo hacía desde hace más de medio siglo sin necesidad de ponerle demasiadas etiquetas.
Quizá por eso sigue siendo tan contemporáneo.
Curiosamente, Black Angels terminó entrando también en la cultura popular cuando algunos de sus fragmentos aparecieron en El Exorcista. No cuesta trabajo entender por qué. La música posee algo profundamente inquietante. Pero reducirla a música de terror sería cometer una injusticia enorme.
Porque Black Angels habla, en realidad, de algo mucho más antiguo: de la eterna confrontación entre luz y oscuridad.
Crumb construye incluso una especie de viaje espiritual: caída, ausencia, retorno.
Ahí aparecen Schubert, el Dies irae, Tartini, números cargados de simbolismo. Todo parece formar parte de una memoria colectiva que emerge y desaparece como figuras vistas entre la niebla.
Pero después comencé a descubrir otras obras.
Y apareció otro George Crumb.
O quizá el mismo, visto desde otra ventana.
Escuché Vox Balaenae, La voz de la ballena, para flauta, violonchelo y piano amplificados.
Qué obra.
Desde el comienzo uno entra en un mundo que parece anterior al ser humano.
La flauta canta y respira. El violonchelo se transforma. El piano produce resonancias que parecen venir del fondo del océano.
Hay momentos en que uno ya no sabe si está escuchando instrumentos musicales o criaturas.
Y esa duda es maravillosa.
Crumb tenía una capacidad extraordinaria para recordarnos algo que los músicos olvidamos con demasiada frecuencia: antes de existir las notas existió el sonido.
Y antes del sonido, el silencio.
Su música parece escuchar ambos.
Después llegaron para mí los Makrokosmos, esas piezas para piano que abren literalmente el instrumento. El pianista toca las cuerdas, produce armónicos, utiliza objetos, canta, silba, murmura.
El viejo piano occidental —ese enorme monumento de madera y metal que había atravesado a Beethoven, Chopin, Liszt, Debussy— de pronto se convierte en otra cosa.
Un universo.
No gratuitamente Crumb llamó a aquellas piezas Makrokosmos.
Ahí están también los signos zodiacales, las referencias cósmicas, las campanas, los fantasmas de músicas anteriores.
Y están, por supuesto, sus partituras.
Quien haya visto alguna partitura manuscrita de George Crumb sabe de qué estoy hablando.
Pentagramas circulares.
Espirales.
Cruces.
Formas geométricas.
Símbolos.
No era decoración.
La escritura visual formaba parte de la concepción de la obra.
Crumb parecía entender la partitura como algo más que un sistema de instrucciones para producir sonidos. Era también un objeto plástico, casi un mandala.
Y aquí aparece otra dimensión fascinante de su pensamiento.
Para Crumb, la música tenía algo de ritual.
No digo religioso en el sentido institucional. Digo ritual.
Ese momento extraño en que un grupo de seres humanos se reúne alrededor del sonido para intentar comprender algo que probablemente no puede expresarse con palabras.
Tal vez por eso encontramos en su música voces antiguas, poemas de Federico García Lorca, referencias astrales, sonidos naturales, campanas, respiraciones, ecos.
Ancient Voices of Children sigue siendo una de las obras más hermosas y extrañas del siglo XX.
Hay algo ancestral ahí.
Algo que parece venir de muy lejos.
Y, sin embargo, la construcción musical es rigurosa.
Porque Crumb puede engañarnos.
Sus atmósferas parecen espontáneas, casi improvisadas, pero detrás existe una escritura tremendamente precisa. Sus ritmos pueden ser complejos, difíciles de ensamblar. Las técnicas instrumentales requieren intérpretes excepcionales.
La magia está cuidadosamente calculada.
Y eso siempre me ha fascinado.
Tuve oportunidad de conocer personalmente a George Crumb cuando vino a México alrededor de 1990. Lo recuerdo en la Sala Ollin Yoliztli.
Era un hombre extraordinariamente amable.
Nada que ver con la imagen que uno pudiera construir después de escuchar aquellas músicas oscuras, misteriosas, casi sobrenaturales.
Era agradable, cercano, sencillo.
Y había además una coincidencia que siempre recuerdo: había nacido en 1929, el mismo año que mi padre.
Esas cosas inexplicablemente se quedan con uno.
Porque a veces conocemos primero la obra y después al hombre, y descubrimos que detrás de aquel universo sonoro aparentemente impenetrable existe alguien que sonríe, conversa y camina tranquilamente entre nosotros.
La música de Crumb terminó entrando, inevitablemente, en mi propia memoria composicional.
Recuerdo particularmente una obra mía para oboe solo, En torno al Dodo. Ahí aparecieron ciertas resonancias, ciertos gestos, quizá cierta manera de pensar la línea instrumental que tenía algo de aquella escucha de Crumb.
Más tarde esa música encontraría otro espacio dentro de Vox Femine, ciclo para soprano y ensamble mixto que escribí en 2006.
Hace ya veinte años.
Así funciona la influencia verdadera.
Uno no copia.
Uno escucha algo que abre una puerta.
Después atraviesa esa puerta y encuentra su propio camino.
George Crumb abrió muchas puertas.
Nos enseñó que un violín no termina donde termina el arco.
Que un piano contiene mundos ocultos.
Que la voz humana puede regresar al grito, al susurro, a la respiración.
Que una partitura puede convertirse en imagen.
Que un concierto puede transformarse en ceremonia.
Y, sobre todo, que todavía existen sonidos esperando ser descubiertos.
Eso explica quizá su enorme importancia.
Crumb pertenece a esa generación extraordinaria de compositores del siglo XX que expandieron radicalmente nuestro concepto de música. Pero lo hizo de una manera profundamente personal.
No creó una escuela fácilmente imitable.
Creó un universo.
Y eso es mucho más difícil.
Podemos reconocer una obra de George Crumb después de pocos segundos. Hay cierta manera de dejar respirar el silencio, cierta transparencia, cierto misterio.
Escucharlo es entrar en un lugar donde el tiempo parece funcionar de otra manera.
Un lugar habitado por ballenas, ángeles negros, niños antiguos, constelaciones, campanas y fantasmas musicales.
Puede parecer extraño dicho así.
Pero quizá ésa sea precisamente la grandeza de su música.
George Crumb comprendió que después de siglos de música occidental todavía quedaba algo por hacer: volver a escuchar el sonido como si fuera la primera vez.
Y pocos compositores lograron hacerlo con semejante imaginación.
Este 24 de octubre habría cumplido 97 años.
Murió en 2022, pero su música sigue teniendo algo extraordinariamente vivo. Sigue sorprendiendo a los jóvenes compositores. Sigue poniendo en dificultades a los intérpretes. Sigue obligándonos a preguntarnos qué es realmente un instrumento, qué es una partitura, qué es un escenario.
Y, en última instancia, qué demonios es la música.
Tal vez ahí esté George Crumb.
En esa pregunta.
No ofreciendo respuestas.
Abriendo puertas.
Y detrás de cada una de ellas, esperando pacientemente, hay un sonido que todavía no hemos aprendido a escuchar.

