El arte no pide permiso al poder

29 de octubre de 2026 · Aldo de cultura

¿El arte debería ser político? La pregunta parece sencilla, pero encierra una contradicción que nos acompaña desde hace siglos. Porque antes de preguntarnos si el arte debe involucrarse en la política, tendríamos que preguntarnos si alguna vez ha conseguido mantenerse verdaderamente al margen de ella.

El artista no vive en una burbuja. Respira el aire de su época, escucha sus contradicciones, conoce sus injusticias y, aunque algunas veces pretenda ignorarlas, termina inevitablemente dialogando con ellas. Incluso cuando decide guardar silencio.

En 1804, Ludwig van Beethoven recibió una noticia que lo enfureció. Napoleón Bonaparte, a quien admiraba como encarnación de los ideales republicanos, había decidido convertirse en emperador. Según el testimonio de su discípulo Ferdinand Ries, Beethoven reaccionó violentamente contra la dedicatoria de su Tercera Sinfonía. En una copia de la partitura, el nombre de Bonaparte quedó borrado con tal fuerza que el papel terminó perforado.

La obra sobrevivió. Su antiguo héroe, no.

Aquella sinfonía, que conocemos como Heroica, continuó siendo musicalmente la misma, pero su significado había cambiado para siempre. Beethoven no necesitó modificar una sola nota para expresar su desencanto político. Bastó con retirar un nombre. Un gesto aparentemente pequeño que terminó convertido en uno de los episodios más reveladores de la historia de la música.

Dos siglos después seguimos discutiendo lo mismo.

George Orwell escribió en su ensayo Why I Write, publicado en 1946, que considerar que el arte no debe tener relación con la política constituye, por sí mismo, una actitud política. Y tenía razón. La neutralidad absoluta es una aspiración bastante más complicada de lo que parece, especialmente cuando el mundo que rodea al artista comienza a incendiarse.

Pensemos en Silvestre Revueltas.

En 1936, hace exactamente noventa años, el asesinato de Federico García Lorca durante los primeros meses de la Guerra Civil española estremeció al mundo intelectual. Revueltas respondió componiendo su Homenaje a Federico García Lorca, una obra extraordinaria que transforma el duelo en una experiencia musical profundamente humana.

No escribió un discurso. No necesitó consignas. Escribió música.

Al año siguiente viajó a España y participó en las actividades del Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en solidaridad con la República española. El compositor mexicano entendía que la creación artística y la conciencia histórica no tenían por qué caminar separadas.

Y, sin embargo, su música nunca dejó de ser música. Ahí reside una diferencia esencial.

Porque una cosa es que el arte tenga conciencia política y otra, muy distinta, que se convierta en propaganda. La propaganda exige adhesión; el arte verdadero provoca preguntas. La propaganda ofrece respuestas prefabricadas; el arte nos coloca frente a nuestras propias contradicciones. Cuando una obra se limita a obedecer una doctrina, corre el riesgo de perder aquello que la hace indispensable: su libertad.

John Adams comprendió perfectamente esta tensión.

En 1987 estrenó Nixon in China, una ópera que convirtió la histórica visita de Richard Nixon a China, en 1972, en materia dramática y musical. Lo que parecía un acontecimiento reservado a los libros de historia adquirió una nueva dimensión sobre el escenario. Los personajes dejaron de ser simples figuras políticas para mostrarse como seres humanos atrapados entre el poder, la representación pública y sus propias debilidades.

Años después, en The Death of Klinghoffer (1991), Adams abordó el secuestro del crucero Achille Lauro y el asesinato de un pasajero judío estadounidense a manos de terroristas palestinos. La ópera provocó una controversia considerable, precisamente porque se internaba en una herida histórica todavía abierta.

¿Debe el arte evitar esos territorios para no incomodar?

Me parece que sería una forma bastante peligrosa de entender la creación.

La compositora finlandesa Kaija Saariaho también exploró esa dimensión en Adriana Mater, ópera estrenada en 2006 con libreto de Amin Maalouf. Su historia transcurre en un país devastado por la guerra y aborda la violencia sexual, la maternidad y la posibilidad del perdón. Saariaho no pretende resolver un conflicto político mediante una partitura. Hace algo mucho más difícil: nos obliga a escuchar el sufrimiento humano que las guerras suelen reducir a estadísticas.

En México tenemos un ejemplo reciente y extraordinario.

Gabriela Ortiz convirtió las manifestaciones feministas de 2019, aquellas protestas contra la violencia de género, los feminicidios y la impunidad, en Revolución diamantina. La obra, concebida para ballet y gran aparato orquestal, transformó la indignación colectiva en materia sonora. Su grabación obtuvo tres premios Grammy en 2025, incluido el de Mejor Composición Clásica Contemporánea.

Lo interesante no es solamente su reconocimiento internacional, sino la manera en que un acontecimiento social consiguió adquirir una dimensión estética sin perder su origen.

La protesta encontró otro lenguaje. El grito se convirtió en música.

Pero aquí conviene detenernos en algo que considero fundamental.

No creo que todos los compositores debamos escribir obras políticas. Sería absurdo exigirle a un creador que abandone sus búsquedas estéticas, filosóficas o espirituales para pronunciarse sobre cada acontecimiento de la vida pública. La belleza no necesita justificar su existencia mediante una causa social. Una fuga, un paisaje sonoro, una investigación tímbrica o una obra puramente abstracta poseen legitimidad por sí mismas.

Y precisamente por eso debemos defenderlas.

Porque la libertad artística consiste también en poder crear sin obedecer las expectativas ideológicas de nadie. Ni del Estado, ni de las instituciones, ni de los partidos, ni siquiera del público.

Jean-Paul Sartre escribió en la presentación de Les Temps Modernes, en 1945, que el escritor está situado en su época y que cada palabra tiene consecuencias, como también las tiene cada silencio. Aunque sus reflexiones estaban dirigidas principalmente a la literatura, resulta inevitable extenderlas a todas las manifestaciones del pensamiento artístico.

No significa que el silencio sea siempre complicidad. También puede ser reflexión, resistencia o una forma legítima de expresión. Pero debemos reconocer que nuestras decisiones, incluso las estéticas, ocurren dentro de una sociedad y producen consecuencias.

Me preocupa especialmente el tiempo que estamos viviendo.

Observamos un mundo donde resurgen los autoritarismos, se normalizan los discursos de odio, se debilitan ciertos espacios de pensamiento crítico y la intolerancia pretende instalarse incluso en los territorios de la cultura. No es un fenómeno exclusivo de una nación ni patrimonio de una sola ideología. La tentación de domesticar al artista aparece allí donde el poder, cualquiera que sea su signo, comienza a sentirse incómodo frente a las preguntas.

Y el arte, cuando es verdaderamente libre, suele hacer preguntas incómodas.

No necesitamos compositores militantes por obligación, escritores convertidos en funcionarios de una causa ni pintores sometidos a consignas. Necesitamos creadores capaces de pensar por cuenta propia, de disentir, de equivocarse incluso, sin temor a que su libertad sea interpretada como una amenaza.

Porque el arte no está para complacer al poder. Tampoco para combatirlo sistemáticamente. Está para ampliar nuestra comprensión del mundo, para mostrar aquello que la costumbre nos ha enseñado a no mirar y, en ocasiones, para recordarnos que detrás de los grandes acontecimientos históricos siempre existen seres humanos.

Quizá Beethoven no imaginó que aquella tachadura sobre el nombre de Napoleón continuaría hablándonos doscientos años después. Tampoco Revueltas pudo prever que su homenaje a García Lorca seguiría resonando noventa años después de la muerte del poeta.

Pero ahí están ambas obras. Sobrevivieron a sus circunstancias y conservaron la memoria de aquello que las hizo posibles.

Al final, tal vez la pregunta no sea si el arte debe ser político, sino si estamos dispuestos a permitir que siga siendo libre.

Porque cuando el poder pretende decidir lo que el artista puede decir, pintar, escribir o componer, la discusión deja de ser exclusivamente estética.

Se convierte en una cuestión de libertad.

Y cuando la libertad está en juego, hasta el silencio tiene una resonancia política.