JUNO TO JUPITER: EL ÚLTIMO VIAJE DE VANGELIS
23 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura
Cuando la música abandonó la Tierra
Hay compositores cuya última obra parece, retrospectivamente, una despedida. No necesariamente porque ellos la hayan concebido así, sino porque el tiempo —ese editor implacable— termina colocando signos donde quizá solamente había música.
Con Vangelis sucede algo todavía más extraño.
Su último álbum de estudio publicado en vida no habla de la vejez, ni de la memoria, ni de la muerte. No mira hacia atrás. Mira hacia Júpiter.
El 24 de septiembre de 2021 apareció Juno to Jupiter. Cinco años después, podemos escucharlo ya desde una perspectiva diferente: no solamente como uno de los grandes trabajos tardíos del compositor griego, sino como la última estación de una aventura sonora que había comenzado muchas décadas atrás.
Y qué manera de terminar.
Vangelis no cerró su trayectoria regresando a casa.
La terminó viajando hacia el planeta más grande del sistema solar.
Del albedo terrestre a Júpiter
Hay una simetría que me parece fascinante.
En 1976 Vangelis publicó Albedo 0.39, uno de los discos fundamentales de la música electrónica del siglo XX. El título hacía referencia al albedo terrestre: la proporción de radiación solar que nuestro planeta refleja hacia el espacio.
La mirada estaba situada, de alguna manera, fuera de nosotros.
Había que alejarse de la Tierra para poder contemplarla.
Cuarenta y cinco años después, en Juno to Jupiter, aquella mirada ha viajado cientos de millones de kilómetros.
Entre ambos discos ocurrió prácticamente toda una vida.
Pasaron Spiral, China, Opera Sauvage, Chariots of Fire, Blade Runner, Antarctica, Direct, The City, 1492: Conquest of Paradise, Oceanic y tantos otros territorios sonoros. Pero hay una corriente subterránea que nunca desapareció completamente en Vangelis: su fascinación por el cosmos.
No por el espacio como decoración.
Eso sería demasiado sencillo.
El cosmos en Vangelis es una pregunta.
¿Qué somos cuando nos contemplamos desde fuera?
¿Qué significa la vida cuando dejamos de medirla con nuestras pequeñas escalas humanas?
Quizá por eso su música espacial nunca me ha parecido fría. Paradójicamente, cuanto más lejos nos lleva de la Tierra, más humana se vuelve.
Entre Mythodea y Júpiter
Veinte años antes de Juno to Jupiter, Vangelis había establecido otro puente extraordinario entre ciencia y mitología.
Mythodea quedó asociada a la misión Mars Odyssey de la NASA y reunió algo aparentemente imposible: sintetizadores, gran orquesta, coros, percusiones monumentales y las voces de Kathleen Battle y Jessye Norman.
Marte.
El dios de la guerra.
La exploración científica.
La mitología griega.
La tecnología contemporánea.
Todo coexistía.
Con Juno to Jupiter, Vangelis vuelve a realizar una operación semejante, aunque desde una estética mucho más íntima y tardía. El álbum está inspirado en la misión Juno de la NASA, lanzada en 2011 para estudiar Júpiter y llegada a su órbita en 2016.
Pero Vangelis hace algo particularmente hermoso: convierte una misión científica en una narración mitológica.
La sonda deja de ser únicamente una máquina.
Se convierte en Juno.
Y Júpiter vuelve a ser Zeus.
La ciencia moderna, después de atravesar millones de kilómetros mediante instrumentos de una precisión inimaginable, termina encontrándose nuevamente con los dioses que nuestros antepasados colocaron en el cielo.
¿No es maravilloso?
Después de todo, seguimos haciendo lo mismo que hicieron los antiguos: levantar la cabeza y preguntarnos qué demonios hay allá arriba.
Solamente han cambiado nuestros instrumentos.
Los sonidos que llegaron del espacio
Juno to Jupiter no utiliza la misión espacial simplemente como argumento poético. Materiales sonoros relacionados con la propia expedición forman parte de la arquitectura del álbum: comunicaciones, elementos procedentes del lanzamiento, señales y sonidos vinculados con la sonda y con su entorno.
De pronto, la frontera entre documento y composición se vuelve borrosa.
La NASA proporciona datos.
Vangelis los convierte en poesía.
Eso me parece fundamental para comprender su pensamiento musical. Vangelis nunca fue simplemente “el hombre de los sintetizadores”, definición que siempre me ha parecido terriblemente pobre para explicar su obra. Fue, ante todo, un constructor de universos sonoros.
El sintetizador era solamente el instrumento.
Como para Bach lo fue el órgano.
Como para Chopin el piano.
Lo verdaderamente importante estaba detrás: la imaginación.
Y aquí, ya cercano a los ochenta años, esa imaginación seguía intacta.
Angela Gheorghiu: la voz de una diosa
Existe además una presencia humana extraordinaria dentro de este paisaje electrónico: Angela Gheorghiu.
La soprano rumana aparece como la personificación vocal de Juno en tres momentos fundamentales del álbum: Juno’s Tender Call, Hera/Juno Queen of the Gods y Juno’s Accomplishments.
La elección es magnífica.
Vangelis entendía perfectamente el poder de la voz femenina dentro de grandes espacios electrónicos. Lo había demostrado muchas veces y, de manera monumental, en Mythodea con Jessye Norman y Kathleen Battle.
Pero aquí sucede algo distinto.
Gheorghiu no llega para cantar un aria tradicional ni para imponerse sobre la electrónica. Su voz emerge del paisaje como si fuese una presencia suspendida entre lo humano y lo mitológico.
Es Juno.
Pero también podría ser la propia humanidad llamando desde algún rincón remoto del sistema solar.
La voz lírica, probablemente el instrumento más antiguo y visceral que poseemos, dialogando con sonidos obtenidos por una de las máquinas científicas más sofisticadas construidas por nuestra especie.
Miles de años de distancia cultural reunidos en unos cuantos minutos.
Eso también es Vangelis.
Zeus está ahí
El álbum posee momentos extraordinarios.
Atlas’ Push abre el viaje. Después aparecen Inside Our Perspectives, Out in Space, Juno’s Quiet Determination, Jupiter’s Intuition, Juno’s Power, Space’s Mystery Road.
Los títulos ya construyen una narración.
Pero uno de los grandes centros gravitacionales del disco es Zeus Almighty, una pieza de once minutos.
Aquí aparece el Vangelis monumental.
No necesitamos ver Júpiter para comprender su tamaño. La música nos proporciona otra clase de escala. Masas sonoras enormes, espacios armónicos abiertos, profundidades electrónicas que parecen extenderse mucho más allá de las bocinas.
Después llega Jupiter Rex.
El rey.
No olvidemos algo: Júpiter contiene más masa que todos los demás planetas del sistema solar juntos. Ante semejante monstruo celeste, nuestra Tierra parece casi una pequeña nota perdida dentro de una partitura gigantesca.
Vangelis comprendía esa sensación de escala.
Y sabía traducirla musicalmente.
No mediante ecuaciones.
Mediante asombro.
La tecnología que todavía sabe maravillarse
Hay algo que siempre he admirado profundamente en Vangelis y que Juno to Jupiter confirma por última vez.
Nunca permitió que la tecnología sustituyera a la emoción.
Eso es mucho más difícil de lo que parece.
Durante décadas vimos evolucionar sintetizadores, secuenciadores, samplers, computadoras, estaciones digitales y sistemas cada vez más sofisticados. Muchas músicas electrónicas envejecieron junto con sus máquinas.
La de Vangelis, en cambio, conserva algo esencial.
Respira.
Porque detrás del aparato siempre hubo un hombre tocando.
Un músico que desconfiaba, incluso, de ciertas formas excesivamente racionalizadas de composición y que prefería enfrentarse al instrumento casi como un improvisador. Tocaba grandes masas, acordes, melodías, texturas. Escuchaba. Respondía.
Había riesgo.
Por eso su electrónica posee una cualidad casi orgánica.
En Juno to Jupiter las máquinas hablan del espacio, pero la música continúa hablando de nosotros.
Un viaje de cuarenta y cinco años
Regreso entonces a Albedo 0.39.
La Tierra contemplada desde el cosmos.
Después, Mythodea.
Marte.
Y finalmente:
Júpiter.
Es difícil resistirse a leer esa trayectoria como una enorme parábola.
No digo que Vangelis la haya planeado así. Seguramente no. Las grandes biografías artísticas adquieren formas que sus propios protagonistas nunca imaginaron.
Pero ahí está.
En Albedo 0.39 todavía contemplábamos nuestro planeta desde cierta distancia.
En Mythodea viajábamos hacia Marte.
En Juno to Jupiter hemos llegado hasta el reino de Zeus.
Tierra. Marte. Júpiter.
Cuarenta y cinco años de música entre el primer punto y el último.
Y entonces ocurre lo inevitable.
Pocos meses después de la aparición del álbum, el 17 de mayo de 2022, Evangelos Odysseas Papathanassiou —Vangelis— murió en París a los 79 años.
De pronto, Juno to Jupiter quedó convertido involuntariamente en testamento.
Pero no me gusta demasiado esa palabra.
Testamento supone mirar hacia atrás.
Este disco mira hacia adelante.
Hacia afuera.
Hacia lo desconocido.
In Serenitatem
Y entonces llegamos a la última pieza.
Se llama In Serenitatem.
En serenidad.
No podía haber un título mejor.
Después de Zeus, después de Júpiter, después de las señales espaciales, después de Juno, después de atravesar ese gigantesco paisaje cósmico, Vangelis termina el álbum serenamente.
No con una explosión.
No con una apoteosis.
Con contemplación.
Y ahora resulta difícil escuchar esos últimos minutos sin sentir algo que probablemente no estaba allí cuando fueron escritos.
Nosotros sabemos algo que Vangelis, al componerlos, no podía saber.
Sabemos que eran prácticamente sus últimas palabras discográficas.
Eso transforma inevitablemente nuestra escucha.
He admirado a Vangelis durante muchos años. Como compositor, su obra ha sido para mí una inspiración constante, precisamente porque demostró que era posible habitar la tecnología sin convertirse en esclavo de ella; que un sintetizador podía poseer gravedad sinfónica, respirar como una orquesta y, al mismo tiempo, producir sonidos que ninguna orquesta había imaginado jamás.
Vangelis entendió algo esencial: la electrónica no tenía por qué deshumanizar la música. Podía ampliar lo humano.
Tal vez por eso su último viaje resulta tan conmovedor.
Comenzó, muchos años atrás, mirando nuestro pequeño planeta azul.
Después miró los océanos, las ciudades, la Antártida, la historia, Alejandro, El Greco, Marte, las estrellas.
Y finalmente llegó a Júpiter.
No sé si exista una manera más hermosa de cerrar una vida dedicada al sonido.
Vangelis murió en la Tierra.
Pero musicalmente, me gusta pensar que no.
Su última nave siguió avanzando.
En algún punto imaginario, entre las tormentas gigantescas de Júpiter, las señales de Juno y ese silencio inconcebible que comienza donde termina nuestra atmósfera, quedó flotando su música.
Y quizá ésa sea la imagen con la que quiero quedarme.
Un hombre frente a sus teclados.
El universo enfrente.
Y todavía, después de toda una vida, el asombro intacto.

