El contador que cantaba

1 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura

Cuando una segunda profesión nos salva

Soy compositor, pero también soy ingeniero bioquímico.

Durante mucho tiempo esa frase podía parecer una contradicción, incluso una extravagancia. ¿Qué tiene que hacer la bioquímica con la composición musical? ¿Qué relación puede existir entre una ecuación diferencial y un acorde, entre la probabilidad estadística y una estructura sonora, entre la teoría de conjuntos y una partitura?

La respuesta, en mi caso, es sencilla: mucho más de lo que parece.

Cuando estudiaba ingeniería tuve contacto con matemáticas que iban bastante más allá de la aritmética cotidiana: cálculo diferencial e integral, probabilidad y estadística, teoría de conjuntos y otras herramientas que, aparentemente, pertenecían a un universo muy distante de la música. Pero yo ya componía. Y casi inevitablemente comencé a llevar aquellas ideas a mis primeras obras.

Los números empezaron a producir ritmos. Las proporciones se transformaron en duraciones. La probabilidad podía decidir acontecimientos musicales. Los conjuntos dejaban de ser únicamente objetos matemáticos y comenzaban a sugerirme organizaciones de alturas, relaciones, estructuras.

De pronto descubrí algo que después sería fundamental en mi vida: los saberes no viven en habitaciones separadas.

Somos nosotros quienes levantamos los muros.

Muchos años después, cuando llegué al IRCAM, en París, comprendí hasta qué punto aquella formación aparentemente ajena a la música había sido importante. El IRCAM es uno de esos lugares extraordinarios donde resulta difícil saber exactamente dónde termina una disciplina y comienza otra. Ahí conviven compositores con físicos, matemáticos, ingenieros, especialistas en acústica, informáticos, diseñadores, investigadores. Se habla de música, naturalmente, pero también de algoritmos, espectros, modelos, percepción, acústica, programación, interfaces.

Para mí, las matemáticas fueron una llave.

Sin ese bagaje habría podido estar allí, desde luego, pero quizá habría contemplado buena parte de aquel universo desde la superficie. En cambio pude entrar en ciertas conversaciones, comprender procedimientos, imaginar aplicaciones musicales y descubrir que detrás de muchos sonidos había números respirando.

Y no soy una excepción.

Muchos artistas tienen —o tuvieron— otra formación profesional. Algunos lo dicen poco; otros prácticamente nunca. Entre colegas cercanos abundan los casos: músicos que estudiaron Derecho, escritores provenientes de disciplinas científicas, críticos formados originalmente en laboratorios y profesionistas que terminaron encontrando su verdadera voz en otro territorio.

A veces creemos que una carrera distinta al arte representa tiempo perdido.

Tal vez sea exactamente lo contrario.

Y hay una historia mexicana que me gusta particularmente porque lleva esta idea hasta un extremo casi cinematográfico.

Es la historia de un contador que cantaba.

Se llamaba Felipe Adolfo de la Huerta Marcor.

Nació en Guaymas, Sonora, en 1881. En 1896 se trasladó a la Ciudad de México y continuó sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria. Allí estudió contabilidad, pero también violín y canto.

Números y música.

Conviene recordar esas dos cosas porque volverán a encontrarse varias veces en su vida.

La música no era una ocurrencia pasajera. De la Huerta poseía una auténtica vocación musical. Cantaba, tocaba instrumentos y participaba en tertulias. Sin embargo, la muerte de su padre en 1900 lo obligó a regresar a Sonora. Había que trabajar. Había que vivir. El joven que soñaba con la música tuvo que entrar al mundo práctico de la contabilidad y la administración.

Parecía que una puerta se cerraba.

Pero algunas puertas no se cierran: simplemente esperan.

De la Huerta trabajó como contador y posteriormente en el Banco Nacional de México. Al mismo tiempo comenzó a involucrarse en la vida política. Militó desde 1906 en el Partido Liberal Mexicano y más tarde participó en el movimiento antirreeleccionista. México estaba entrando en uno de los periodos más convulsos de su historia.

Y aquí la historia, por una de esas extrañas vueltas que suele dar, se acerca un poco a mi propia familia.

En aquellos primeros años del antirreeleccionismo sonorense aparece José María Maytorena, quien sería gobernador de Sonora y uno de los personajes importantes —aunque hoy menos recordados— de aquel complicado tablero revolucionario. De la Huerta estuvo vinculado políticamente con él desde los primeros tiempos del movimiento en Guaymas. Después, como tantas veces ocurrió durante la Revolución, las alianzas se rompieron y los antiguos compañeros terminaron en bandos distintos. Maytorena se enfrentó políticamente a Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles y quedó ligado al villismo.

José María Maytorena fue, además, tío bisabuelo de mis hijos.

Es un parentesco lejano, desde luego, pero suficiente para producir esa curiosa sensación que aparece cuando la historia deja de ser solamente una sucesión de nombres impresos en un libro y, de pronto, roza la memoria familiar. Uno descubre que aquellos personajes que solemos imaginar en fotografías sepia también tuvieron amigos, enemigos, afectos, lealtades, rupturas; que sus decisiones terminaron atravesando generaciones y que, a veces, sin saberlo, seguimos sentados a la mesa con alguno de sus fantasmas.

No sé —y sería irresponsable afirmarlo sin documentos— si De la Huerta llegó posteriormente a intervenir en favor de Maytorena durante sus difíciles enfrentamientos con Obregón y Calles. La amistad y el vínculo político entre ambos hacen tentadora la hipótesis, pero la historia exige distinguir entre aquello que podemos demostrar y aquello que apenas intuimos.

Me interesa más, por ahora, esa pequeña coincidencia.

Porque hace que Adolfo de la Huerta me resulte todavía más cercano.

La Revolución terminaría llevándolo muy lejos.

Fue diputado, gobernador de Sonora, funcionario federal, senador, cónsul general de México en Nueva York y una figura fundamental del movimiento surgido del Plan de Agua Prieta.

Y entonces ocurrió lo improbable.

El 1 de junio de 1920, aquel hombre que había estudiado contabilidad, violín y canto se convirtió en presidente provisional de México.

Gobernó solamente seis meses.

Pero fueron seis meses extraordinarios.

Después de casi una década de violencia revolucionaria, De la Huerta entendió algo que parece elemental y que, sin embargo, suele ser dificilísimo en política: hay momentos en los que gobernar consiste menos en derrotar al adversario que en conseguir que deje de serlo.

Su instrumento fue la conciliación.

Negoció con distintas facciones revolucionarias, buscó reincorporar grupos rebeldes a la vida institucional y consiguió uno de los acontecimientos simbólicamente más importantes de aquel periodo: la rendición de Francisco Villa.

El 28 de julio de 1920, Villa aceptó deponer las armas después de las negociaciones con el gobierno federal. El hombre al que habían perseguido ejércitos mexicanos y estadounidenses abandonó finalmente la lucha no mediante una gran batalla, sino mediante un acuerdo.

Siempre me ha parecido fascinante.

El hombre que sabía cantar también sabía escuchar.

Y acaso ambas cosas estén menos alejadas de lo que pensamos.

Para negociar hay que escuchar al otro, medir silencios, reconocer tensiones, esperar el momento preciso para intervenir. Cualquiera que haya hecho música de cámara sabe de qué estoy hablando. No quiero decir, naturalmente, que De la Huerta negociara políticamente porque fuera músico. Sería una simplificación histórica. Pero resulta difícil resistirse a observar la curiosa resonancia entre ambas capacidades.

En noviembre de 1920 terminó su breve presidencia y entregó el poder. Después fue secretario de Hacienda del gobierno de Álvaro Obregón.

Otra vez aparecieron los números.

En 1922 negoció en Nueva York el acuerdo De la Huerta-Lamont para reorganizar la deuda externa mexicana después de los años revolucionarios. El antiguo estudiante de contabilidad estaba ahora sentado frente a los grandes banqueros internacionales discutiendo las obligaciones financieras de todo un país.

Hasta aquí su biografía parecería ya suficiente para varias vidas.

Pero faltaba la más extraña.

En 1923 rompió políticamente con Obregón. La sucesión presidencial, la candidatura de Plutarco Elías Calles, los Tratados de Bucareli y las profundas disputas dentro del grupo revolucionario desembocaron en la rebelión delahuertista.

El conciliador terminó encabezando una rebelión.

La ironía histórica es brutal.

Fue derrotado.

Y entonces perdió prácticamente todo aquello que había definido su existencia pública: poder, influencia, posición política, seguridad económica y país.

Terminó exiliado en Los Ángeles.

Imaginemos por un instante la escena.

Un expresidente de México en California. Sin gobierno. Sin ejército. Sin secretaría. Sin los salones del poder. Con problemas económicos y obligado a comenzar nuevamente.

¿Qué puede hacer un hombre cuando la vida le quita aquello que parecía ser su identidad?

De la Huerta regresó a algo que había aprendido décadas atrás.

A cantar.

Aquellos estudios musicales que parecían pertenecer a una juventud remota se convirtieron en una profesión. Abrió una academia de canto en Los Ángeles y comenzó a enseñar.

Y ocurrió algo maravilloso: era realmente bueno.

No se trató simplemente del pasatiempo de un expresidente nostálgico. De la Huerta se convirtió en un maestro reconocido. Entre quienes estudiaron con él estuvo Enrico Caruso Jr., hijo del legendario tenor italiano. Existen fotografías de ambos trabajando juntos hacia 1930.

La política le había dado la presidencia.

La música le devolvió la vida.

Hay algo profundamente conmovedor en esa imagen.

Prefiero por un momento olvidar al presidente fotografiado con la solemnidad habitual del poder y pensar en el maestro frente a un alumno: escuchando una vocalización, corrigiendo una respiración, pidiendo nuevamente una escala.

Otra vez.

Desde el principio.

Respire.

Escuche.

Cante.

El hombre que había negociado con revolucionarios, generales y banqueros ahora trabajaba con algo infinitamente más frágil: una voz humana.

Y vivió de ello.

Regresó a México en 1936. Volvió al servicio público en cargos mucho más discretos y permaneció alejado de las grandes disputas que habían marcado su juventud. Murió en la Ciudad de México el 9 de julio de 1955.

Tenía 74 años.

Su historia me hace pensar en una idea que durante mucho tiempo hemos entendido mal: la especialización.

Nos enseñaron que debemos escoger.

Ciencias o humanidades.

Arte o ingeniería.

Música o matemáticas.

Una cosa o la otra.

Como si el conocimiento fuera un edificio lleno de puertas que deben cerrarse detrás de nosotros.

Yo cada vez creo menos en eso.

La música misma demuestra lo contrario. Pitágoras escuchó números en las proporciones de las cuerdas. Kepler imaginó una armonía de los mundos. Xenakis utilizó procesos estocásticos y matemáticos para construir música. La electroacústica contemporánea sería inconcebible sin física, acústica, ingeniería, informática y matemáticas.

Hoy, cuando trabajamos con inteligencia artificial, análisis espectral, procesamiento digital de señales o sistemas interactivos, aquellas fronteras resultan todavía más absurdas.

El compositor contemporáneo puede necesitar saber armonía y contrapunto, por supuesto, pero también acústica, programación, percepción, electrónica o matemáticas. No necesariamente para convertirse en especialista en cada disciplina, sino para poder pensar desde más lugares.

Eso fue lo que la ingeniería hizo conmigo.

Nunca dejé de ser músico por estudiar bioquímica.

Al contrario.

Las matemáticas que encontré en aquella carrera terminaron modificando mi manera de imaginar el sonido. Años después me permitieron acercarme de otra manera a la música electroacústica, a los sistemas computacionales y finalmente a ese territorio fascinante donde música, ciencia y tecnología se encuentran.

Por eso, cuando alguien joven me dice que estudia una carrera pero ama profundamente otra cosa —toca, pinta, escribe, baila, programa, fotografía—, nunca le diría que una de las dos necesariamente sobra.

Uno nunca sabe.

La vida tiene una extraña habilidad para recuperar conocimientos que creíamos inútiles.

Aquella materia que cursamos a regañadientes.

Aquel instrumento abandonado.

Un idioma.

Una ecuación.

Una técnica aprendida veinte años atrás.

Una afición que parecía no caber en el currículum.

Todo puede regresar.

Y quizá allí se encuentra la parte más hermosa de la historia de Adolfo de la Huerta.

Llegó a ser presidente de México. Negoció la pacificación de un país devastado por la guerra. Fue secretario de Hacienda. Se sentó frente a banqueros internacionales. Conoció desde dentro esa maquinaria feroz que llamamos poder.

Y un día la maquinaria se detuvo.

Entonces quedó el hombre.

Y el hombre sabía cantar.

Tal vez por eso me identifico con él, salvando naturalmente todas las distancias. Porque entiendo perfectamente lo que significa descubrir que aquello que parecía pertenecer a otra vida termina iluminando la que verdaderamente elegimos.

Yo encontré música dentro de las matemáticas.

De la Huerta encontró una segunda existencia dentro de una voz.

Y quizá esa sea la enseñanza.

No somos únicamente aquello que dice nuestro título universitario. Tampoco somos solamente aquello que elegimos como profesión. Somos una acumulación extraña de conocimientos, accidentes, curiosidades, disciplinas, fracasos y descubrimientos que durante años parecen no tener relación entre sí hasta que, de pronto, se conectan.

Como puntos de una constelación.

Por eso vale la pena aprender cosas aparentemente lejanas a nuestro oficio. Vale la pena conservar una segunda curiosidad, estudiar otra disciplina, mantener vivo aquello que hacemos simplemente porque nos fascina.

El mundo da demasiadas vueltas como para apostar toda nuestra existencia a una sola habilidad.

Adolfo de la Huerta estudió contabilidad y canto.

Los números lo llevaron a las finanzas de México.

La política lo llevó a la Presidencia.

La historia lo llevó al exilio.

Y cuando aparentemente ya no quedaba nada, la música estaba allí.

Esperándolo.

Quizá algunos conocimientos sirven para construir una carrera.

Otros sirven para comprender el mundo.

Y hay unos pocos —los más íntimos, los que muchas veces cultivamos sin saber exactamente para qué— que un día, cuando todo lo demás desaparece, pueden terminar salvándonos.