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Jean-Pierre Rampal: el aliento que devolvió la flauta al centro del escenario

Escrito por Aldo Rodríguez el 24 de enero de 2026

El 7 de enero de 1922 nació Jean-Pierre Rampal, una de esas figuras raras que no solo dominan un instrumento, sino que lo transforman históricamente. Rampal no fue únicamente un flautista excepcional: fue el músico que, en la segunda mitad del siglo XX, devolvió a la flauta un lugar central como instrumento solista, con una presencia comparable a la del violín o el piano. Antes de él, la flauta vivía —con honrosas excepciones— en los márgenes del gran protagonismo concertístico; después de Rampal, el panorama fue otro.

Mi primer encuentro con su sonido ocurrió en la adolescencia, cuando empecé a adentrarme seriamente en la música clásica. Tendría unos trece años. Y, curiosamente, lo primero que escuché en su voz instrumental, sino la Suite para flauta y piano jazz de Claude Bolling. Aquella obra, luminosa, elegante, con swing contenido y refinamiento europeo, fue una revelación: la flauta podía dialogar con el jazz sin perder nobleza, sin disfrazarse, sin concesiones superficiales. Rampal no “coqueteaba” con el jazz; lo entendía, lo respetaba y lo integraba desde una musicalidad profunda.

Después vendrían los grandes pilares: los conciertos para flauta de Wolfgang Amadeus Mozart, la música de cámara, las sonatas, los tríos, los cuartetos; también las innumerables grabaciones dedicadas al barroco francés, a Bach, a Vivaldi, a Telemann. Y más tarde, como joyas casi secretas, los discos realizados junto a Ravi Shankar y Yehudi Menuhin, encuentros entre inteligencias musicales que hoy siguen siendo referencia absoluta. Cada grabación de Rampal es una lección de estilo, de fraseo, de respiración y de claridad sonora.

Uno de los rasgos más distintivos de Rampal fue su timbre. Aquella flauta —muchas veces asociada a su legendaria flauta de oro— producía un sonido luminoso, redondo, perfectamente enfocado, sin durezas ni sentimentalismos excesivos. Pero más allá del color, estaba su manera de articular el discurso musical: Rampal hablaba con la flauta. Cada frase tenía dirección, intención, gramática. No había notas “neutrales”. Todo decía algo.

Su importancia histórica va mucho más allá de lo interpretativo. Rampal entendió, quizá antes que muchos músicos clásicos, el poder de los medios. Aprovechó la televisión, la grabación discográfica, las giras internacionales, para llevar la flauta a públicos que jamás habían considerado ese instrumento como protagonista. Gracias a él, numerosos compositores comenzaron a escribir nuevamente para flauta, sabiendo que existía un intérprete capaz de hacer justicia a las obras y de proyectarlas al mundo. Inspiró generaciones enteras de flautistas que, a partir de los años sesenta y setenta, encontraron un modelo claro: excelencia técnica al servicio de la música, nunca al revés.

Rampal también fue un músico profundamente europeo en el mejor sentido del término: heredero de la tradición francesa del viento —esa línea que privilegia el color, la elegancia, la inteligencia del fraseo—, pero abierto al repertorio alemán, italiano, contemporáneo y popular. No había dogmatismo en su arte; había curiosidad, rigor y placer por hacer música.

Recuerdo con especial nitidez una experiencia personal que, con los años, adquirió un valor casi simbólico. La primera vez que visité el Cementerio de Montparnasse, fui deliberadamente a buscar su tumba. La encontré: mármol de granito negro, letras doradas, sobria, sin estridencias. Justo enfrente, casi como un diálogo silencioso entre mundos, descansaba la tumba de Julio Cortázar. Dos gigantes en sus respectivas disciplinas —la música y la literatura— compartiendo el mismo espacio final. No pude evitar pensar en la afinidad profunda entre ambos: el juego serio, la libertad formal, la elegancia intelectual, la capacidad de hablarle a públicos amplios sin perder profundidad.

Jean-Pierre Rampal murió en el año 2000, pero su legado sigue respirando. Cada vez que un joven flautista toma el instrumento con la aspiración de ser solista; cada vez que la flauta ocupa el centro del escenario sin complejos; cada vez que escuchamos una grabación donde el sonido es claro, humano y luminoso, ahí está Rampal. No como estatua intocable, sino como presencia viva.

Porque algunos músicos no solo interpretan música: cambian el destino de un instrumento. Y Rampal, con un aliento firme y una inteligencia musical extraordinaria, lo hizo para siempre.


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