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La batuta absoluta: genio, rigor y sombra en Arturo Toscanini

Escrito por Aldo Rodríguez el 28 de enero de 2026

Arturo Toscanini ocupa un lugar central —y polémico— en la historia de la dirección orquestal. Nacido en Parma en 1867 y fallecido el 16 de enero de 1957, Toscanini fue testigo y protagonista de una transición crucial: del romanticismo tardío al siglo XX, del teatro lírico europeo al universo mediático de la radio y la televisión en Estados Unidos. Conoció a Verdi, trabajó estrechamente con Puccini, y fue heredero directo de una tradición que entendía la música como una verdad moral, casi absoluta.

Este texto no pretende juzgarlo con ligereza ni absolverlo con complacencia. Busca, más bien, entender: reconocer la estatura artística del maestro sin ocultar las grietas humanas de su legado.

I. Toscanini y la idea moderna de fidelidad musical

Uno de los grandes aportes de Toscanini fue su radical fidelidad a la partitura. En una época donde la libertad interpretativa rozaba a menudo el capricho, él impuso una ética férrea: tempos precisos, dinámicas claras, rechazo frontal al efectismo vacío. Para Toscanini, el director no debía embellecer la música, sino revelarla.

Esa visión influyó decisivamente en la manera moderna de entender la dirección. La partitura dejó de ser un punto de partida flexible y pasó a ser un texto sagrado, susceptible de estudio minucioso y respeto absoluto. En ese sentido, Toscanini no sólo dirigía: imponía un paradigma.

II. La orquesta como instrumento supremo

La orquesta es, sin exagerar, el instrumento más complejo jamás creado. No responde al contacto directo de los dedos ni a la respiración individual, sino a una red humana de voluntades, inteligencias, cuerpos y sensibilidades. Dirigir una orquesta implica persuadir, convocar, articular.

Aquí aparece la gran contradicción de Toscanini.

Si un pianista golpea el piano cuando no suena como desea, el daño es material. Si un cantante se violenta a sí mismo cuando la voz falla, el conflicto es interno. Pero Toscanini volcaba su frustración sobre personas. Músicos de carne y hueso. Instrumentistas que, bajo su batuta, eran tratados con insultos, gritos, humillaciones. La historia documenta ensayos convertidos en suplicios, climas de terror justificados —en su tiempo— por la genialidad.

La época lo permitió. Hoy, con razón, lo cuestionamos.

III. Genio y despotismo: una tensión histórica

Es tentador separar al artista del ser humano. Con Toscanini, esa separación resulta imposible. Su genialidad convivía con un carácter despótico, encumbrado por una fama que nadie se atrevía a desafiar. Era un tirano en el sentido clásico: convencido de que el fin —la música— justificaba los medios.

Pero la música, paradójicamente, no responde al miedo. La experiencia contemporánea nos ha enseñado que la excelencia artística surge de la confianza, de la escucha mutua, de la comunión silenciosa entre director y orquesta. Existe una máxima no escrita pero universal: en la forma de pedir está el dar. La música aparece, se afina, se pule en el ensayo cuando hay un lenguaje compartido, aun sin palabras.

Toscanini hablaba un solo idioma: el de la música. El problema fue cómo lo hablaba.

IV. El legado: luces que no se apagan

Sería injusto —y superficial— reducir a Toscanini a su temperamento. Sus interpretaciones de Beethoven, Brahms, Verdi o Wagner siguen siendo referencias. Su trabajo con la NBC Symphony Orchestra inauguró una nueva era: la del director como figura pública global, amplificada por la tecnología. Radio, grabaciones, televisión: Toscanini entendió —quizá sin proponérselo— que el siglo XX sería el siglo de la mediación.

Murió el 16 de enero de 1957, pero su sombra sigue presente en cada discusión sobre autoridad, rigor y ética en la dirección orquestal.

https://youtu.be/bEpI2_kSMVo?si=m3sdPEc4X3QjXBhs
V. Una mirada necesaria

Hoy, cuando el mundo musical replantea jerarquías, liderazgos y formas de trabajo, Toscanini nos obliga a una reflexión incómoda pero necesaria. Fue un gran director, sin duda. Un gigante de la batuta. Pero también un recordatorio de que el genio no exonera la violencia, y de que la música —ese lenguaje absoluto— exige humanidad para florecer.

Reconocerlo en su totalidad no lo disminuye. Al contrario: lo vuelve históricamente verdadero.

Y tal vez ahí radique la lección más profunda que nos deja Arturo Toscanini.


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