CHANGE: CUANDO LA ELEGANCIA ENCONTRÓ OTRO CAMINO
23 de octubre de 2026 · Aldo de cultura
Hubo un momento, hacia finales de los años setenta, en que la música popular decidió vestirse de etiqueta. No me refiero a la apariencia de los músicos ni a las extravagancias de la moda disco, sino a una nueva manera de concebir el sonido. La música bailable, tantas veces menospreciada por quienes confunden complejidad con solemnidad, alcanzó entonces un refinamiento extraordinario. Y buena parte de aquella transformación tuvo nombre propio: Chic.
Nile Rodgers y Bernard Edwards hicieron algo que pocos músicos consiguen: inventaron un lenguaje inmediatamente reconocible. La guitarra de Rodgers, con aquellos acordes entrecortados, precisos, casi quirúrgicos, y el bajo de Edwards, melódico, profundo y de una elegancia rítmica formidable, construyeron una arquitectura sonora que parecía sencilla hasta que uno intentaba reproducirla. Detrás había un conocimiento extraordinario de la armonía, el contrapunto, los arreglos y, sobre todo, del silencio. Porque en Chic los espacios entre las notas importaban tanto como las notas mismas.
Era inevitable que semejante éxito despertara imitadores. La industria discográfica tiene una vieja costumbre: cuando descubre una fórmula rentable, intenta reproducirla hasta el agotamiento. Pero de vez en cuando ocurre algo interesante. La imitación deja de serlo y termina adquiriendo personalidad propia.
Eso fue precisamente lo que sucedió con Change.
A diferencia de Chic, cuya identidad descansaba sobre la sociedad creativa de Rodgers y Edwards, Change nació en 1980 como un proyecto esencialmente discográfico, concebido por el productor Jacques Fred Petrus y el músico italiano Mauro Malavasi. Su propuesta consistía en reunir extraordinarios instrumentistas, arreglistas y cantantes, principalmente entre Italia y Nueva York, para construir un sonido capaz de dialogar con el fenómeno Chic.
Hasta el nombre parecía participar de aquel parentesco. Chic y Change compartían las primeras letras, una sonoridad comercial semejante y una presentación gráfica que evocaba el universo elegante de la música disco. Aquello difícilmente podía pasar inadvertido. Sin embargo, reducir Change a una maniobra comercial sería cometer una injusticia musical.
Porque Change tenía algo que decir.
Su primer álbum, The Glow of Love, apareció en 1980 y constituye, a mi juicio, uno de los trabajos mejor realizados de aquella transición entre la música disco, el funk y el rhythm and blues de principios de los ochenta. Ahí estaban el bajista Davide Romani, el guitarrista Paolo Gianolio y una producción meticulosa que privilegiaba la claridad de las texturas, los arreglos vocales y la precisión instrumental.
Y estaba también un cantante que todavía no alcanzaba la celebridad que lo convertiría en una de las grandes voces estadounidenses de su generación: Luther Vandross.
Su interpretación de Searching y The Glow of Love revelaba ya esa extraordinaria capacidad para transformar una melodía relativamente sencilla en una experiencia profundamente emotiva. Vandross no necesitaba imponerse sobre la orquesta. Su voz flotaba sobre los arreglos con naturalidad, con una elegancia que parecía no exigir esfuerzo alguno. Años después desarrollaría una importante carrera como solista, hasta su muerte en 2005, a los 54 años.
Pero hay otra canción de aquel primer disco que ocupa un lugar especial en mi memoria.
A Lover’s Holiday.
La conocí de una manera bastante peculiar. Un amigo regresó de viaje con el disco de Change. No le había gustado demasiado y terminó regalándomelo con una frase que todavía recuerdo: «A ver si te gusta».
Me gustó. Y mucho.
Recuerdo aquella primera escucha. Había algo fresco en el sonido, una ligereza muy bien calculada, una sección rítmica impecable y unas voces que parecían conversar con los instrumentos. No era Chic, aunque el parentesco resultaba evidente. Había otra manera de organizar las frases, otra intención armónica, incluso una sensibilidad europea que se mezclaba con el pulso afroamericano.
Con los años he llegado a pensar que aquella canción explica bastante bien la diferencia entre ambos proyectos.
Chic tenía una concepción casi arquitectónica del ritmo. La guitarra y el bajo constituían columnas perfectamente ensambladas sobre las que descansaba el edificio musical. Change, en cambio, parecía conceder mayor protagonismo al color de los teclados, a la expansión de las armonías y al tratamiento de las voces. Donde Chic encontraba la perfección en la economía de recursos, Change disfrutaba un poco más del ornamento.
Dos maneras distintas de entender una misma elegancia.
Hay algo particularmente interesante en esa diferencia. Change no nació como una agrupación convencional, cuyos integrantes desarrollaran colectivamente una personalidad sobre los escenarios. Fue, ante todo, una creación de estudio. Un laboratorio musical, podríamos decir, donde los intérpretes podían cambiar sin que necesariamente desapareciera la identidad sonora del proyecto.
Y esto plantea una pregunta que siempre me ha fascinado como compositor: ¿dónde reside realmente la personalidad de una obra musical? ¿En quienes la interpretan, en quienes la componen, en sus arreglos o en esa misteriosa combinación de decisiones que termina convirtiéndose en un sonido reconocible?
Change demostró que una identidad musical podía construirse desde la producción misma.
Después llegaron Miracles, en 1981, Sharing Your Love, en 1982, y otros trabajos que prolongaron la aventura hasta mediados de la década. En total, su primera etapa dejó seis álbumes de estudio. Personalmente encuentro en los dos primeros una frescura difícil de repetir, aunque sería injusto ignorar la calidad de canciones posteriores como Change of Heart y You Are My Melody.
Mientras tanto, el mundo estaba cambiando. La década de los ochenta trajo consigo nuevas tecnologías, sintetizadores digitales, cajas de ritmos, otra concepción de la producción discográfica y, desde luego, la irrupción de MTV. La imagen comenzó a reclamar un protagonismo que anteriormente pertenecía casi por completo al sonido. La música disco perdió su hegemonía, aunque buena parte de sus hallazgos sobrevivieron bajo otras denominaciones.
Los integrantes y colaboradores de Change siguieron caminos diferentes. La voz de Vandross encontró su propio destino. Petrus murió violentamente en 1987, y aquel universo de productores, arreglistas y músicos de sesión fue dispersándose, como ocurre tantas veces con los proyectos que dependen de una combinación excepcional de talentos.
Sin embargo, su música permaneció.
Y aquí quisiera detenerme en algo que considero importante. Tenemos la costumbre de narrar la historia de la música popular a partir de sus grandes protagonistas, de quienes inauguran un lenguaje y reciben el reconocimiento histórico. Pero alrededor de ellos existen músicos extraordinarios que toman esas ideas, las transforman y encuentran posibilidades que sus propios creadores quizá no imaginaron.
La originalidad no consiste necesariamente en inventarlo todo desde cero. A veces reside en escuchar de otra manera lo que ya existe.
Change aprendió mucho de Chic, eso es indiscutible. Pero también tuvo la inteligencia musical suficiente para dejar de perseguir su sombra. Sus arreglos, sus voces y aquella particular mezcla de sofisticación europea y sensibilidad afroamericana terminaron por construir una identidad que hoy podemos reconocer sin necesidad de comparaciones.
Vuelvo ocasionalmente a A Lover’s Holiday y encuentro algo que me resulta cada vez más difícil descubrir en cierta producción musical contemporánea: el placer de escuchar a músicos que saben tocar juntos. No solamente ejecutar correctamente sus instrumentos, sino respirar dentro de una misma estructura, comprender los acentos, respetar los silencios y hacer que una línea de bajo, una guitarra o un arreglo de cuerdas aparezcan exactamente cuando deben aparecer.
Eso no lo consigue una fórmula comercial. Eso se llama oficio. Y también sensibilidad.
Aquel disco que mi amigo me regaló porque no le había gustado terminó convirtiéndose en una pequeña revelación personal. Nunca sabré exactamente qué esperaba encontrar él en aquellas canciones. Yo encontré una música luminosa, inteligente, espléndidamente construida.
Quizá por eso me resisto a llamar a Change una copia de Chic. Prefiero pensar que fue una consecuencia de su extraordinaria influencia, una de esas bifurcaciones que aparecen cuando un lenguaje musical demuestra que todavía tiene territorios por explorar.
Después de todo, el nombre no pudo ser más apropiado.
Change. Cambio.
Y aunque nació mirando hacia el éxito de otros, terminó encontrando algo mucho más valioso: una voz propia.
Porque en la historia de la música no solamente dejan huella quienes abren los caminos. También quienes, al recorrerlos, descubren paisajes que nadie había escuchado antes.

