Félix Mendelssohn: la música que escribió cuando la muerte le arrebató la mitad del alma
3 de noviembre de 2026 · Aldo de cultura
Hay quienes mueren lentamente, consumidos por una enfermedad que les va arrebatando la vida a pequeños sorbos. Otros desaparecen de manera inesperada, como si alguien hubiera interrumpido una sinfonía antes de llegar a su último acorde. Y hay quienes, aun rodeados de belleza, reconocimiento, fortuna y afectos, descubren que ninguna de esas cosas puede protegernos de la experiencia más devastadora de la existencia humana: perder a alguien a quien amamos profundamente.
La historia de Félix Mendelssohn pertenece, de alguna manera, a estas tres formas de morir.
Cuando pensamos en los grandes compositores del siglo XIX, solemos imaginar existencias atormentadas. Beethoven enfrentándose a la sordera y al aislamiento; Schubert viviendo entre estrecheces económicas y enfermedades; Schumann extraviándose lentamente en los laberintos de su propia mente. El romanticismo musical parece haberse construido, en buena medida, sobre una sucesión de tragedias personales. Como si el sufrimiento fuera una condición indispensable para producir belleza.
Pero Mendelssohn fue distinto.
Nació en Hamburgo, en 1809, en el seno de una familia judía acomodada, culta y extraordinariamente interesada en las artes y las ciencias. Su abuelo, Moses Mendelssohn, había sido uno de los filósofos más importantes de la Ilustración alemana. Su padre, Abraham, era un banquero próspero. En aquella casa se respiraban literatura, filosofía, pintura y música. No era extraño encontrarse con intelectuales, escritores y artistas que acudían a conversar, discutir ideas o escuchar las composiciones de aquellos niños prodigiosos.
Porque Félix no era el único prodigio de la familia.
También estaba Fanny.
Y aquí comienza, en realidad, nuestra historia.
Fanny Mendelssohn, cuatro años mayor que su hermano, poseía un talento musical formidable. Fue pianista, compositora, una mujer de inteligencia excepcional y sensibilidad artística extraordinaria. Ambos crecieron prácticamente unidos por la música. Estudiaban, intercambiaban partituras, se hacían observaciones y compartían descubrimientos. Su relación trascendía el afecto habitual entre hermanos: eran interlocutores musicales, confidentes, dos inteligencias que habían aprendido a escuchar el mundo desde una sensibilidad compartida.
Sin embargo, la sociedad de su tiempo les había reservado destinos diferentes. Félix podía convertirse en compositor profesional, viajar, dirigir orquestas y publicar sus obras. Fanny, por el contrario, debía aceptar que la música fuera un ornamento de su vida doméstica, no una profesión. Su propio padre se lo había hecho saber con una claridad que hoy resulta dolorosa.
Y aun así, Fanny compuso cientos de obras.
Resulta imposible comprender plenamente la vida de Félix Mendelssohn sin comprender la presencia de aquella mujer. No porque él careciera de personalidad artística propia, desde luego, sino porque entre ambos existía una complicidad intelectual y emocional que difícilmente encontramos con semejante intensidad en la historia de la música.
Félix tuvo una existencia que muchos habrían considerado envidiable. Fue un niño prodigio comparable, en algunos aspectos, con Mozart. A los dieciséis años escribió su extraordinario Octeto para cuerdas, y a los diecisiete, la obertura de Sueño de una noche de verano, una de esas partituras que parecen haber nacido de una imaginación sin límites. Basta escuchar sus primeros compases para encontrarnos en un bosque encantado, entre criaturas invisibles, susurros nocturnos y los juegos de una fantasía que Shakespeare había convertido en teatro y Mendelssohn en sonido.
Años después completaría la música incidental para aquella misma obra, de la que procede la célebre Marcha nupcial, interpretada todavía hoy en innumerables ceremonias matrimoniales. Una curiosa paradoja: millones de personas han escuchado a Mendelssohn sin saber siquiera quién fue.
Sus cinco sinfonías, si contamos las que hoy conocemos por su numeración habitual, su extraordinario Concierto para violín en mi menor, sus obras para piano, sus oratorios y su música de cámara lo convirtieron en una de las figuras fundamentales de la Europa musical.
Y todavía habría que añadir una contribución histórica que, por sí sola, bastaría para asegurarle un lugar privilegiado: su participación decisiva en el redescubrimiento de Johann Sebastian Bach.
En 1829, cuando apenas tenía veinte años, dirigió en Berlín una interpretación de la Pasión según san Mateo, una obra que llevaba décadas sin ocupar un lugar significativo en la vida pública de los conciertos. Aquella presentación, aunque realizada con modificaciones propias de la época, contribuyó decisivamente al renacimiento del interés por Bach durante el siglo XIX.
No fue Mendelssohn quien descubrió a Bach, como a veces se afirma de manera simplista. La música del viejo cantor de Leipzig nunca había desaparecido por completo. Pero sí fue uno de los principales responsables de devolverla a la conciencia musical de una Europa que comenzaba a reconocer en ella uno de los monumentos más extraordinarios de la creación humana.
También participó activamente en la iniciativa para levantar el monumento a Bach en Leipzig, inaugurado en 1843, cerca de la iglesia de Santo Tomás. Recaudó fondos mediante conciertos y aportó recursos propios. Me parece una de las más hermosas formas de gratitud que un compositor puede expresar hacia otro: ayudar a preservar su memoria para las generaciones que todavía no han nacido.
Mendelssohn tenía prestigio, una posición económica favorable, una familia, hijos, amistades, admiradores y una carrera internacional deslumbrante. Fue director de la Gewandhaus de Leipzig y una de las personalidades más respetadas de la vida musical alemana.
Pero aquella vida luminosa también tenía sombras. Su actividad profesional era extenuante. Viajaba constantemente, componía, dirigía, organizaba conciertos, atendía compromisos sociales y mantenía una correspondencia interminable. Su organismo, pese a su relativa juventud, comenzaba a resentir aquel ritmo de trabajo.
Y entonces llegó mayo de 1847.
El mes en que todo cambió.
Fanny Mendelssohn Hensel murió el 14 de mayo de aquel año, a los cuarenta y un años, después de sufrir un colapso repentino mientras ensayaba música para una de sus reuniones musicales en Berlín. Su muerte fue atribuida a una apoplejía, término con el que la medicina de entonces describía diversos episodios que hoy asociamos con accidentes cerebrovasculares.
Félix se encontraba lejos de ella.
Cuando recibió la noticia, quedó profundamente conmocionado. Los testimonios de su entorno describen una reacción física y emocional de enorme intensidad. No había perdido solamente a su hermana mayor. Había perdido a la persona que lo acompañaba musicalmente desde la infancia, a quien conocía sus entusiasmos, sus dudas, sus primeros intentos de composición, sus victorias y sus inseguridades.
¿Cómo se continúa viviendo cuando desaparece alguien que ha formado parte de nuestra propia manera de entender el mundo?
Hay pérdidas que no dejan únicamente un espacio vacío en la casa. Dejan un silencio en nuestra propia identidad.
Y Félix, que había dedicado su existencia a organizar los sonidos, se encontró de pronto frente a un silencio que ninguna partitura podía resolver.
Durante los meses siguientes, su estado anímico se deterioró. Buscó descanso, se alejó parcialmente de sus compromisos y pasó una temporada en Suiza con su familia. Dibujó paisajes, contempló montañas, intentó recuperar algo de serenidad. Pero el dolor seguía allí, instalado en una región de la conciencia a la que no llegan fácilmente las palabras.
Fue entonces cuando escribió una de las obras más desgarradoras de su catálogo: el Cuarteto de cuerdas núm. 6 en fa menor, op. 80.
Es una partitura extraordinaria, no solamente por su calidad musical, sino por lo que representa dentro de la trayectoria de un compositor que había hecho de la elegancia, la claridad formal y el equilibrio expresivo algunas de sus señas de identidad.
Aquí encontramos a otro Mendelssohn.
El primer movimiento irrumpe con una violencia casi desconocida en buena parte de su música de cámara. Las cuerdas parecen perseguirse, interrumpirse, enfrentarse. Hay síncopas, contrastes dinámicos, figuras agitadas y una tensión armónica que difícilmente concede reposo. El discurso avanza como si quisiera escapar de algo que inevitablemente termina alcanzándolo.
El segundo movimiento, un Allegro assai, tiene una aspereza rítmica que lo aleja de la ligereza de muchos de sus scherzos juveniles. Aquellas criaturas delicadas que parecían danzar entre las sombras de Shakespeare han desaparecido. En su lugar encontramos una energía inquietante, casi feroz.
Después llega el Adagio.
Y aquí, a mi juicio, Mendelssohn deja de luchar contra el dolor y comienza a contemplarlo.
No es necesario imaginar una escena concreta ni inventar palabras que el compositor jamás escribió. La música posee su propio lenguaje. Las frases se despliegan con una intimidad conmovedora, las voces se buscan, se responden y se sostienen unas a otras. Hay momentos en que la melodía parece elevarse con una esperanza frágil, para después regresar a una tristeza que nunca termina de disiparse.
Finalmente, el último movimiento devuelve la agitación inicial. La escritura se vuelve impetuosa, los instrumentos avanzan entre tensiones y estallidos, y el cuarteto concluye sin ofrecernos una reconciliación luminosa.
No hay aquí una victoria sobre la muerte.
Hay, más bien, la experiencia de continuar existiendo después de haber sido herido por ella.
Se ha llamado a esta obra el Réquiem por Fanny. No es un título original de Mendelssohn, pero resulta comprensible que la posteridad haya querido encontrar en aquellos cuatro movimientos una despedida a su hermana. La composición nació durante los meses posteriores a su muerte, y la intensidad expresiva del cuarteto permite escucharla en relación con aquella pérdida, aunque sería excesivo pretender que cada gesto musical representa un sentimiento biográfico determinado.
A veces cometemos el error de creer que toda obra dolorosa necesita una tragedia para explicarse. La música es mucho más compleja que eso. Pero también sería absurdo negar que los compositores son seres humanos, que aman, sufren, recuerdan y llevan consigo sus experiencias cuando se sientan frente a una partitura.
En este caso, el vínculo entre la vida y la obra resulta particularmente conmovedor.
Porque Mendelssohn no tuvo demasiado tiempo para escuchar lo que acababa de escribir desde la distancia que conceden los años.
La muerte ya se aproximaba a él.
A comienzos de octubre de 1847 aparecieron síntomas alarmantes. Mendelssohn experimentó intensos dolores de cabeza, episodios de entumecimiento en las manos, mareos y alteraciones de la conciencia. El día 9 sufrió uno de los primeros ataques graves de aquella última enfermedad. Los médicos intentaron aliviarlo con los recursos terapéuticos disponibles entonces, incluidas las sanguijuelas, una práctica que hoy nos parece primitiva, pero que todavía formaba parte de la medicina europea del siglo XIX.
Hubo momentos de aparente recuperación. El 25 de octubre pudo escribir una carta a su hermano Paul. Tres días después salió a caminar con su esposa, Cécile, y pareció encontrarse mejor. Pero aquella mejoría fue engañosa. Los ataques regresaron, acompañados de dolores cada vez más violentos y períodos de inconsciencia.
El 3 de noviembre sufrió un episodio particularmente devastador. Su estado neurológico se agravó y, aunque todavía tuvo algunos momentos de lucidez, las esperanzas de recuperación se desvanecieron.
Durante sus últimas horas, según los testimonios conservados, apenas podía responder a quienes lo rodeaban. En uno de esos instantes, cuando le preguntaron cómo se encontraba, pronunció unas palabras cuya sencillez resulta estremecedora:
«Cansado, muy cansado».
Y uno no puede evitar preguntarse cuánto significaba realmente aquel cansancio.
¿Era solamente el agotamiento físico de un cerebro gravemente enfermo? ¿Era el resultado de tantos años de trabajo incesante? ¿O acaso, además, había en aquellas palabras algo del dolor que lo acompañaba desde la muerte de Fanny?
No podemos saberlo.
Lo que sí sabemos es que Félix Mendelssohn murió en Leipzig la noche del 4 de noviembre de 1847, a los treinta y ocho años. Habían transcurrido menos de seis meses desde la muerte de su hermana.
Durante mucho tiempo se repitió que Mendelssohn había muerto de tristeza. Es una explicación seductora, casi irresistible para quienes encontramos en la biografía de los compositores una prolongación de sus propias obras. Pero la historia exige mayor cuidado.
Mendelssohn murió después de sufrir una serie de episodios neurológicos graves, compatibles con accidentes cerebrovasculares. Investigaciones médicas retrospectivas han considerado, entre otras posibilidades, una hemorragia subaracnoidea causada por la ruptura de un aneurisma cerebral. También se han estudiado posibles enfermedades vasculares hereditarias, porque Fanny y otros miembros de la familia presentaron antecedentes neurológicos semejantes. No existe, sin embargo, un diagnóstico definitivo que pueda establecerse con la certeza que permitirían los estudios médicos actuales.
Esto cambia nuestra manera de interpretar su final.
El dolor emocional pudo haber contribuido al deterioro general de un organismo sometido a enormes exigencias, pero no podemos afirmar que la tristeza provocó directamente los ataques cerebrovasculares. El duelo y la enfermedad coincidieron de manera trágica. Convertir esa coincidencia en una relación causal demostrada sería sacrificar la verdad histórica en beneficio de una hermosa leyenda romántica.
Y, sin embargo, tampoco podemos expulsar el dolor de esta historia.
Porque hay algo profundamente humano en la imagen de aquel compositor que había conocido casi todas las formas del éxito y que, al final, descubrió la absoluta impotencia del talento frente a la muerte.
Mendelssohn había conseguido que las orquestas interpretaran su música, que las cortes europeas lo recibieran con admiración, que sus partituras viajaran de una ciudad a otra. Había devuelto a Bach una parte de su lugar en la historia, había fundado instituciones musicales y había escrito páginas destinadas a sobrevivirlo durante siglos.
Pero no podía recuperar una sola conversación con Fanny.
No podía volver a sentarse junto a ella frente al piano.
No podía enviarle una partitura y esperar sus observaciones.
No podía escuchar nuevamente aquella voz familiar que lo había acompañado desde los primeros descubrimientos de su infancia.
Hay algo terrible en esa desproporción entre el poder del arte y la fragilidad de la existencia. Un compositor puede construir universos enteros mediante doce sonidos, pero no puede añadir un solo minuto a la vida de alguien a quien ama.
Cuando murió, Europa recibió la noticia con consternación. Leipzig guardó luto y numerosos músicos expresaron su pesar. Su cuerpo fue trasladado a Berlín, donde recibió sepultura junto a Fanny, en el cementerio de la Dreifaltigkeitskirche.
Los hermanos, separados por la muerte durante aquellos meses terribles de 1847, descansaban finalmente cerca uno del otro.
A veces me pregunto qué habría escrito Mendelssohn si hubiera vivido veinte o treinta años más. Tenía apenas treinta y ocho. Beethoven, a esa edad, todavía no había compuesto su Novena sinfonía. Wagner no había terminado de construir su universo operístico. Verdi apenas comenzaba a transitar hacia sus grandes dramas de madurez.
¿Qué nuevos caminos habría explorado Mendelssohn? ¿Habría llevado más lejos aquella intensidad casi desesperada de su último cuarteto? ¿Habría abandonado parte de la elegancia que lo caracterizaba para adentrarse en regiones expresivas más oscuras?
Nunca lo sabremos.
Pero existe algo que sí podemos hacer: escuchar nuevamente su Cuarteto en fa menor, op. 80, sabiendo lo que ocurrió durante aquellos meses. No para buscar en cada nota una lágrima ni para convertir la partitura en un expediente clínico. Simplemente para reconocer que detrás de aquellas tensiones, de aquellos silencios, de aquellas frases que parecen buscar una respuesta imposible, hubo un hombre enfrentado a la ausencia.
Y quizá sea ésa una de las funciones más profundas de la música: permitirnos expresar aquello que no sabemos decir cuando el dolor nos deja sin palabras.
Félix Mendelssohn no murió literalmente de tristeza. Murió de una enfermedad neurológica devastadora, cuyo mecanismo preciso continúa siendo materia de discusión médica. Pero sus últimos meses estuvieron atravesados por una tristeza inmensa, y sería igualmente injusto negar el peso humano de aquella experiencia.
La muerte de Fanny no explica por sí sola la muerte de Félix.
Lo que sí ayuda a comprender es la música que escribió antes de partir.
Y aquí encuentro una paradoja particularmente conmovedora.
El hombre que había contribuido a rescatar del olvido la música de Bach terminó escribiendo una obra para no perder, de alguna manera, a su propia hermana. Como si toda su existencia hubiera estado dedicada a una misma tarea: impedir que aquello que amamos desaparezca por completo.
Porque la muerte puede arrebatarnos una presencia, una voz, unas manos, una mirada. Puede interrumpir una conversación que creíamos interminable y dejar una silla vacía donde antes habitaba una vida entera.
Pero hay algo que la muerte no consigue destruir mientras permanezca alguien dispuesto a recordar.
Fanny continúa viviendo en sus composiciones. Félix continúa viviendo en las suyas. Y ambos se encuentran, de alguna manera, cada vez que cuatro músicos toman sus instrumentos y hacen sonar aquel cuarteto escrito durante el verano más triste de su existencia.
Tal vez por eso la música nos conmueve tanto. Porque ocurre en el tiempo, como nuestra propia vida. Cada sonido nace, permanece unos instantes y desaparece. No podemos detenerlo. No podemos recuperarlo exactamente como fue. Solamente podemos conservar su huella en la memoria y esperar que otro sonido llegue para continuar aquello que parecía perdido.
La vida también es así.
El 4 de noviembre de 1847 se apagó la existencia de uno de los músicos más extraordinarios del romanticismo. Tenía treinta y ocho años y todavía le quedaban demasiadas cosas por decir.
Pero la música, afortunadamente, no conoce los cementerios.
Y cuando escucho el último movimiento de su Cuarteto en fa menor, con esa agitación que parece negarse a aceptar lo inevitable, no puedo dejar de imaginar a Félix buscando, entre las cuatro voces de las cuerdas, aquella quinta voz que lo había acompañado durante toda su vida.
La voz de Fanny.
Una voz que ya no podía responderle.
Quizá Mendelssohn no murió de tristeza. Pero antes de morir nos dejó algo todavía más conmovedor: la música de un hombre que había descubierto que la ausencia también tiene sonido.
Y que, a veces, ese sonido es lo único que nos queda de quienes amamos.
Nota de rigor histórico: la cronología de los últimos ataques, los testimonios de sus contemporáneos y las hipótesis médicas fueron contrastados con estudios históricos y neurológicos, entre ellos los publicados por Acta Clinica Croatica, el estudio sobre la enfermedad neurológica familiar de Mendelssohn y los registros biográficos de Fanny Hensel.
