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Juan Crisóstomo de Arriaga: la promesa interrumpida del clasicismo europeo

Escrito por Aldo Rodríguez el 26 de enero de 2026

En la historia de la música abundan los nombres consagrados, pero hay figuras cuya grandeza no reside tanto en lo que fueron como en lo que pudieron haber sido. Juan Crisóstomo de Arriaga pertenece a esa estirpe rara y dolorosa: la de los genios truncados. Falleció en París en 1826, hace exactamente doscientos años, con apenas diecinueve años de edad. Una vida fugaz, sí, pero una obra que, vista con atención, revela un talento de una madurez desconcertante.

Nacido en Bilbao en 1806 —el mismo día del nacimiento de Mozart— Arriaga fue rápidamente bautizado por la posteridad como el Mozart español. El apodo es tentador y, hasta cierto punto, comprensible: ambos fueron niños prodigio, ambos dominaron con naturalidad el lenguaje clásico y ambos mostraron una asombrosa claridad formal desde edades tempranas. Sin embargo, el paralelismo es también una simplificación. Arriaga no fue un imitador ni una sombra tardía del genio salzburgués; fue, más bien, una voz propia que comenzó a articularse con una precocidad excepcional en un contexto histórico y cultural muy distinto.

España, a inicios del siglo XIX, no era precisamente un terreno fértil para el desarrollo de una carrera musical de proyección europea. La vida musical institucional estaba rezagada respecto a Viena, París o Berlín. Aun así, Arriaga compuso a los catorce años una ópera —Los esclavos felices— que deja ver un instinto teatral sólido y una comprensión notable del drama musical. Poco después, ya instalado en París y bajo la tutela de maestros del Conservatorio, su lenguaje se refinó con rapidez asombrosa.

Sus tres cuartetos de cuerda, escritos cuando apenas tenía dieciséis años, son quizá el testimonio más contundente de su genio. En ellos encontramos una escritura equilibrada, una comprensión profunda del diálogo instrumental y una libertad armónica que, sin romper con el clasicismo, lo expande desde dentro. No son ejercicios escolares: son obras de pleno derecho, comparables —sin exageración— con los cuartetos tempranos de Haydn o Mozart. La música fluye con naturalidad, pero bajo esa aparente sencillez se esconde una inteligencia estructural notable.

Lo verdaderamente inquietante, al escuchar a Arriaga, es la sensación de futuro. Hay pasajes que parecen anticipar una sensibilidad más cercana a Schubert que al clasicismo ortodoxo; momentos donde la melodía se vuelve introspectiva, casi melancólica, y donde la armonía insinúa caminos que apenas comenzaban a explorarse. Es ahí donde surge la pregunta inevitable: ¿qué habría sucedido si Arriaga hubiera vivido veinte, treinta o cuarenta años más?

Me gusta pensar —y no soy el único— que compositores como Arriaga habrían podido modificar, aunque fuera sutilmente, el curso de la música europea. No porque fueran “revolucionarios” en el sentido romántico del término, sino porque poseían esa rara combinación de rigor y libertad que permite transformar una tradición desde dentro. Arriaga pudo haber sido un puente: entre el clasicismo tardío y un romanticismo más contenido, más arquitectónico, menos grandilocuente.

Su muerte temprana lo convirtió en una figura casi mítica, pero también lo condenó a una presencia marginal en los programas de concierto. Celebrar hoy los doscientos años de su fallecimiento no debería ser un mero gesto conmemorativo, sino una invitación a escucharlo de nuevo, con oídos atentos y sin prejuicios. Arriaga no necesita el mito del Mozart español para sostenerse: su música habla con una voz clara, honesta y profundamente musical.

A dos siglos de su muerte, Juan Crisóstomo de Arriaga sigue siendo una pregunta abierta en la historia de la música. Una pregunta incómoda, sí, pero también luminosa. Porque en esa vida breve, casi fulgurante, se nos recuerda que el talento no siempre alcanza a desplegarse plenamente, y que la historia, como la música, está hecha tanto de obras realizadas como de silencios prematuros.