Paul McCartney: el arte de la melodía eterna
18 de junio de 2026 · Aldo de cultura
Paul McCartney (1942– ) cumple ochenta y cuatro años. La cifra impresiona, pero más impresionante resulta la permanencia de su música. Hay compositores cuya obra pertenece a una época; hay otros cuya obra parece escapar del tiempo. McCartney pertenece a esta última categoría.
Lo conocí antes de conocer su nombre.
Cuando era niño cantaba Yellow Submarine, ObLa-Di, ObLa-Da y otras canciones de los Beatles sin detenerme a pensar quién las había escrito. Eran simplemente parte del paisaje sonoro de la vida. Más tarde descubrí que detrás de aquellas melodías aparentemente sencillas existía una mente extraordinaria, una inteligencia musical capaz de construir canciones que parecían haber existido siempre.
Con los años fui comprendiendo algo que hoy considero evidente: Paul McCartney es uno de los grandes melodistas de la historia de la música occidental.
No solamente de la música popular.
De la música occidental.
Porque la melodía es un arte difícil. Mucho más difícil de lo que solemos imaginar.
La armonía puede estudiarse. La orquestación puede aprenderse. La técnica puede perfeccionarse. Pero la capacidad de crear una línea melódica que se instale en la memoria colectiva durante décadas pertenece a un territorio más misterioso.
McCartney posee ese don.
Y lo ha poseído durante más de sesenta años.
El niño que escuchaba himnos
Antes de los estadios repletos y de la beatlemanía existía un niño de Liverpool.
Un niño que creció escuchando música en casa.
Su padre, Jim McCartney, era músico aficionado y había dirigido pequeñas agrupaciones de jazz tradicional. En los servicios religiosos y en la vida cotidiana aparecían también los himnos anglicanos, aquellas melodías amplias y solemnes que forman parte de la tradición coral británica.
Muchas veces olvidamos esa influencia.
Pero cuando uno escucha con atención ciertas canciones de McCartney descubre una sensibilidad melódica que parece provenir de un mundo anterior al rock and roll.
Hay algo profundamente inglés en muchas de sus obras.
Algo que conecta con la canción victoriana, con la música coral, con el music hall y con una larga tradición de melodías cantables que se remonta siglos atrás.
McCartney absorbió todo aquello.
Y después lo transformó.
El compositor dentro de los Beatles
La historia suele simplificarse demasiado.
Durante décadas se habló de Lennon como el intelectual y de McCartney como el compositor ligero. Nada más injusto.
Si observamos con detenimiento el catálogo de los Beatles encontramos algunas de las construcciones musicales más sofisticadas de la música popular del siglo XX.
Eleanor Rigby eliminó prácticamente la instrumentación rock y convirtió un octeto de cuerdas en el corazón expresivo de la obra.
Penny Lane mostró una riqueza armónica excepcional.
For No One es una miniatura perfecta.
Hey Jude se convirtió en uno de los himnos colectivos más importantes de la historia.
Y Blackbird merece una mención especial.
McCartney ha explicado en distintas ocasiones que la pieza nació a partir de su fascinación por la Bourrée en Mi menor de Johann Sebastian Bach, una obra que había aprendido en su juventud. No se trata de una cita literal. Lo que absorbió fue la independencia de las voces y la manera en que la línea de bajo y la melodía dialogan simultáneamente.
Como tantas veces ocurre con los grandes creadores, la tradición fue absorbida y transformada hasta convertirse en algo completamente nuevo.
Bach aparece como una sombra lejana.
Pero aparece.
El bajista que cambió el instrumento
Existe otro McCartney que a veces recibe menos atención: el bajista.
Sin embargo, la historia del bajo eléctrico antes y después de Paul McCartney es distinta.
En los primeros años del rock el bajo cumplía principalmente una función rítmica.
McCartney amplió radicalmente sus posibilidades.
Sus líneas de bajo cantan.
Se mueven.
Comentan la melodía principal.
Crean contrapuntos.
Generan impulso armónico.
Basta escuchar Something, Rain, Dear Prudence o Paperback Writer para comprender que el bajo deja de ser un simple acompañante y se convierte en una voz independiente dentro de la textura musical.
Muchos bajistas posteriores —desde el rock progresivo hasta el jazz fusión— reconocen en él una influencia decisiva.
Silly Love Songs y la reivindicación de la belleza
Si tuviera que elegir una canción de Paul McCartney para llevarme a una isla desierta, probablemente elegiría Silly Love Songs.
La considero una de las canciones más hermosas jamás escritas.
Y quizá precisamente porque su aparente sencillez esconde una enorme complejidad.
La historia detrás de la pieza es conocida.
Después de la separación de los Beatles, John Lennon comentó en una entrevista que Paul escribía demasiadas tontas canciones de amor.
McCartney respondió de la mejor manera posible.
Compuso otra canción de amor.
Pero no cualquier canción.
Compuso una reflexión sobre la necesidad humana de expresar afecto, ternura y cercanía.
La línea de bajo es extraordinaria.
La estructura vocal es elegante.
Los arreglos son refinados.
Y el mensaje resulta profundamente humano.
Porque al final la pregunta que plantea McCartney es sencilla:
¿qué tiene de malo cantar sobre el amor?
Décadas después la respuesta sigue siendo la misma.
Nada.
Absolutamente nada.
Uncle Albert y la imaginación sonora
Otra obra que siempre me ha fascinado es Uncle Albert/Admiral Halsey.
Escucharla hoy sigue produciendo una sensación de sorpresa.
La canción cambia constantemente de dirección.
Aparecen distintas secciones.
Surgen efectos sonoros.
Los arreglos orquestales conviven con elementos de estudio.
Todo parece formar parte de una pequeña suite.
En cierta medida anticipa la manera fragmentaria con la que muchos compositores populares comenzarían a pensar la forma musical en las décadas posteriores.
McCartney entendió muy pronto que el estudio de grabación podía convertirse en un instrumento creativo.
Y exploró esa posibilidad con enorme libertad.
El aventurero experimental
Muchos conocen al autor de Yesterday.
Menos personas conocen al experimentador.
Sin embargo, desde finales de los años sesenta McCartney mostró interés por la música electrónica, el collage sonoro y las posibilidades abstractas del sonido.
Su álbum McCartney II contiene exploraciones que parecían adelantadas a su tiempo.
Décadas más tarde aparecerían proyectos bajo el seudónimo de The Fireman, donde profundizaría todavía más en territorios experimentales.
No es casualidad.
Los Beatles habían escuchado a Karlheinz Stockhausen.
Habían conocido las vanguardias.
Habían comprendido que la música podía expandirse más allá de las estructuras convencionales.
McCartney nunca abandonó del todo esa curiosidad.
Simplemente convivió con ella mientras seguía escribiendo melodías memorables.
Paul McCartney y la música clásica
Quizá uno de los aspectos menos conocidos de su trayectoria sea su incursión en la música de concierto.
Muchos músicos populares han intentado acercarse al repertorio clásico.
Pocos lo han hecho con la seriedad y constancia de McCartney.
Entre sus obras destacan el Liverpool Oratorio, escrito junto con Carl Davis, y el oratorio Ecce Cor Meum.
También ha compuesto piezas orquestales, corales y de cámara.
No todas han sido recibidas con el mismo entusiasmo por la crítica especializada.
Pero eso resulta secundario.
Lo importante es la autenticidad del impulso creativo.
McCartney nunca se conformó con permanecer dentro de una sola categoría.
Quiso explorar.
Aprender.
Probar.
Equivocarse.
Volver a intentar.
En ello hay algo admirable.
Un creador querido por el mundo
Existen artistas exitosos.
Existen artistas influyentes.
Y existen artistas queridos.
Paul McCartney pertenece a esta última categoría.
Pocas figuras públicas han logrado conservar durante tantas décadas una relación tan afectuosa con el público.
Quizá porque detrás de la celebridad siempre ha permanecido algo esencialmente humano.
La curiosidad.
El entusiasmo.
La capacidad de asombro.
La alegría de hacer música.
A los ochenta y cuatro años continúa escribiendo, grabando, presentándose en conciertos y demostrando que la creatividad no posee fecha de caducidad.
La melodía como forma de permanencia
Cuando pienso en Paul McCartney no pienso únicamente en los Beatles.
Pienso en una idea más amplia.
Pienso en la capacidad de una melodía para sobrevivir al tiempo.
Las modas pasan.
Los estilos cambian.
Las tecnologías se transforman.
Pero ciertas canciones permanecen.
Permanecen porque contienen algo profundamente humano.
Algo que reconocemos incluso décadas después de haberlas escuchado por primera vez.
Quizá por eso millones de personas continúan cantando sus canciones.
Quizá por eso sus melodías siguen viajando de generación en generación.
Quizá por eso aquel niño que cantaba Yellow Submarine sin saber quién era su autor terminó descubriendo que detrás de aquellas notas se encontraba uno de los compositores más importantes de nuestro tiempo.
Un hombre que entendió algo fundamental:
que la complejidad puede ser admirable, pero la verdadera grandeza consiste en convertir esa complejidad en belleza.
Y pocas personas han sabido hacerlo tan bien como Paul McCartney.
