El árbol imposible: de Gustav Mahler a Beyoncé

30 de septiembre de 2026 · Aldo de cultura

La música, la sangre y los extraños caminos del azar

Hay historias que uno recibe con cierta desconfianza. No porque sean necesariamente falsas, sino porque parecen demasiado perfectas para ser verdad. Como si alguien hubiera decidido juntar dos nombres que difícilmente cabrían en la misma conversación y esperar nuestra reacción.

Gustav Mahler y Beyoncé.

¿Qué podrían tener en común?

Uno nació en 1860, en una pequeña localidad de Bohemia, entonces parte del Imperio austríaco; la otra, más de un siglo después, en Houston, Texas. Uno escribió sinfonías gigantescas que parecían querer contener la creación entera; la otra se convirtió en una de las grandes figuras de la cultura popular de nuestro tiempo.

Hasta aquí, nada particularmente extraño. Dos músicos, dos épocas, dos mundos.

Pero resulta que podrían ser parientes.

Sí. Parientes.

Según una genealogía que comenzó a circular hace algunos años, Beyoncé sería prima octava de Gustav Mahler, cuatro generaciones distante. Dicho así parece que en cualquier momento alguien va a sacar el álbum familiar y encontraremos a Mahler sentado en una reunión de los Knowles. Nada más lejos de la realidad. Estamos hablando de una relación genealógica remotísima, perdida entre generaciones, migraciones, matrimonios, océanos y siglos.

Y, además, conviene decirlo desde ahora: la cadena genealógica completa que demostraría el parentesco no parece haber sido publicada de manera que pueda comprobarse eslabón por eslabón. La noticia debe tomarse, por tanto, con una saludable cautela.

Pero qué historia.

Porque a veces una anécdota no necesita convertirse en dogma para hacernos pensar.

Mahler fue, en cierto modo, un hombre nacido entre fronteras. Y no me refiero solamente a las fronteras geográficas.

Nació en Kaliště, en Bohemia, en una familia judía de lengua alemana. Hoy señalaríamos ese lugar en un mapa de la República Checa, pero hacerlo así sería simplificar demasiado aquel mundo. Mahler nació dentro de ese enorme mosaico humano, lingüístico, religioso y político que fue el Imperio de los Habsburgo. Ser bohemio, austríaco, germanoparlante y judío podía significar pertenecer simultáneamente a varios mundos y, paradójicamente, no pertenecer por completo a ninguno.

Mahler lo sabía.

Se le atribuye una frase terrible: era tres veces extranjero. Bohemio entre austríacos, austríaco entre alemanes y judío en el mundo.

Pocas frases explican mejor su música.

Porque cuando escucho a Mahler siempre tengo la impresión de escuchar a alguien buscando un lugar. Sus sinfonías caminan. Preguntan. Recuerdan. De pronto aparece una marcha militar; después una melodía campesina; más adelante un coral, una canción, una danza grotesca, unas campanas, un pájaro, una fanfarria escuchada quién sabe dónde durante la infancia.

Y todo cabe.

Lo sublime y lo vulgar.

La taberna y la iglesia.

El ejército y el bosque.

La muerte y una canción infantil.

Quizá por eso aquella célebre idea mahleriana de que una sinfonía debía ser como el mundo y contenerlo todo resulta mucho más profunda de lo que parece. Mahler no estaba hablando solamente de instrumentación. Estaba hablando, me parece, de sí mismo.

Él también contenía demasiados mundos.

En 1897 tomó una decisión que todavía hoy resulta incómoda: se convirtió al catolicismo. El contexto importa. Su origen judío constituía un serio obstáculo para alcanzar uno de los cargos musicales más importantes de Europa: la Ópera de la Corte de Viena. Poco después llegaría a dirigirla y transformarla.

Pero cambiar de religión en un documento no necesariamente cambia la memoria.

Y mucho menos borra la mirada de los demás.

Mahler podía ser católico oficialmente y seguir siendo considerado judío por quienes querían verlo como judío. Podía dirigir una de las instituciones fundamentales de Viena y continuar siendo, para ciertos sectores de aquella sociedad profundamente antisemita, alguien venido de fuera.

Qué extraña cosa es la identidad.

Uno cree que pertenece a un sitio hasta que alguien le recuerda que no. O descubre que pertenece a varios lugares al mismo tiempo.

Más de ochenta años después del nacimiento de Mahler, al otro lado del Atlántico, comenzarían las historias familiares que terminarían confluyendo en otra artista nacida en una sociedad completamente distinta.

Beyoncé Knowles nació en Houston en 1981. Afroestadounidense, con raíces familiares que atraviesan también Luisiana y su complejísima historia cultural, pertenece a otra geografía, otra experiencia histórica, otra tradición musical. En su universo aparecen el gospel, el rhythm and blues, el soul, el funk, el hip-hop, la música electrónica, el pop y, en trabajos recientes, una revisión deliberada de tradiciones musicales estadounidenses que durante mucho tiempo fueron presentadas como compartimentos separados.

No quiero cometer aquí el disparate de buscar semejanzas musicales donde no existen.

Mahler no estaba esperando secretamente a Beyoncé dentro del Adagietto de la Quinta.

Ni Beyoncé lleva escondido algún cromosoma que la obligue a escribir una sinfonía de noventa minutos.

Sería absurdo.

Y precisamente por eso esta historia me interesa.

Porque el parentesco, de ser correcto, sería biológicamente casi insignificante y culturalmente fascinante.

Nos recuerda algo que olvidamos con facilidad: los árboles genealógicos no respetan nuestras categorías culturales.

Nosotros clasificamos.

Europeo.

Americano.

Judío.

Católico.

Afroestadounidense.

Bohemio.

Austríaco.

Música académica.

Música popular.

Ponemos etiquetas porque necesitamos ordenar el mundo. Son útiles. A veces indispensables.

Pero la vida no siempre se comporta con semejante disciplina.

La gente viaja. Se enamora. Emigra. Huye. Se casa. Tiene hijos. Cambia de lengua. Cambia de país. A veces cambia incluso de religión. Una familia sale de una aldea y, varias generaciones después, uno de sus descendientes nace en una ciudad que aquellos antepasados ni siquiera hubieran podido imaginar.

Y el árbol sigue creciendo.

Sus ramas atraviesan fronteras que todavía no existían cuando comenzaron a extenderse.

Y aquí las matemáticas comienzan a jugar con nosotros.

Basta mirar nuestro propio árbol familiar. Tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos; después 32, 64, 128, 256, 512 y 1,024. Cada generación que retrocedemos duplica, al menos teóricamente, el número de nuestros antepasados. Si continuáramos así, apenas veinte generaciones atrás necesitaríamos más de un millón de posiciones en el árbol.

Pero la historia real no funciona como una pirámide perfecta.

Las ramas se cruzan. Familias que parecían distintas comparten antepasados y el árbol comienza, literalmente, a plegarse sobre sí mismo. Los genealogistas llaman a esto colapso genealógico.

Y entonces ocurre algo fascinante: la posibilidad de que dos personas que hoy consideramos completamente ajenas compartan algún antepasado remoto aumenta enormemente conforme retrocedemos en el tiempo.

Pensemos por un momento en lo que eso significa.

Una generación son nuestros padres. Dos, nuestros abuelos. Pero cuando comenzamos a retroceder diez, quince, veinte generaciones, el número teórico de personas necesarias para sostener nuestro árbol se vuelve enorme. Y si siguiéramos multiplicando indefinidamente llegaríamos al absurdo de necesitar, en determinados periodos históricos, más antepasados de los que realmente habitaban una región.

Evidentemente eso no ocurrió.

Lo que ocurrió es mucho más interesante.

Compartimos antepasados.

Una misma persona puede aparecer varias veces dentro de nuestro propio árbol genealógico. Dos ramas que creíamos independientes se encuentran unas generaciones atrás. Y árboles familiares que hoy parecen completamente separados pueden terminar tocándose cuando retrocedemos lo suficiente.

Mientras más atrás miramos, menos privado se vuelve nuestro pasado.

Quizá lo verdaderamente sorprendente no sea que Beyoncé y Mahler puedan ser primos lejanísimos. Lo sorprendente sería descubrir cuántos Mahler —cuántos desconocidos, viajeros, campesinos, comerciantes, músicos, migrantes— llevamos todos escondidos entre las ramas de nuestro propio árbol.

Creemos que los árboles genealógicos nos separan cuando, vistos con suficiente profundidad, terminan haciendo exactamente lo contrario.

Nos reúnen.

Eso es lo verdaderamente hermoso de esta historia.

No que Beyoncé sea, supuestamente, pariente de Mahler.

Sino todo lo que tuvo que ocurrir para que dos ramas remotísimas de una familia terminaran produciendo dos seres humanos dedicados a la música en circunstancias absolutamente diferentes.

Y entonces aparece una tentación.

¿El talento se hereda?

La respuesta fácil sería decir que sí y hacer de esta historia una especie de fábula genética. Pero las cosas son bastante más complejas. La aptitud musical tiene componentes biológicos, naturalmente, pero ningún gen escribe una sinfonía ni produce un álbum. Entre la predisposición y la obra están la cultura, la educación, el oído, la disciplina, la memoria, la experiencia, las oportunidades y algo mucho más difícil de medir: la necesidad de decir algo.

Mahler necesitaba decir algo.

Beyoncé también.

Y ahí, quizá, aparece una coincidencia mucho más interesante que la sangre.

Los dos trabajan —cada uno desde su tiempo y su lenguaje— con una cierta desmesura.

Mahler no parecía saber hacer las cosas pequeñas cuando imaginaba una sinfonía. Necesitaba enormes orquestas, voces, coros, campanas, textos filosóficos, poesía china, himnos medievales, marchas, danzas populares, sonidos de la naturaleza. Quería construir un universo.

Y algo semejante, salvando todas las distancias imaginables, ocurre con cierto espectáculo pop contemporáneo. Ya no basta una canción. Aparecen la imagen, la coreografía, el vestuario, la escenografía, la tecnología, el video, la memoria cultural. El concierto se transforma en una obra multidisciplinaria.

No estoy diciendo que Beyoncé sea mahleriana.

Por favor.

Estoy diciendo algo mucho más sencillo: hay artistas a quienes una sola disciplina parece quedarles pequeña.

Necesitan construir mundos.

Y ahí sí, por un instante, me gusta imaginar que aquellas dos ramas remotísimas del árbol se miran.

Una desde la Viena de 1900.

La otra desde el siglo XXI.

Mahler frente a una orquesta gigantesca, levantando los brazos para desencadenar un universo sonoro.

Beyoncé frente a decenas de miles de personas, rodeada de músicos, bailarines, pantallas, iluminación y tecnología, construyendo otro universo.

No es la misma música.

No es la misma historia.

No es siquiera la misma idea del artista.

Pero existe algo profundamente humano detrás de ambos: la voluntad de convertir una experiencia individual en una experiencia colectiva.

Quizá por eso me fascinan estas casualidades.

Nos obligan a mirar el tiempo de otra manera.

Pensamos la historia como una sucesión ordenada: primero ocurrió esto, después aquello. 1860. 1897. 1911. 1981. Fechas perfectamente acomodadas en una línea.

Pero la vida se parece mucho menos a una línea que a un contrapunto.

Las voces aparecen, desaparecen y regresan transformadas. Una comienza en Bohemia; otra entra mucho después en Texas. Durante varias generaciones parecen no tener absolutamente nada que decirse y, de pronto, alguien descubre que quizá pertenecían a una misma partitura genealógica.

Me gusta esa imagen.

Porque nosotros mismos somos eso.

Somos el resultado de miles de encuentros que desconocemos. De personas cuyos nombres jamás sabremos. De viajes que nadie anotó. De decisiones insignificantes que terminaron siendo fundamentales.

Bastaba que uno de aquellos antepasados tomara otro camino.

Que no abordara un barco.

Que no conociera a determinada persona.

Que permaneciera en otra ciudad.

Que una enfermedad terminara de otra manera.

Y nosotros no estaríamos aquí.

Hay algo vertiginoso en pensarlo.

Por eso, después de conocer esta historia, ya no me interesa demasiado comprobar si en algún punto remoto del árbol familiar aparece exactamente el ancestro que convierte a Beyoncé en prima octava, cuatro generaciones distante, de Gustav Mahler.

Naturalmente, como investigador, quiero saberlo.

Pero como músico me interesa todavía más otra cosa.

Pensar que un hombre que pasó buena parte de su vida sintiéndose extranjero pudo quedar unido, más de un siglo después, a una mujer nacida en otro continente, perteneciente a otra historia y representante de una tradición cultural que él difícilmente habría podido imaginar.

Los azares del destino tienen esas ironías.

Mahler quiso meter el mundo dentro de una sinfonía.

Tal vez nunca imaginó que el mundo, mucho después de su muerte, terminaría metiéndolo a él dentro de un árbol familiar que llegaría hasta Houston.

Y quién sabe.

Quizá los árboles genealógicos se parecen bastante a las sinfonías de Mahler.

Comienzan con una voz aparentemente solitaria. Después aparece otra. Y otra. Algunas se pierden durante generaciones; otras regresan transformadas. Hay contradicciones, viajes, silencios, encuentros inesperados.

Hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos algo asombroso:

nunca fuimos una sola voz.

Éramos, desde el principio, una multitud.