Steve Reich: el hombre que cambió el tiempo
3 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
A sus noventa años
Hay compositores que uno conoce porque alguien los recomienda, porque aparecen en un libro de historia de la música o porque, tarde o temprano, resultan inevitables dentro de la formación de cualquier músico. Y hay otros que llegan por accidente. Se atraviesan en nuestra vida sin anunciarse y, cuando nos damos cuenta, ya modificaron algo en nuestra manera de escuchar.
Así conocí a Steve Reich.
Yo todavía no trabajaba en Radio UAS. Daba clases en la Escuela de Música —hoy Facultad de Artes— y acostumbraba revisar la fonoteca de la radio. Aquellos estantes eran una especie de arqueología musical: discos que habían llegado de todas partes del mundo, grabaciones promocionales, materiales enviados por radiodifusoras extranjeras, música que difícilmente podía conseguirse entonces en México.
Un día encontré un disco de Radio Nederland.
Contenía música contemporánea, grabaciones en vivo de compositores europeos cuyos nombres, en aquel momento, me resultaban prácticamente desconocidos. Entre ellos apareció uno que ni siquiera era holandés.
Steve Reich.
La obra era Music for a Large Ensemble, escrita en 1978 y dirigida por Reinbert de Leeuw.
Puse el disco.
Y ocurrió algo.
Es difícil explicar una revelación musical tantos años después porque las palabras tienden a ordenar aquello que, cuando sucede, es completamente visceral. Yo no sabía exactamente qué estaba escuchando. Había una pulsación que parecía no detenerse nunca, figuras que se repetían pero que, misteriosamente, nunca eran exactamente iguales; voces que entraban y desaparecían; instrumentos que se incorporaban lentamente a una enorme respiración colectiva. Las marimbas aparecían de pronto acentuando unas cuantas notas y todo el paisaje cambiaba.
La música avanzaba sin avanzar.
Durante casi veinte minutos quedé atrapado en aquella maquinaria sonora.
No era desarrollo en el sentido de Beethoven. Tampoco era el discurso serial que muchos estudiábamos entonces como una de las grandes conquistas de la música del siglo XX. No había que perseguir una melodía que viajaba hacia algún sitio ni esperar una resolución armónica tradicional.
Había otra cosa.
Tiempo.
Tiempo convertido en materia.
Reich había descubierto que repetir un acontecimiento no significa necesariamente repetirlo. Basta desplazar ligeramente un acento, añadir una nota, retirar otra, modificar una respiración para que nuestra percepción reorganice todo lo que está escuchando.
Aquello fue para mí una revelación.
Lo curioso es que yo ya había escuchado a Steve Reich.
Sólo que no lo sabía.
Años antes, viendo Cosmos, aquella maravillosa serie de Carl Sagan que marcó a toda una generación, había escuchado fragmentos de Music for 18 Musicians. Esa música se quedó en algún lugar de mi memoria. No conocía el nombre del compositor ni podía identificarla, pero algo permaneció allí.
Por eso, cuando escuché Music for a Large Ensemble, tuve una extraña sensación de reconocimiento.
Esto ya lo conozco.
Esto ya estuvo alguna vez dentro de mí.
Y efectivamente: era Reich.
Desde entonces se convirtió en uno de los compositores fundamentales de mi columna vertebral musical del siglo XX.
Muchos años después ocurrió algo que hoy me parece casi una metáfora.
Radio UAS cambió de sede y se trasladó a la antigua colonia Gabriel Leyva, a la casa centenaria donde todavía se encuentra. Durante aquella mudanza una parte de la fonoteca fue enviada a una bodega y otros discos, simplemente, fueron considerados basura.
Entre los discos desechados estaba aquel de Radio Nederland.
El disco donde yo había conocido a Steve Reich.
Lo rescaté.
Literalmente.
Todavía lo conservo.
Y cada vez que lo veo pienso en la fragilidad de la memoria cultural. Lo que para alguien puede ser un objeto inútil, para otro puede contener un instante decisivo de su vida. Aquel disco que terminó en una pila de desperdicios había cambiado mi manera de entender la música.
No era basura.
Era parte de mi historia.
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Steve Reich cumple noventa años este 3 de octubre.
Noventa años.
Y cuesta imaginar buena parte de la música de las últimas décadas sin aquello que comenzó a experimentar durante los años sesenta con cintas magnetofónicas, pequeños desplazamientos temporales y procesos aparentemente elementales.
It’s Gonna Rain.
Come Out.
Después Piano Phase, Violin Phase, Clapping Music, Drumming.
La idea parecía sencilla: dos materiales idénticos comienzan juntos y lentamente se desplazan uno respecto del otro. Pero detrás de esa aparente simplicidad había una pregunta enorme.
¿Qué ocurre cuando dejamos que el proceso sea audible?
Ésa fue una de las grandes revoluciones de Reich.
La música no necesitaba esconder su mecanismo.
Podíamos escucharlo.
El compositor mostraba las entrañas del reloj.
Y paradójicamente, mientras más evidente era el procedimiento, más misteriosa se volvía nuestra percepción.
Porque el oído comienza a inventar cosas.
Escuchamos melodías que nadie está tocando. Aparecen acentos que no están escritos. Surgen figuras fantasmas entre dos patrones repetidos.
El cerebro compone junto con la música.
Eso me sigue fascinando de Reich.
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A Reich se le coloca habitualmente junto a Philip Glass, Terry Riley y La Monte Young dentro de aquello que llamamos minimalismo norteamericano. La clasificación es útil para los libros, pero resulta insuficiente cuando uno escucha verdaderamente sus músicas.
Reich es Reich.
Su relación con el ritmo es distinta.
Profundamente distinta.
En Glass encontramos con frecuencia grandes procesos aditivos, arpegios, transformaciones armónicas que pueden adquirir dimensiones monumentales. En Riley está la improvisación, la apertura, cierta libertad heredada de otras tradiciones musicales.
Reich convirtió el pulso en arquitectura.
Y lo hizo mirando mucho más allá de Europa.
Estudió percusión africana en Ghana. Se interesó profundamente por el gamelán balinés. Volvió su mirada hacia las antiguas tradiciones hebreas de cantilación.
Pero nunca se limitó a copiar esos mundos.
Los procesó.
Los convirtió en pensamiento composicional.
Drumming, de 1971, sigue siendo una de las grandes aventuras rítmicas del siglo XX. Y pocos años después llegó una de sus obras maestras absolutas: Music for 18 Musicians.
Ahí el minimalismo dejó de ser solamente procedimiento.
Se volvió respiración.
Clarinetes, voces, pianos, marimbas, xilófonos, cuerdas. Un organismo gigantesco que parece inhalar y exhalar durante casi una hora.
Los cambios armónicos son lentos, pero dentro de ellos todo está vivo.
Algo semejante ocurre en Music for a Large Ensemble, aquella obra que me encontró en la fonoteca de Radio UAS.
Después vendrían Tehillim, The Desert Music, Sextet, New York Counterpoint, Electric Counterpoint —esa pieza extraordinaria escrita para Pat Metheny—, City Life, Double Sextet y muchas otras.
Pero hay una obra que para mí ocupa un lugar especial.
Different Trains.
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En 2008 tuve la fortuna de montar Different Trains en México.
Compré los derechos y reunimos músicos extraordinarios vinculados con la Orquesta Sinfónica Nacional. La presentamos nuevamente algunos años después.
Interpretar Reich desde dentro es muy distinto a escucharlo.
De pronto uno descubre la precisión casi despiadada que exige esa música.
Un pequeño error rítmico puede alterar toda la maquinaria.
Pero Different Trains es mucho más que un prodigio técnico.
Reich parte de un recuerdo de infancia. Sus padres estaban separados y, siendo niño, viajaba constantemente en tren entre Nueva York y Los Ángeles acompañado por su institutriz. Décadas después comprendió algo aterrador: si hubiera sido un niño judío viviendo en Europa durante aquellos mismos años, probablemente habría viajado en otros trenes.
Trenes hacia los campos de concentración.
De ese pensamiento nació la obra.
Reich grabó testimonios, voces, recuerdos. Escuchó las inflexiones naturales del habla y convirtió esas inflexiones en música.
La voz dice una frase.
El violín reproduce su contorno.
La palabra se transforma en melodía.
Para mí aquello abrió una puerta enorme.
Different Trains me hizo comprender de otra manera las posibilidades de la música mixta, de la voz grabada, del documento convertido en material composicional. Muchos años después, trabajando con electrónica, procesamiento, grabaciones, Somax, inteligencia artificial y todos esos territorios que terminaron formando parte de mi propio trabajo, aquella lección de Reich continuaba allí.
Una voz puede ser memoria.
Pero también puede ser estructura.
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Tuve también el enorme placer de dirigir Eight Lines.
Qué obra.
Todavía regreso a ella.
La estudio.
La escucho.
Dos pianos sosteniendo una maquinaria rítmica prodigiosa mientras flautas, clarinetes y cuerdas van construyendo líneas que entran, se cruzan, desaparecen y vuelven a surgir.
Es una música de enorme precisión y al mismo tiempo de una sensualidad extraordinaria.
Porque hay otro prejuicio que conviene desmontar: la música de Reich no es fría.
Puede ser matemática.
Puede ser rigurosa.
Puede estar construida con procedimientos extremadamente precisos.
Pero respira.
Y puede producir una intensidad emocional enorme.
También alguna vez, casi como un juego entre amigos, tocamos Music for Pieces of Wood.
Cinco pares de claves.
Nada más.
¿Con qué puede construir un compositor una obra?
Con cinco pedazos de madera.
Eso basta si detrás existe una idea.
Esa quizá sea una de las lecciones más profundas de Reich: la complejidad no depende necesariamente de la cantidad de materiales.
A veces ocurre exactamente lo contrario.
Cuando reducimos los elementos, comenzamos a escuchar aquello que normalmente pasa inadvertido.
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Con los años, Reich llevó ese pensamiento hacia territorios cada vez más amplios.
En The Cave exploró las raíces compartidas y las fracturas entre judaísmo, islam y cristianismo a partir de las figuras de Abraham, Sara, Agar, Isaac e Ismael.
En Three Tales miró algunos de los grandes mitos tecnológicos del siglo XX: el dirigible Hindenburg, las pruebas nucleares en Bikini y la clonación de la oveja Dolly.
Ahí aparece otro Reich.
El compositor que observa el mundo.
El compositor político, si queremos llamarlo así, aunque quizá sería más preciso decir: el compositor que interroga su tiempo.
Tecnología.
Religión.
Memoria.
Holocausto.
Identidad.
Ciencia.
La música deja de ser solamente sonido para convertirse en una manera de pensar.
Y eso me interesa profundamente.
Porque siempre he creído que una obra no termina en las notas que están escritas en la partitura.
Las notas son apenas la superficie.
Debajo debe existir una pregunta.
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Steve Reich llega ahora a los noventa años.
Y continúa escribiendo.
Eso quizá sea lo más hermoso.
No estamos celebrando una estatua.
Estamos celebrando a un compositor vivo.
A un hombre que atravesó buena parte del siglo XX, que cuestionó algunas de sus certezas musicales y que consiguió llegar al siglo XXI sin convertirse en una pieza de museo.
Su música sigue sonando contemporánea.
Quizá porque nunca intentó parecer moderna.
Encontró una idea.
La persiguió durante décadas.
La hizo crecer.
La contradijo cuando fue necesario.
Y construyó alrededor de ella uno de los lenguajes más reconocibles de nuestro tiempo.
Pocos compases bastan para saber que estamos escuchando a Steve Reich.
Eso es tener una voz.
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Nunca he coincidido con él.
He tenido la fortuna de conocer personalmente a compositores que admiraba, de estudiar con algunos de ellos, de conversar con figuras fundamentales de la música contemporánea.
Con Reich no ha ocurrido.
Quizá nunca ocurra.
Pero tampoco importa demasiado.
Porque hay encuentros que suceden de otra manera.
El mío ocurrió frente a una tornamesa, en una fonoteca de Culiacán, hace muchos años.
Un disco de Radio Nederland.
Una obra que comenzaba a girar.
Unas marimbas.
Unas voces.
Un pulso.
Y de pronto el tiempo comenzó a comportarse de otra manera.
Años después ese mismo disco terminó entre objetos destinados a desaparecer.
Lo saqué de allí.
Todavía lo tengo.
Y ahora, cuando Steve Reich cumple noventa años, pienso que quizá ésa sea la mejor manera de explicar lo que algunos compositores significan para nosotros.
Uno puede rescatar un disco de la basura.
Pero hay músicas que, mucho antes, ya nos habían rescatado a nosotros.
Feliz cumpleaños, maestro.
Y gracias por cambiar el tiempo.

