Juventino Rosas: un vals mexicano para la eternidad
Escrito por Aldo Rodríguez el 25 de enero de 2026
Hay compositores que condensan una época entera en unas cuantas páginas de música. No porque hayan escrito tratados ni sistemas, sino porque su obra, casi sin proponérselo, se vuelve espejo fiel de un tiempo histórico, de una sensibilidad colectiva, de una aspiración cultural. Juventino Rosas es, sin duda, uno de ellos.
Hablar de Juventino Rosas es hablar de nuestra Belle Époque Mexicaine, de ese Porfiriato profundamente contradictorio: afrancesado, elegante, desigual, aspiracional. Un México que miraba a Europa —especialmente a Francia— como modelo cultural, estético y simbólico. Y no hay nada de reprochable en ello. Al contrario: esa apropiación del lenguaje europeo dio lugar a una generación de compositores capaces de traducir esos códigos al oído mexicano, resignificándolos desde nuestra realidad.
Rosas absorbió ese clima sonoro con una naturalidad asombrosa. Valses, polcas, xotis: géneros importados que, en sus manos, dejaron de ser mera imitación para convertirse en discurso propio. Como ocurrió en muchas regiones del país —pienso inevitablemente en Sinaloa y en figuras como Severiano Moreno, maestro rural y compositor de música de salón en un Esquinapa aislado del mundo—, la música europea se filtró hasta los lugares más remotos, no como moda superficial, sino como forma viva de expresión.
El vals que canta
Entre todas las páginas de Juventino Rosas, Sobre las olas ocupa un lugar singular. No es exagerado afirmar que es uno de los valses más logrados del siglo XIX, no sólo en México, sino en el repertorio universal. Su estructura es clara, equilibrada, elegantemente articulada. Cada sección respira, cada transición fluye con naturalidad. Es un vals que no sólo se baila: se escucha, se recuerda, se tararea.
“Sobre las olas” tiene algo que poseen muy pocas obras: una cualidad vocal intrínseca. Canta. Habla. Narra sin palabras. Y por ello, sin forzar comparaciones, puede sentarse con dignidad junto a los grandes valses vieneses de la familia Strauss. No como copia, sino como pariente lejano que habla otro idioma, pero comparte la misma gramática emocional.
No puedo evitar imaginarlo algún día sonando en el Concierto de Año Nuevo, en la Sala Dorada del Musikverein. Sería un acto de justicia poética: un compositor mexicano, nacido en la periferia del mundo musical europeo, regresando simbólicamente al centro, no como alumno, sino como igual.
Conviene decirlo con claridad y sin maniqueísmos: el Porfiriato fue una época profundamente contradictoria, sí, marcada por un afrancesamiento elitista y por una desigualdad social que terminaría por detonar la Revolución Mexicana, pero también fue un periodo visionario que colocó a México, por primera vez de manera contundente, en el mapa del mundo moderno. Bajo Porfirio Díaz, el país se volvió cosmopolita: llegó la luz eléctrica, se tendieron las grandes vías de ferrocarril que aún hoy estructuran el territorio nacional, se desarrollaron el telégrafo y el teléfono, y se impulsó una idea de progreso alineada con lo que sucedía en Estados Unidos y en Europa. Hubo estabilidad económica, una moneda fuerte —el peso mexicano aceptado incluso como medio de cambio fuera del país— y una clara voluntad de modernización. Reducir ese periodo a una caricatura de villanos y víctimas empobrece la comprensión histórica; entenderlo en toda su complejidad nos permite reconocer que la historia no avanza en línea recta, sino que gira, se repliega y se repite, y que muchas de las tensiones de entonces siguen resonando, como un eco persistente, en nuestro presente.
Un destino trágico y moderno
Como tantos creadores del siglo XIX, Juventino Rosas murió joven. Demasiado joven. Su vida terminó en Cuba, lejos de su tierra, en una trayectoria marcada por la precariedad, la discriminación social y el desarraigo. Hay en su biografía un drama silencioso que contrasta con la ligereza aparente de su música. Pero esa tensión —entre belleza y fragilidad— es, quizá, parte esencial de su fuerza.
Rosas nació en enero, y cada aniversario debería ser ocasión no sólo para repetir “Sobre las olas” como pieza decorativa, sino para volver a escucharlo con atención, con profundidad, con oído crítico y amoroso. Porque su música no es postal ni souvenir: es testimonio.
La memoria interpretada
En México contamos, además, con un legado discográfico fundamental: la grabación de la obra pianística de Juventino Rosas realizada por Nadia Stankovic. Se trata de una lectura de una sensibilidad extraordinaria, de un refinamiento que entiende el lenguaje, el estilo y el trasfondo emocional de esta música sin caer en la caricatura ni en el exceso sentimental. Es, para mí, un disco de referencia absoluta, uno de esos registros que no se agotan con el tiempo.
La producción, a cargo de Lázaro Azar, es otro ejemplo de cómo el cuidado, la inteligencia y el respeto por el repertorio pueden rescatar y resignificar nuestro patrimonio musical. No se trata sólo de grabar: se trata de comprender qué se está diciendo.
Un compositor universal
Juventino Rosas no es únicamente un compositor mexicano. Es un compositor universal que escribió desde México, desde sus contradicciones históricas, desde su propio mestizaje cultural. Su música pertenece tanto a nuestra memoria nacional como al gran relato de la música occidental.
Escucharlo hoy es reencontrarnos con una etapa del país que quiso dialogar con el mundo, que quiso sonar elegante, moderna, cosmopolita. Y también es recordarnos que, incluso desde los márgenes, se puede escribir música destinada a durar.
Tal vez algún día, cuando “Sobre las olas” vuelva a levantarse en una sala dorada, alguien escuche sin saber su origen y piense simplemente: qué música tan bella. Eso bastará.