La música no tiene fecha de caducidad
28 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
Hay algo de las redes sociales que no deja de maravillarme. Entre tanta frivolidad, tanta discusión inútil y ese interminable desfile de personajes que parecen competir por ver quién hace más ruido, ocurre de pronto un pequeño milagro: una canción olvidada, una melodía de hace cincuenta años, una grabación que parecía condenada a permanecer en algún rincón de la memoria, reaparece y conquista a millones de personas. Y lo más sorprendente es que muchas de ellas ni siquiera habían nacido cuando aquella música fue compuesta.
La música tiene esas cosas. A veces duerme durante décadas, hasta que alguien, sin proponérselo, vuelve a despertarla.
Lo he observado con enorme satisfacción. Jóvenes que descubren el extraordinario funk de los años setenta, las líneas de bajo que hicieron bailar al mundo, las armonías del jazz, las voces de cantantes que parecían pertenecer definitivamente a otra generación. De pronto vuelven Boney M, las grandes canciones francesas, Charles Aznavour, Charles Trenet y tantos otros artistas que encuentran nuevos oídos, nuevas sensibilidades y, por qué no decirlo, una segunda juventud.
No deja de ser paradójico. Vivimos en una época obsesionada con la novedad, pero buena parte de sus descubrimientos musicales pertenece al pasado.
Hace unos meses comenzó a aparecer insistentemente en mis redes sociales una canción japonesa. Cuatro muchachas la interpretaban con una soltura extraordinaria. Una guitarra, un bajo eléctrico, una batería y una voz femenina de una dulzura muy particular. La joven cantante parecía jugar con las palabras mientras sus compañeras sostenían una base rítmica contagiosa, sabrosa, casi hipnótica. Entre el canto y el habla, las sílabas se precipitaban unas sobre otras a una velocidad endemoniada, sin perder jamás la musicalidad.
No entendía absolutamente nada.
Debo confesar que mis conocimientos del japonés comienzan y terminan, prácticamente, con arigato. Y, sin embargo, aquello me atrapó desde la primera escucha.
La canción se llama Kamukamo-Shikamo-Nidomokamo!, un título que, para quienes no hablamos japonés, parece una prueba de resistencia para la lengua y el paladar. Su autoría pertenece a la agrupación MONO NO AWARE, que la dio a conocer en 2019. Pero fueron las integrantes de Haku., una joven banda femenina de Osaka, quienes la transformaron en un fenómeno de las redes sociales.
Y aquí aparece la primera de sus ironías: una canción escrita originalmente para un programa infantil terminó conquistando a millones de adultos de distintas nacionalidades.
¿Qué tiene esta pieza para provocar semejante entusiasmo?
La respuesta está, en buena medida, en el lenguaje mismo.
La letra es una sucesión de trabalenguas japoneses. Aparecen huevos, arroz, frutas, animales, objetos domésticos y situaciones aparentemente absurdas. Hay frases que juegan con palabras semejantes, sonidos que se repiten, consonantes que tropiezan deliberadamente unas con otras. No existe una gran historia de amor, una tragedia sentimental ni una revelación filosófica. Lo que encontramos es algo mucho más elemental: el placer de pronunciar, escuchar y combinar los sonidos.
Y eso, para quienes nos dedicamos a la música, tiene un interés extraordinario.
Porque antes de significar algo, las palabras suenan.
Tienen ritmo, duración, acento, color, respiración. Hay consonantes que funcionan como pequeñas percusiones y vocales que se prolongan como notas musicales. El compositor puede aprovechar esa materia sonora para construir una arquitectura rítmica, incluso antes de que el oyente comprenda el significado de lo que se está diciendo.
En esta canción, el japonés deja de ser únicamente un vehículo de comunicación y se convierte en un instrumento musical.
No es poca cosa.
Me gusta especialmente la manera en que Haku. interpreta la pieza. La voz de Ai, su cantante y guitarrista, posee una ligereza casi infantil, pero sería un error confundirla con ingenuidad. Hay precisión, control de la respiración, articulación y una admirable conciencia rítmica. Su interpretación parece sencilla porque está extraordinariamente bien resuelta. La banda, por su parte, evita recargar el acompañamiento. El bajo y la batería proporcionan una pulsación firme, mientras la guitarra contribuye a esa textura ligera que permite escuchar con claridad cada pequeña acrobacia verbal.
El resultado tiene algo del rock independiente japonés, cierta economía del post-punk y una manera de frasear que por momentos se aproxima al rap. No porque pretenda imitarlo, sino porque comparte con él un principio fundamental: la palabra también puede organizar el tiempo musical.
Escuchándola recordé algo que siempre me ha fascinado de la cultura japonesa: su capacidad para encontrar poesía en las cosas aparentemente insignificantes.
Pensemos en el haiku. Apenas diecisiete unidades métricas en su forma tradicional, distribuidas en una estructura de cinco, siete y cinco. Un instante, una estación del año, una rana que salta al estanque, una flor, una sombra. Un universo entero contenido en una expresión brevísima.
Por supuesto, un trabalenguas no es un haiku. Sus propósitos son distintos. Pero ambos nos recuerdan que el lenguaje posee una dimensión estética que no depende exclusivamente de grandes discursos.
A veces basta una sucesión de sílabas para producir belleza.
Y esta pequeña canción japonesa lo consigue sin pedirnos permiso para comprenderla.
Pero hay otra cuestión que me interesa todavía más: ¿cómo una canción de 2019, reinterpretada cinco años después por cuatro jóvenes japonesas, termina circulando por México, Argentina, Francia, España y tantos otros lugares del planeta?
Hace apenas unas décadas, semejante fenómeno habría sido extraordinariamente difícil. La industria discográfica controlaba buena parte de los mecanismos de difusión. Las estaciones de radio, los programas de televisión, las compañías productoras y los distribuidores decidían, en gran medida, qué música llegaba hasta nosotros. Había excepciones, desde luego, pero las fronteras geográficas y culturales pesaban muchísimo.
Hoy las cosas han cambiado.
Una muchacha puede grabar una interpretación en Osaka y, unas horas después, alguien puede escucharla en Culiacán, compartirla con sus amigos y provocar una nueva cadena de descubrimientos. Nadie necesita entender japonés. Nadie necesita conocer previamente a la agrupación. Ni siquiera hace falta saber cómo se llama la canción.
Basta con que algo nos conmueva, nos divierta o nos haga mover el pie.
Las redes sociales tienen muchos defectos, algunos verdaderamente preocupantes, pero sería mezquino negarles esta virtud: han contribuido a romper las viejas fronteras de la circulación musical. Hoy una canción puede iniciar una segunda vida muchos años después de haber sido grabada, sin que sus propios creadores hayan imaginado jamás ese destino.
Y esto no ocurre solamente con la música contemporánea.
Me emociona ver a jóvenes descubrir a Boney M, escuchar por primera vez las canciones de Charles Aznavour o encontrarse con la elegancia interpretativa de Charles Trenet. Me entusiasma que alguien descubra el funk de los setenta, el extraordinario trabajo de sus bajistas, la sofisticación de sus arreglos, o que una vieja grabación de jazz encuentre oyentes que jamás habrían llegado a ella por los caminos tradicionales.
Durante mucho tiempo se habló de una supuesta confrontación entre generaciones musicales. Los mayores afirmaban que la música de su juventud era superior, mientras los jóvenes consideraban anticuado todo aquello que hubiera sido grabado antes de su nacimiento.
Nunca he compartido esa manera de entender la música.
En todas las épocas ha existido música extraordinaria y música perfectamente prescindible. También han existido modas pasajeras y obras capaces de sobrevivir a quienes las crearon. No es un asunto de generaciones. Es un asunto de imaginación, sensibilidad, oficio y, en ocasiones, de esa misteriosa cualidad que permite a una obra permanecer viva mucho después de que las circunstancias de su nacimiento hayan desaparecido.
La buena música no necesita ser nueva. Necesita seguir diciendo algo.
Y conviene hacer una precisión: que una canción se vuelva viral no significa necesariamente que sea una obra maestra. Las redes también pueden convertir cualquier ocurrencia en un fenómeno multitudinario. La popularidad nunca ha sido una medida infalible de calidad artística. Pero cuando esa enorme maquinaria de difusión permite que alguien descubra una obra valiosa, entonces sucede algo verdaderamente importante.
Se abre una puerta.
Quizá un muchacho que hoy escucha una canción de funk termine descubriendo a Earth, Wind & Fire, a Chic o a Parliament-Funkadelic. Tal vez una joven que encuentra casualmente una interpretación de Aznavour sienta curiosidad por la canción francesa y llegue hasta Édith Piaf, Jacques Brel o Georges Brassens. Y quizá alguien que se divierte con los trabalenguas japoneses de Haku. termine interesándose por una tradición musical que hasta entonces desconocía.
Así comienza muchas veces la formación de una sensibilidad musical. No necesariamente en un conservatorio ni frente a un tratado de armonía. A veces comienza con una canción que escuchamos por accidente y que, sin saber muy bien por qué, ya no podemos quitarnos de la cabeza.
Yo mismo he descubierto músicas extraordinarias por caminos inesperados. Y después de tantos años dedicados a la composición, la investigación y la divulgación musical, sigo encontrando un placer casi infantil en esos encuentros. Porque escuchar también significa aceptar que todavía nos quedan mundos enteros por conocer.
Tal vez por eso me resulta tan entrañable esta canción japonesa.
No pretende salvar al mundo, denunciar una injusticia ni explicarnos los grandes misterios de la existencia. Es, sencillamente, un juego de palabras convertido en música. Cuatro muchachas lo interpretan con frescura, inteligencia y una alegría que termina siendo contagiosa. Y millones de personas, incapaces de pronunciar correctamente una sola de aquellas frases, descubren que pueden disfrutarla sin necesidad de traducción.
Hay algo profundamente humano en ese fenómeno.
La música siempre ha viajado. Lo hizo con los comerciantes, los marineros, los músicos ambulantes, las migraciones, las guerras, las partituras impresas, los discos de pasta, la radio y la televisión. Hoy viaja mediante impulsos digitales que recorren el planeta en fracciones de segundo. Cambian los vehículos, cambian los públicos, cambian las circunstancias. Pero permanece intacta esa capacidad de los sonidos para despertar emociones entre personas que jamás se han visto y que probablemente nunca podrán conversar entre sí.
Me gusta pensar que dentro de cincuenta años alguien descubrirá por primera vez una canción que hoy consideramos nueva. La escuchará con la misma sorpresa con la que nosotros encontramos una grabación de otro siglo. No sabrá nada de las circunstancias en que fue compuesta, de las modas que la acompañaron ni de las discusiones que provocó. Simplemente la escuchará.
Y si la música tiene algo verdadero que ofrecer, volverá a suceder el milagro.
Porque el tiempo envejece las tecnologías, las modas y hasta nuestras maneras de escuchar. Pero no necesariamente envejece la música.
A veces, por el contrario, le concede una nueva oportunidad.
Mientras tanto, yo seguiré disfrutando de esas cuatro muchachas japonesas que convirtieron un trabalenguas en una pequeña celebración sonora. Seguiré sin entender japonés, más allá de mi modesto arigato, y probablemente jamás conseguiré pronunciar el título completo sin tropezarme.
Pero eso es lo de menos.
Después de todo, la música no necesita pasaporte, ni traducción, ni certificado de nacimiento.
Y cuando es buena, tampoco tiene fecha de caducidad.
