Bach viaja hacia las estrellas: la música que abandonó la Tierra

2 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura

A 49 años del lanzamiento de Voyager 1

El 5 de septiembre de 1977 yo tenía once años.

Recuerdo las imágenes en la televisión. Un cohete elevándose desde Cabo Cañaveral, fuego debajo de él, humo, esa lentitud engañosa que tienen los grandes lanzamientos espaciales antes de que la máquina parezca desprenderse definitivamente de la Tierra. Yo no entendía entonces todo lo que estaba ocurriendo, naturalmente, pero había algo que sí comprendía: aquello se iba muy lejos.

Muy lejos.

Siempre me ha fascinado el espacio. Quizá porque mirar hacia arriba constituye uno de los actos más antiguos de la inteligencia humana. Antes de que existiera la ciencia hubo asombro. Antes de que pudiéramos calcular la distancia entre las estrellas, alguien levantó la cabeza durante la noche y se preguntó qué demonios era todo aquello.

Voyager 1 nació de esa pregunta.

Fue lanzada el 5 de septiembre de 1977, unas semanas después de su hermana Voyager 2 —que, paradójicamente, despegó primero—, aprovechando una extraordinaria alineación de los planetas exteriores que ocurre aproximadamente una vez cada 176 años. La mecánica celeste había abierto una ventana y los seres humanos decidimos asomarnos por ella.

Las Voyager visitarían mundos que hasta entonces eran poco más que pequeñas manchas observadas desde telescopios.

Júpiter.

Saturno.

Y Voyager 2 continuaría después hacia Urano y Neptuno.

De pronto aquellos nombres heredados de los dioses dejaron de ser solamente puntos luminosos. Aparecieron atmósferas turbulentas, anillos, volcanes, lunas cubiertas de hielo, tormentas gigantescas. Voyager 1 descubrió, entre otras cosas, un tenue anillo alrededor de Júpiter y nuevas lunas jovianas; después continuó su viaje y, en agosto de 2012, atravesó la heliopausa para convertirse en la primera máquina construida por nuestra especie que penetró en el espacio interestelar.

Piénselo un instante.

Una máquina construida por seres humanos está fuera de la burbuja protectora del Sol.

Y todavía funciona.

Con una tecnología que hoy puede parecernos casi arqueológica. No lleva procesadores remotamente comparables con los que tenemos en un teléfono celular o un reloj inteligente. Sus computadoras pertenecen a otro mundo tecnológico: memorias diminutas, velocidades que hoy provocarían ternura y sistemas diseñados en una época en la que una computadora personal todavía era una rareza.

Sin embargo, ahí sigue.

Casi medio siglo después.

En silencio.

Obedeciendo.

Midiendo.

Hablándonos desde la oscuridad.

En 2026 Voyager 1 está a más de 25 mil millones de kilómetros de nosotros. Y hay una cifra que me parece extraordinariamente poética: el próximo 18 de noviembre alcanzará una distancia de un día-luz de la Tierra. Es decir, una señal electromagnética necesitará veinticuatro horas para recorrer en una sola dirección la distancia que nos separa de ella. Voyager 2, siguiendo otra trayectoria, alcanzará esa misma frontera aproximadamente en 2035.

Mandamos una orden.

Esperamos un día.

La nave responde.

Y esperamos otro día para escucharla.

Hay algo casi medieval en ello. Como lanzar una botella al océano y esperar noticias desde el otro extremo del mundo. Sólo que aquí el océano es negro, no tiene orillas y se extiende entre las estrellas.

Por eso considero a las Voyager entre las máquinas más extraordinarias que haya construido jamás la humanidad.

Y digo la humanidad deliberadamente.

Es irrelevante, en cierto sentido, que hayan sido construidas en Estados Unidos, por la NASA y el Jet Propulsion Laboratory. Por supuesto que pertenecen a una historia científica, tecnológica y política concreta, pero hay momentos en los que una realización trasciende la bandera que lleva pintada.

Las pirámides son humanas.

La Novena de Beethoven es humana.

Las ecuaciones de Einstein son humanas.

Voyager también.

Son pequeñas victorias de nuestra especie contra la ignorancia.

Pero existe otra razón por la cual siento una cercanía particular con estas naves.

Voyager lleva música.

Carl Sagan entendió algo fundamental: si aquella máquina iba a abandonar para siempre nuestro vecindario cósmico, no bastaba con que llevara instrumentos científicos. Debía llevar también una respuesta a una pregunta mucho más difícil:

¿Quiénes somos?

Sagan, astrónomo y científico planetario de Cornell, estuvo vinculado científicamente a la misión y encabezó el comité encargado de preparar un mensaje para una hipotética civilización capaz de encontrar alguna vez las sondas. Participaron figuras como Frank Drake, Ann Druyan, Timothy Ferris, Jon Lomberg y Linda Salzman Sagan. Tuvieron apenas unas semanas para intentar algo desmesurado: condensar la Tierra.

¿Cómo se resume un planeta?

¿Cómo explicar a un ser que jamás ha visto un árbol qué significa un bosque?

¿Cómo explicar un beso?

¿Una madre?

¿El océano?

¿Una ballena?

¿Una ecuación?

¿Bach?

La respuesta fue el Voyager Golden Record, el Disco de Oro de las Voyager: un disco de cobre recubierto de oro, de treinta centímetros de diámetro, protegido por una cubierta de aluminio y acompañado incluso por una aguja y las instrucciones necesarias para reproducirlo. Sobre la cubierta fueron grabadas matemáticamente las claves para entender su funcionamiento y localizar aproximadamente nuestro lugar de origen.

Me conmueve especialmente una inscripción grabada a mano en aquellos discos:

“To the makers of music — all worlds, all times.”

A los hacedores de música. Todos los mundos. Todos los tiempos.

Ahí está todo.

Porque el Disco de Oro no contiene solamente música. Lleva 115 imágenes codificadas analógicamente, saludos en 55 idiomas, sonidos del viento, del mar, del trueno, de animales, de seres humanos. Hay un beso. Hay risas. Hay ballenas. Hay una madre y un niño. Hay imágenes de nuestra anatomía, de nuestras matemáticas, de nuestro planeta.

Una especie de autorretrato.

No exactamente de lo que somos —eso sería imposible— sino quizá de lo que quisiéramos que alguien supiera que fuimos.

Y entonces llega la música.

Noventa minutos para explicar musicalmente a la humanidad.

Vaya problema.

Hay música de Java, Senegal, Australia, Perú, Bulgaria, Azerbaiyán, India, China, Japón. Viajan las flautas de Pan de las Islas Salomón, cantos aborígenes australianos, música de gamelán, un canto nocturno navajo y el maravilloso El Cascabel, interpretado por Lorenzo Barcelata y el Mariachi México.

Está Louis Armstrong.

Está Blind Willie Johnson.

Está Chuck Berry tocando Johnny B. Goode.

Está Stravinsky con La consagración de la primavera.

Está Mozart con el aria de la Reina de la Noche de La flauta mágica.

Está Beethoven.

Y, por supuesto, está Bach.

No una vez.

Tres veces.

Y es Bach quien abre la antología musical enviada hacia las estrellas.

El primer fragmento musical que una hipotética inteligencia extraterrestre escucharía después de recuperar el disco sería el primer movimiento del Concierto de Brandeburgo número 2 en fa mayor, interpretado por la Orquesta Bach de Múnich bajo la dirección de Karl Richter.

Me parece una elección formidable.

Después aparece la Gavotte en rondeaux de la Partita número 3 para violín, interpretada por Arthur Grumiaux. Más adelante, el Preludio y fuga en do mayor del segundo libro de El clave bien temperado, con Glenn Gould.

Richter.

Grumiaux.

Gould.

Bach viajando por el espacio interestelar.

Existe además una anécdota que siempre me ha parecido deliciosa y que, con los años, terminó convirtiéndose en uno de los puntos de inspiración de mi novela La Séptima Voz. Cuando se discutía qué música debía enviarse, el gran biólogo y escritor Lewis Thomas sugirió algo radical: mandar las obras completas de Johann Sebastian Bach. Después agregó, con una ironía maravillosa:

«Pero eso sería presumir.»

La frase se me quedó grabada.

Porque de pronto comprendí algo que iba mucho más allá de la anécdota: Bach ya había abandonado la Tierra. No metafóricamente. No como solemos decir que una obra de arte es «universal» o «eterna». Bach viaja realmente por el espacio profundo. Su música está inscrita físicamente en dos objetos construidos por nuestra especie que se alejan de nosotros y que algún día, cuando ya no podamos comunicarnos con ellos, continuarán su viaje en silencio.

Esa imagen encontró inevitablemente un lugar en La Séptima Voz. En el universo de la novela, donde Bach, la ciencia, el número, el cosmos y la posibilidad de que la música contenga estructuras que van más allá de nuestra propia comprensión dialogan constantemente, las Voyager adquirieron para mí un significado especial. El Disco de Oro demostraba que esta relación no era solamente una licencia literaria: nosotros ya habíamos enviado a Bach hacia las estrellas.

Y hay algo casi perturbador en pensarlo.

Mucho después de que muera el último ser humano que recuerde el nombre de Johann Sebastian Bach, esas estructuras sonoras podrían seguir existiendo, grabadas en oro, desplazándose por la galaxia. Quizá nadie las encuentre jamás. Probablemente sea así. Pero eso es secundario. Lo extraordinario es que, cuando tuvimos que decidir qué pequeña parte de nosotros merecía atravesar el tiempo y el espacio, alguien pensó que Bach debía estar ahí.

Lewis Thomas propuso enviar todo Bach.

No lo hicieron.

Habría sido presumir demasiado.

Aunque, entre nosotros, quizá tampoco habría estado tan mal.

Porque detrás de la broma existe una idea bastante seria.

Si tuviéramos que explicar a otra inteligencia hasta dónde ha sido capaz de llegar nuestra mente mediante la organización del sonido, Bach sería un argumento difícil de refutar.

Una fuga podría ser incomprensible para un extraterrestre.

Quizá ni siquiera posea algo equivalente a nuestros oídos.

Tal vez jamás conozca la emoción que nosotros llamamos melancolía, ni entienda qué significa una dominante, una modulación o un contrapunto invertible.

Pero las proporciones estarán ahí.

Las relaciones.

La simetría.

La recurrencia.

El número.

La arquitectura.

Bach construyó música que es profundamente emocional y, simultáneamente, posee una organización intelectual que roza lo matemático. Por eso no me parece casual que su música haya terminado viajando dentro de una máquina científica hacia el espacio interestelar.

La ciencia y Bach hablan, de maneras distintas, de estructuras invisibles.

Una intenta descubrirlas.

El otro parecía escucharlas.

Y quizá ésa sea la verdadera grandeza del Disco de Oro.

No fue solamente un mensaje destinado a hipotéticos extraterrestres.

Fue un mensaje dirigido a nosotros mismos.

En 1977 el mundo vivía en plena Guerra Fría. Existían decenas de miles de armas nucleares y la posibilidad de que nuestra civilización terminara destruyéndose no pertenecía únicamente a la ciencia ficción. Mientras construíamos máquinas capaces de aniquilarnos, también construíamos dos pequeñas naves destinadas a abandonar el Sistema Solar llevando a Mozart, Beethoven, Bach, Chuck Berry, cantos africanos, voces de niños y el sonido del mar.

Qué contradicción tan profundamente humana.

Ann Druyan lo comprendió perfectamente: el disco unía ciencia, tecnología y arte y celebraba, en medio de aquel mundo amenazado, la gloria misma de estar vivos.

Tal vez por eso el Disco de Oro me emociona tanto.

No dijimos: miren nuestras guerras.

No enviamos discursos políticos.

No enviamos nuestras fronteras.

Enviamos el sonido de una madre.

Enviamos ballenas.

Enviamos un beso.

Enviamos música.

Como si, en el momento de presentarnos ante el universo, hubiéramos decidido mostrar aquello que tenemos de mejor.

Han pasado cuarenta y nueve años desde aquel 5 de septiembre.

El niño de once años que miraba el lanzamiento por televisión ha envejecido. Voyager también.

Sus generadores producen cada vez menos energía. Sus instrumentos han ido apagándose paulatinamente para conservar la poca electricidad disponible. Los ingenieros saben que llegará el momento en que ya no podremos escucharla. NASA continúa administrando cuidadosamente esa energía con la esperanza de mantener al menos algún instrumento científico funcionando durante los primeros años de la década de 2030.

Un día Voyager 1 dejará de contestar.

Mandaremos una señal.

Esperaremos.

Y no habrá respuesta.

Entonces ocurrirá algo extraño: la misión científica habrá terminado, pero comenzará quizá la parte más larga de su historia.

Voyager seguirá viajando.

Sin electricidad.

Sin transmisiones.

Sin nadie en la Tierra que pueda ordenarle nada.

Continuará avanzando durante millones de años alrededor de la galaxia, llevando adherido a su costado aquel pequeño disco dorado.

Y dentro de él seguirá estando Bach.

Eso me parece estremecedor.

Puede desaparecer nuestra civilización.

Pueden desaparecer nuestras ciudades.

Pueden borrarse nuestras bibliotecas.

Puede cambiar la geografía de la Tierra.

Incluso nuestra especie podría convertirse algún día en apenas una capa geológica.

Pero allá afuera quedarán dos objetos diminutos atravesando la noche interestelar.

Dos botellas arrojadas al océano cósmico.

Y si dentro de diez mil, cien mil o un millón de años alguna inteligencia encuentra una de ellas, reconstruye las instrucciones, coloca la aguja sobre aquel extraño disco y consigue hacerlo girar a 16⅔ revoluciones por minuto, escuchará algo procedente de un planeta remotísimo.

Primero Bach.

Entonces, de alguna manera, habremos conseguido decir:

Estuvimos aquí.

Miramos las estrellas.

Aprendimos a contar.

Construimos máquinas.

Tuvimos miedo.

Amamos.

Escuchamos el mar.

Y también hicimos música.

Quizá ésa sea una de las definiciones más hermosas que podamos dejar de nosotros mismos.

Porque desde hace casi medio siglo, mientras nosotros continuamos discutiendo nuestras pequeñas miserias aquí abajo, Bach viaja hacia las estrellas.