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Eugenio Toussaint: el vino, la memoria y el otro rostro del jazz mexicano

Escrito por Aldo Rodríguez el 13 de abril de 2026

Hay músicos que uno no olvida. No porque hayan estado en los grandes carteles —que lo estuvo— ni porque su nombre circule como moneda corriente entre los iniciados —que también—, sino porque dejan una huella íntima, casi secreta, como una conversación que sigue resonando años después de haber terminado. Así recuerdo a Eugenio Toussaint.

Lo conocí en una época en la que la vida musical en México tenía algo de itinerante, de nómada. Los músicos viajaban de ciudad en ciudad con esa mezcla de precariedad y entusiasmo que sólo el arte sabe sostener. Recuerdo haberlo escuchado en Coyoacán, y después en Culiacán, en esos circuitos donde lo mismo coincidía un grupo de música antigua que una propuesta contemporánea o un ensamble de jazz. Era un ecosistema extraño… y, sin embargo, profundamente fértil.

Toussaint venía de un proyecto fundamental en la historia del jazz mexicano: el grupo Sacbé, que formó junto a sus hermanos Enrique y Fernando. Sacbé no sólo fue una agrupación: fue una declaración de principios. En un país donde el jazz muchas veces oscilaba entre la imitación y la búsqueda de identidad, ellos encontraron una voz propia. Y eso, créanme, no es poca cosa.

Un jazz que iba en otra dirección

Lo que siempre me llamó la atención de Eugenio era su distancia —casi deliberada— respecto a ciertas corrientes dominantes del jazz nacional. Mientras algunos músicos apostaban por una energía más frontal, más cercana al vértigo o incluso al despliegue técnico como espectáculo, Toussaint caminaba en sentido contrario.

Su música tenía otra respiración.

Había en ella algo de introspección, de arquitectura interna, de pensamiento. Se percibía la influencia de Bill Evans —esa elegancia contenida, ese lirismo casi impresionista—, pero filtrada por una sensibilidad profundamente mexicana. No en el sentido folclórico superficial, sino en una manera de frasear, de suspender el tiempo, de construir climas.

Y luego estaban los compases.

5/8, 7/8… no como artificio, sino como lenguaje natural. Como si la música respirara en asimetrías, como si la vida misma se negara a caber en un compás regular. Escuchar a Toussaint era, en cierto modo, desaprender la comodidad del pulso predecible.

Más allá del jazz: el compositor

Reducir a Eugenio Toussaint al jazz sería injusto. Fue también un compositor de música de concierto con una obra sólida: cuartetos, piezas de cámara, obras orquestales… y un gesto que siempre me pareció fascinante: su Concierto para piano improvisado y orquesta.

Ahí está, quizá, una de sus grandes aportaciones: tender puentes reales —no discursivos— entre la improvisación y la escritura académica. No como experimento, sino como territorio habitable.

Tuve la fortuna de invitarlo a Sinaloa para interpretar ese concierto. Y más allá del músico, descubrí al ser humano: generoso, cercano, sin pretensiones. De esos que no necesitan demostrar nada porque ya lo han dicho todo en su música.

Nos regalamos discos. Compartimos tiempo. Y eso, con los años, adquiere un peso distinto.

Oinos: el vino como metáfora sonora

La última vez que lo vi me regaló lo que entonces era su disco más reciente: Oinos (del griego, “vino”).

Y qué disco.

Un álbum que no sólo se escucha, se degusta. Inspirado en la vid, la tierra, la fermentación… en ese misterio casi alquímico que convierte la uva en vino. La música sigue ese mismo proceso: madura, respira, se transforma.

Hay en Oinos una sensualidad discreta, una profundidad que no busca imponerse. Es un trabajo fino, de esos que no necesitan levantar la voz para decir algo importante. Un jazz que no compite: seduce.

La ausencia y el tiempo

Eugenio Toussaint falleció el 8 de agosto de 2011. Su muerte fue, sin exagerar, un golpe duro para la música en México. No sólo por lo que ya había hecho, sino por todo lo que aún podía hacer.

Hoy, en 2026, se cumplen 15 años de su partida.

Quince años… y, sin embargo, su música sigue ahí, intacta, respirando. Como esas botellas de vino que, con el tiempo, no se estropean: se vuelven más complejas, más profundas, más necesarias.

A veces me pregunto —y lo digo sin solemnidad— cuántos de nuestros músicos realmente estamos escuchando con atención. No sólo oyendo, sino escuchando de verdad.

Eugenio Toussaint nos enseñó eso: que el jazz no es sólo un idioma, sino una forma de pensar. Y que en ese pensamiento caben la elegancia, el riesgo, la tradición… y, sobre todo, la honestidad.

Porque al final —como el vino— la música verdadera siempre deja un rastro.

Y el de Eugenio, créanme, todavía se siente.