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Haydn en Londres: cuando el mundo abrazó al buen padre de la música

Escrito por Aldo Rodríguez el 17 de diciembre de 2025

No hay compositor contemporáneo que haya conocido a Franz Joseph Haydn y no coincida en lo mismo: era un hombre bueno. Bonachón sin ser ingenuo, generoso sin alardes, discreto con su genio. Un tipazo, diríamos hoy. Nada egoísta con su conocimiento, siempre dispuesto a enseñar, a escuchar, a compartir. Y quizá por eso —además de por su música— todo el mundo lo quería.

En diciembre de 1790, hace ya 235 años, Haydn emprende el viaje que transformaría su vida. Deja atrás la rígida pero fértil estabilidad de la corte de los Esterházy y parte rumbo a Londres. No era un joven ambicioso buscando fortuna: tenía casi sesenta años, una obra monumental detrás y una reputación que cruzaba fronteras. Aun así, nadie —ni siquiera él— imaginaba lo que estaba por suceder.

Londres lo recibió en pleno invierno como si fuera una estrella pop. No es exageración. La ciudad entera parecía electrizada por la presencia del gran Haydn. Su música ya era conocida, admirada, pero ahora el hombre estaba allí, en carne y hueso. Los salones se llenaban, los conciertos agotaban localidades, la prensa lo celebraba, los músicos lo veneraban, el público lo adoraba. Por primera vez, Haydn no era un compositor “al servicio” de una casa noble: era un creador libre, aclamado por la sociedad civil, sostenido por el entusiasmo directo de la gente.

Ese viaje cambió su vida. Y cambió su música.

Londres le mostró otra escala, otro pulso. Una orquesta más grande, un público más ruidoso, más atento, más participativo. Haydn entendió de inmediato algo esencial: la sinfonía podía ser un gran acto público. Sus sinfonías londinenses no solo crecen en tamaño y brillantez, también en humor, teatralidad, sorpresa. Hay más contraste, más riesgo, más guiños al oyente. Haydn dialoga con la audiencia, juega con ella, la provoca, la seduce. Ya no escribe solo desde la intimidad de una corte, sino desde la conciencia de una ciudad viva, moderna, vibrante.

Pero no se volvió arrogante. Jamás. Al contrario: floreció.

Londres le dio independencia económica, sí; reconocimiento internacional, también. Pero sobre todo le dio una validación humana profunda. Haydn comprendió que su música hacía feliz a la gente, que generaba comunidad, alegría, asombro. Y eso, en un hombre como él, fue una confirmación ética: estaba en el camino correcto.

En medio de todo esto, hay una relación que ilumina como pocas la historia de la música: la amistad con Mozart. Haydn fue, para Mozart, el padre que le hubiera gustado tener —con todo respeto a don Leopoldo— y Mozart fue para Haydn el hijo espiritual que siempre soñó. Se admiraban, se respetaban, se querían. Fueron hermanos masones, sí, pero sobre todo fueron hermanos del espíritu. Haydn reconoció públicamente el genio de Mozart sin celos, sin reservas, con una humildad que engrandece. Y Mozart lo veneró con un amor filial sincero.

Todo el mundo quiso a Haydn porque Haydn quiso al mundo. Porque supo escuchar, acompañar, reír, enseñar. Porque entendió la música no como pedestal, sino como encuentro.

Ese viaje a Londres no lo transformó en otro compositor: le permitió ser plenamente quien ya era. Un creador luminoso, profundo, humano. El buen padre de la música clásica, caminando entre la gente, con una sonrisa amable y una sinfonía nueva bajo el brazo.

Y todavía hoy, cuando escuchamos esas obras nacidas en Londres, sentimos lo mismo que sintieron aquellos londinenses en pleno invierno: alegría. Asombro. Gratitud.