Antonio Salieri: el hombre al que la historia condenó por un crimen que nunca cometió
26 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
Hay compositores que pasan a la historia por su música. Otros, por sus escándalos. Y hay algunos, muy pocos, que tienen la desgracia de ser recordados por algo que jamás hicieron. Antonio Salieri pertenece a esta última categoría. Su nombre quedó asociado para siempre con uno de los crímenes más célebres de la historia de la música: el asesinato de Wolfgang Amadeus Mozart. Un crimen que nunca ocurrió, al menos no como nos lo han contado, pero que terminó convirtiéndose en una verdad para millones de personas.
Resulta fascinante, y al mismo tiempo profundamente injusto, que un compositor que dedicó su vida a la música, que escribió decenas de óperas, que formó a algunos de los músicos más importantes de Europa y que gozó de un prestigio extraordinario, haya terminado reducido a la caricatura de un hombre mediocre, consumido por la envidia ante un genio al que no podía comprender.
Buena parte de la culpa la tiene el arte mismo. Y vaya paradoja: fue precisamente el arte, al que Salieri entregó su existencia, el que terminó destruyendo su reputación.
En 1830, Aleksandr Pushkin escribió una pequeña tragedia titulada Mozart y Salieri, donde convirtió los rumores sobre una supuesta rivalidad en un drama sobre la envidia y el asesinato. Décadas después, Nikolái Rimski-Kórsakov transformó aquel texto en una ópera. En 1979, el dramaturgo Peter Shaffer retomó el conflicto en su extraordinaria obra teatral Amadeus, y en 1984 Miloš Forman llevó la historia al cine.
La película fue una maravilla cinematográfica. Su música, su fotografía, sus actuaciones y aquella Viena reconstruida con una belleza casi delirante hicieron que millones de espectadores descubrieran a Mozart. Pero también consolidó una de las mayores injusticias biográficas de la historia musical.
Para el gran público, Salieri dejó de ser un compositor. Se convirtió en el hombre que había querido matar a Mozart.
Y aquí comienza la verdadera historia.
Cuando Mozart se estableció en Viena en 1781, después de romper con el arzobispo de Salzburgo, Antonio Salieri ya era una figura respetada dentro de la vida musical imperial. Mozart tenía veinticinco años y llevaba consigo la extraordinaria reputación del niño prodigio que había deslumbrado a las cortes europeas. Sin embargo, una cosa era haber sido aquel niño maravilloso y otra muy distinta abrirse camino como compositor independiente en una ciudad donde los favores, las relaciones personales y las decisiones de la aristocracia podían determinar el destino de una carrera.
Mozart no era un desconocido, desde luego, pero todavía tenía mucho que conquistar en Viena.
Salieri, en cambio, conocía perfectamente aquel mundo. Había llegado a la ciudad siendo adolescente, recibió la protección y enseñanza de Florian Leopold Gassmann y desarrolló una carrera extraordinaria bajo el patrocinio de la corte de los Habsburgo. En 1781 era ya un compositor de ópera reconocido y director de la ópera italiana de la corte. Años después, en 1788, alcanzaría el puesto de maestro de capilla imperial.
Su gran protector fue José II, el emperador que tanto interés mostró por la música y el teatro, y que gobernó hasta 1790. No Leopoldo II, como suele confundirse, aunque Salieri también conservó su posición durante el reinado de este último y de sus sucesores.
Hablamos, pues, de un músico situado en el corazón mismo de la cultura vienesa.
Salieri no necesitaba destruir a Mozart para demostrar su importancia. Ya la tenía.
Su catálogo comprende alrededor de cuarenta óperas, además de música religiosa, conciertos, composiciones instrumentales, cantatas y numerosas páginas vocales. Conocía como pocos el funcionamiento de la voz humana, la respiración del cantante, la articulación del texto y esa delicada relación entre palabra y música que convierte una buena partitura en verdadero teatro.
No era solamente un compositor de corte. Era un hombre de teatro, un artesano refinado y un músico cosmopolita que supo moverse entre las tradiciones italiana, francesa y germánica.
Y su música, cuando uno se toma la molestia de escucharla sin prejuicios, revela una personalidad mucho más interesante de lo que su caricatura cinematográfica nos permite imaginar.
Recuerdo que a principios de los años noventa compré un LaserDisc con una interpretación de la Orquesta de Cámara de Europa. Entre las obras aparecía un concierto para piano en do mayor de Antonio Salieri. Fue, hasta donde recuerdo, mi primer encuentro consciente con su música.
Me sorprendió. Y me gustó muchísimo.
Había allí una claridad formal admirable, una elegancia natural, una escritura pianística luminosa y ese equilibrio tan propio del clasicismo, donde la inteligencia musical no necesita disfrazarse de complejidad para manifestarse. Era una música que respiraba con absoluta naturalidad.
Me pregunté entonces algo que todavía hoy sigo preguntándome: ¿por qué escuchamos tan poco a Salieri?
¿Por qué sus conciertos no aparecen con mayor frecuencia en los programas de nuestros pianistas? ¿Por qué sus óperas siguen siendo excepciones en los teatros, mientras repetimos una y otra vez el mismo repertorio de siempre?
La respuesta tiene que ver con un fenómeno bastante más profundo que una simple injusticia histórica. Hemos construido una historia de la música habitada por dioses, y cuando colocamos a alguien en el Olimpo parece necesario convertir a quienes lo rodearon en personajes secundarios.
Mozart se convirtió en un dios. Salieri, en su antagonista.
Pero la historia verdadera rara vez funciona de manera tan elemental.
Es cierto que existieron tensiones profesionales entre ambos. Viena era una ciudad competitiva y las oportunidades teatrales, los nombramientos y los favores imperiales no eran ilimitados. Mozart llegó a sospechar de maniobras de ciertos músicos italianos y en algunas cartas expresó su frustración ante el ambiente cortesano. Salieri formaba parte de aquel entorno, y sería ingenuo imaginar una amistad perfecta, sin rivalidades ni intereses contrapuestos.
Sin embargo, una cosa es la competencia profesional y otra muy distinta el odio homicida.
También hubo colaboración y reconocimiento.
En 1785, Mozart y Salieri participaron, junto con Cornetti, en la composición de una cantata titulada Per la ricuperata salute di Ofelia, escrita para celebrar la recuperación de la célebre soprano Nancy Storace. La obra, cuya música se creyó perdida durante mucho tiempo, fue redescubierta en 2015. Su existencia constituye un testimonio concreto de colaboración entre aquellos dos hombres que la imaginación popular convirtió en enemigos irreconciliables.
Y existe un episodio todavía más conmovedor.
En octubre de 1791, pocas semanas antes de morir, Mozart llevó a Salieri a escuchar La flauta mágica. En una carta dirigida a su esposa Constanze contó que Salieri había seguido la representación con atención y entusiasmo, elogiando la música y el espectáculo.
Qué extraordinaria escena.
Dos compositores sentados en un teatro de Viena. Uno, todavía joven, que moriría semanas después sin saber que su nombre alcanzaría una inmortalidad casi mitológica. El otro, un músico consagrado, que sobreviviría más de tres décadas y terminaría viendo cómo la posteridad comenzaba a deformar su propia vida.
No hay veneno en aquella escena. Hay música.
Y acaso eso debería bastarnos para reconsiderar toda la historia.
Hay otro dato que me parece todavía más revelador y que rara vez se menciona: después de la muerte de Mozart, su viuda confió la educación musical de su hijo menor, Franz Xaver Wolfgang Mozart, precisamente a Antonio Salieri.
Detengámonos un momento en esto.
¿Entregaría una madre la formación de su hijo al hombre que supuestamente había perseguido y envenenado a su esposo? Naturalmente, el argumento no constituye por sí mismo una prueba judicial, pero resulta difícil conciliar aquella decisión con la imagen del enemigo despiadado que nos heredó la ficción.
Y luego está el Salieri maestro.
Aquí encontramos quizá una de sus contribuciones más importantes a la historia de la música. Entre sus alumnos estuvieron Ludwig van Beethoven, Franz Schubert, Carl Czerny, Johann Nepomuk Hummel y el jovencísimo Franz Liszt. No hablamos de figuras menores, sino de algunos de los protagonistas fundamentales de la transformación del lenguaje musical europeo.
Beethoven estudió con él composición vocal italiana y recibió enseñanzas sobre la relación entre música y palabra. Schubert encontró en Salieri a uno de sus maestros más importantes durante sus años de formación. Czerny, que posteriormente enseñaría a Liszt, formó parte de aquella extraordinaria cadena pedagógica que enlazó generaciones enteras.
Es curioso. Solemos repetir que Beethoven fue el último gran clásico y el primer gran romántico. La frase resulta cómoda, aunque simplifica demasiado un proceso histórico mucho más complejo. Porque las transformaciones estéticas no suceden de un día para otro, ni las realizan individuos aislados. Son el resultado de generaciones que enseñan, experimentan, discuten y transmiten conocimientos.
Salieri perteneció justamente a ese territorio de transición. Su lenguaje compositivo permaneció esencialmente vinculado al clasicismo y a las tradiciones operísticas del siglo XVIII, pero su labor pedagógica contribuyó a formar músicos que transformarían radicalmente el panorama sonoro del XIX.
No fue un romántico adelantado a su tiempo. Fue algo quizá más interesante: uno de los maestros que ayudaron a construir las condiciones musicales para que el romanticismo pudiera desarrollarse.
Y eso merece reconocimiento.
Desde luego, tampoco conviene caer en el error contrario y convertir a Salieri en un genio incomprendido superior a Mozart. No necesitamos disminuir a uno para hacer justicia al otro. La extraordinaria originalidad de Mozart, su capacidad para transformar las convenciones musicales y su profundidad dramática son hechos que resisten cualquier revisión histórica seria.
Pero reconocer la grandeza de Mozart no exige condenar a Salieri a la insignificancia.
A veces pienso que la historia de la música se parece demasiado a un museo donde siempre visitamos las mismas salas. Entramos para admirar a Bach, Mozart, Beethoven, Chopin o Wagner, y apenas nos detenemos frente a las puertas que conducen a otros compositores. No porque sus obras carezcan de valor, sino porque alguien decidió, hace mucho tiempo, cuáles merecían permanecer iluminadas.
Salieri fue víctima de ese mecanismo. Aunque su música ya había comenzado a desaparecer de los escenarios mucho antes de la película Amadeus, la ficción terminó por fijar una identidad que eclipsó casi por completo su verdadero legado.
Y qué ironía: una película que devolvió a Mozart a la conversación popular también despertó una nueva curiosidad por la música del hombre al que presentaba como su enemigo.
Quizá todavía estemos a tiempo de escuchar a Salieri de otra manera.
Escuchar sus conciertos, sus óperas, sus páginas religiosas. Descubrir sus aciertos, reconocer sus limitaciones y situarlo en el contexto que verdaderamente le corresponde. Sin necesidad de compararlo permanentemente con Mozart, como si toda su existencia hubiera transcurrido a la sombra de otro compositor.
Hay, sin embargo, un episodio en los últimos años de Salieri que merece contarse, porque quizá allí nació la parte más cruel de toda esta historia.
En 1823, cuando tenía setenta y tres años, su salud física y mental se encontraba seriamente deteriorada. Fue ingresado en el Hospital General de Viena. Ya no era aquel músico poderoso de la corte imperial, aquel hombre al que habían acudido Beethoven, Schubert y tantos otros para aprender los secretos de la composición. Era un anciano enfermo, vulnerable, que comenzaba a perder el dominio de sus propias facultades.
Entonces ocurrió algo terrible.
Comenzaron a circular rumores de que había intentado quitarse la vida y de que, en medio de sus delirios, confesaba haber envenenado a Mozart. Las noticias llegaron incluso al círculo de Beethoven. En sus célebres cuadernos de conversación quedaron registradas aquellas versiones que, poco después, atravesaron las fronteras de Austria y encontraron eco en los periódicos europeos.
Este episodio ha sido estudiado, entre otros investigadores, por Arturo García Gómez y Olga Chkourak en su trabajo Mozart y Salieri: entre naturaleza y razón de la creación artística, publicado en 2020 en los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México. La investigación permite comprender cómo aquellos rumores, alimentados por las noticias de la época, terminaron convirtiéndose en materia literaria y, posteriormente, en una de las leyendas más persistentes de la historia musical.
Pero nadie pudo demostrar que aquella confesión hubiera ocurrido realmente.
Y hay un testimonio que cambia por completo el sentido de la historia.
Ignaz Moscheles, uno de sus antiguos discípulos, visitó a Salieri en el hospital. Encontró a un hombre debilitado, consciente de la proximidad de su muerte. En medio de aquella conversación, Salieri le aseguró que los rumores sobre el envenenamiento de Mozart eran absolutamente falsos. Le pidió, incluso, que lo dijera al mundo.
Qué escena tan profundamente humana.
Un compositor que había dedicado su existencia a la música, que había servido a emperadores y formado a generaciones enteras de músicos, empleaba las fuerzas que le quedaban para defender su propio nombre.
Y lo más triste es que la posteridad prefirió escuchar el rumor antes que su desmentido.
Salieri murió en Viena el 7 de mayo de 1825, a los setenta y cuatro años, después de haber sobrevivido a Mozart treinta y cuatro años. Cinco años después, Pushkin convertiría aquella acusación en literatura. Más tarde vendrían Rimski-Kórsakov, Peter Shaffer y Miloš Forman. Cada uno, desde su propio lenguaje artístico, contribuiría a dar cuerpo a una leyenda que terminó siendo más poderosa que la realidad.
De modo que Salieri no solamente perdió su lugar en los escenarios. También perdió, durante generaciones, el derecho a contar su propia historia.
Y acaso allí se encuentre la verdadera tragedia de Antonio Salieri: no haber muerto bajo la sombra de Mozart, sino haber sido condenado a permanecer en ella mucho después de su muerte.
El rumor se convirtió en literatura. La literatura, en teatro. El teatro, en cine. Y el cine, para millones de espectadores, terminó convirtiéndose en historia.
Así se fabrica una leyenda.
Hoy, dos siglos después de su muerte, Salieri sigue esperando algo que debería ser elemental para cualquier compositor: que lo juzguemos por su música.
Yo quisiera que algún día dejáramos de presentar sus obras como curiosidades relacionadas con Mozart. Que un pianista programara sus conciertos simplemente porque considera que merecen ser escuchados. Que sus óperas regresaran a los escenarios sin necesidad de recurrir al morbo de una rivalidad inexistente en los términos que nos contaron.
Porque la historia de la música no debería ser un tribunal donde los vencedores reciben la inmortalidad y los demás quedan condenados al silencio.
Mozart no necesita que Salieri sea mediocre para seguir siendo Mozart.
Y Salieri no necesita ser Mozart para ocupar un lugar digno en nuestra memoria.
Al final, quizá el verdadero crimen no fue aquel asesinato imaginario que Pushkin, Shaffer y Hollywood nos hicieron creer. El verdadero crimen fue otro, mucho más silencioso: haber conseguido que durante generaciones pronunciáramos el nombre de Antonio Salieri sin escuchar su música.
Y para un compositor, pocas condenas pueden ser más crueles que esa.
