EL HOMBRE QUE SE NEGÓ A ABANDONAR LA ÓPERA
18 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
Una historia de amor, huesos y eternidad en los subterráneos de París
Hay personas que entregan su vida a la música. Otras, en cambio, parecen dispuestas a entregarle también su muerte.
París es una ciudad que ha aprendido a convivir con sus fantasmas. Debajo de sus avenidas, sus monumentos y sus magníficos edificios se extiende otra ciudad, mucho más antigua y silenciosa, hecha de túneles, galerías, criptas y millones de huesos humanos. Una ciudad subterránea donde la muerte parece haber encontrado su propia arquitectura.
Y en algún lugar de esa geografía de sombras se sitúa una de las historias más extrañas que se cuentan sobre la Ópera de París.
Su protagonista no fue un compositor célebre, tampoco un tenor de voz prodigiosa ni una de aquellas divas capaces de provocar duelos entre sus admiradores. Fue un trabajador del teatro, un hombre cuyo nombre ha llegado hasta nosotros envuelto en la incertidumbre de las leyendas: Buamasson.
Según se cuenta, aquel empleado amaba tanto la ópera que llegó a expresar un deseo bastante peculiar: cuando muriera, quería permanecer para siempre en el teatro. No sabemos si lo dijo en serio, si fue una ocurrencia pronunciada entre compañeros o si realmente imaginaba alguna forma de eternidad entre bastidores. Lo cierto es que, según la tradición, su deseo terminó cumpliéndose de una manera que difícilmente habría podido imaginar.
Buamasson murió. Las circunstancias de su fallecimiento se han perdido en el tiempo, como tantas otras cosas que desaparecen cuando la historia deja de interesarse por los personajes secundarios. Pero sus restos, en lugar de recibir una sepultura convencional, habrían terminado en los húmedos y oscuros depósitos subterráneos del teatro.
Y allí permanecieron.
Conviene recordar que los grandes teatros de ópera europeos eran auténticas ciudades interiores. Detrás del esplendor de sus salas existía un universo de talleres, almacenes, maquinaria escénica, pasadizos y dependencias que el público jamás veía. Mientras los espectadores contemplaban reyes, dioses y héroes iluminados por las candilejas, cientos de trabajadores se movían en la penumbra para sostener aquella ilusión.
En esos espacios podía encontrarse prácticamente cualquier cosa: espadas, armaduras, tronos, ataúdes, esqueletos artificiales, cabezas cortadas y toda clase de objetos destinados a representar las innumerables maneras en que los personajes operísticos suelen encontrar la muerte.
Porque, dicho sea de paso, si algo abunda en la ópera, además del amor, es la muerte. Y casi siempre una muerte bastante aparatosa.
Pero volvamos a nuestro personaje.
La leyenda cuenta que, años después de su fallecimiento, durante una revisión de los depósitos teatrales, aparecieron los restos de Buamasson. Uno podría suponer que semejante descubrimiento habría provocado cierta consternación y, naturalmente, una ceremonia funeraria.
Pues no.
Alguien tuvo una idea que hoy nos parecería macabra, aunque teatralmente resultaba bastante práctica: utilizar aquellos huesos como parte de la utilería.
De pronto, el antiguo empleado regresó a escena.
No como fantasma, ni como personaje, ni siquiera como una figura evocada por algún libreto. Regresó convertido en aquello que todos seremos algún día: un esqueleto.
Y así, según esta historia, sus restos participaron durante algún tiempo en las representaciones operísticas. El hombre que había dedicado su existencia al teatro continuó formando parte de sus funciones después de muerto.
Hay algo profundamente inquietante en esta anécdota, pero también una ironía extraordinaria.
Mientras los cantantes representaban muertes imaginarias, allí estaba un muerto verdadero. Mientras la orquesta acompañaba tragedias inventadas, los huesos de Buamasson participaban silenciosamente en aquella ficción.
La muerte auténtica prestándole sus servicios a la muerte teatral.
No deja de ser una paradoja fascinante.
Por supuesto, debemos reconocer que nos encontramos ante una historia transmitida como leyenda, cuyos detalles no pueden darse por comprobados. Incluso la identidad y la grafía del nombre de su protagonista merecerían una investigación documental más rigurosa. Pero hay relatos que, aun rodeados de incertidumbre, nos permiten comprender algo verdadero sobre la relación del ser humano con los lugares que ama.
Y es que los teatros tienen memoria.
No solamente la memoria de las grandes voces que alguna vez resonaron entre sus muros, sino también la de quienes construyeron sus escenografías, afinaron sus instrumentos, encendieron sus luces, movieron sus telones y caminaron durante décadas por corredores que jamás aparecieron en los programas de mano.
Pienso en esos trabajadores que conocen un teatro mejor que su propia casa. Saben dónde cruje la madera, qué puerta debe cerrarse con cuidado, en qué rincón se escucha con mayor claridad la orquesta y cuáles son los secretos que solamente se cuentan cuando el público se ha marchado.
Buamasson, si realmente existió tal como lo describe la tradición, debió de pertenecer a esa especie de hombres para quienes el teatro no era simplemente un empleo, sino una forma de existencia.
Y aquí resulta inevitable recordar el extraordinario universo de la Ópera Garnier, inaugurada en 1875, con sus laberintos interiores y su célebre depósito subterráneo de agua, cuya existencia contribuyó a alimentar las fantasías sobre lagos ocultos y misteriosos habitantes. No es casualidad que Gaston Leroux encontrara en aquel edificio el escenario perfecto para El fantasma de la ópera.
La arquitectura misma parecía reclamar una historia sobrenatural.
Aunque no debemos confundir los escenarios históricos de las distintas sedes de la Ópera de París, resulta tentador imaginar a Buamasson recorriendo aquellos corredores donde la realidad y la ficción terminan por confundirse.
París, además, posee una particular intimidad con sus muertos. Sus famosas catacumbas, donde descansan los restos de millones de personas, constituyen uno de los testimonios más impresionantes de esa convivencia entre la ciudad visible y la ciudad enterrada.
Quizá por eso siempre me han fascinado las historias que sitúan a personajes misteriosos bajo las calles parisinas.
Recuerdo, por ejemplo, una serie de televisión que disfruté mucho hace años: Highlander, aquella historia de seres inmortales condenados —o privilegiados, según se mire— a contemplar el paso de los siglos. Buena parte de sus episodios transcurrían en París, una ciudad que parecía hecha a la medida de quienes habían sobrevivido a su propio tiempo.
Tengo presente un episodio, aunque no podría asegurar ahora todos sus detalles, relacionado con un personaje que habitaba en el mundo subterráneo y mantenía una extraña fascinación por la ópera. Me quedó la imagen de alguien que, desde la oscuridad, contemplaba las representaciones mientras generaciones enteras de cantantes y espectadores desaparecían.
La idea es magnífica: un hombre que permanece mientras todo cambia.
Las voces envejecen. Los teatros se transforman. Las modas musicales aparecen y desaparecen. Wagner sucede a Meyerbeer, Debussy abre otras puertas, Stravinsky sacude los cimientos del lenguaje musical y el siglo XX termina por modificar nuestra manera de escuchar.
Pero aquel espectador continúa allí.
No sé por qué, pero encuentro una relación poética entre esa imagen y la leyenda de Buamasson.
Uno habría conseguido permanecer gracias a la inmortalidad; el otro, paradójicamente, gracias a sus propios huesos.
Y ambos comparten algo que me parece profundamente humano: la imposibilidad de abandonar aquello que se ama.
En el fondo, ¿no buscamos todos alguna forma de permanencia?
Los compositores escribimos música sabiendo que algún día dejaremos de escucharla. Los escritores depositan sus pensamientos en páginas que quizá serán leídas cuando ellos ya no existan. Los pintores dejan sus imágenes, los arquitectos sus edificios y los intérpretes, desde hace poco más de un siglo, pueden conservar algo de su presencia mediante las grabaciones.
Pero los trabajadores anónimos de un teatro rara vez dejan una obra que lleve su nombre.
Su legado es más discreto.
Está en las funciones que ayudaron a realizar, en las noches que hicieron posibles, en los aplausos que escucharon desde detrás del escenario.
Quizá por eso me resulta tan conmovedora, y al mismo tiempo tan perturbadora, esta historia.
Buamasson no habría alcanzado la inmortalidad mediante una composición extraordinaria ni a través de una interpretación memorable. La habría conseguido convirtiéndose, literalmente, en parte del teatro.
Hay algo casi alquímico en esa transformación. El cuerpo deja de ser cuerpo y se convierte en objeto escénico. La materia humana ingresa al territorio de la representación. Lo que alguna vez tuvo conciencia, memoria y deseos termina participando en una ficción creada por otros.
Y la música continúa sonando.
Imagino una noche cualquiera. La sala está llena. La orquesta comienza a tocar. Los cantantes ocupan sus lugares. En algún momento aparece sobre el escenario un esqueleto que nadie entre el público reconoce.
Los espectadores contemplan la escena sin sospechar que aquellos huesos pertenecieron a un hombre que conocía cada rincón del teatro.
Un hombre que, muchos años atrás, quizá había escuchado esa misma música desde el otro lado del telón.
No sabemos cuánto tiempo permanecieron sus restos formando parte de la utilería, ni siquiera si el episodio ocurrió exactamente como se cuenta. La leyenda guarda silencio sobre su destino final.
Pero acaso ese silencio sea lo más interesante.
Porque hay una diferencia entre morir y desaparecer. La primera es inevitable; la segunda, en ocasiones, depende de la memoria de los demás.
Y mientras alguien siga contando la historia de Buamasson, aquel oscuro trabajador de la Ópera de París continuará regresando al escenario.
Aunque sea solamente en nuestra imaginación.
Después de todo, quizá su deseo no consistía en vivir eternamente, sino en no tener que abandonar jamás el lugar donde había sido feliz.
Y si la leyenda es cierta, hay que reconocer que encontró una manera bastante original de conseguirlo: murió, pero nunca terminó su última función.

