Cuando Dios abrió las puertas a la música

25 de octubre de 2026 · Aldo de cultura

Durante siglos, la Iglesia fue uno de los grandes hogares de la música occidental. Bajo sus bóvedas nacieron formas de escritura, se perfeccionaron técnicas de composición y resonaron algunas de las páginas más extraordinarias de nuestra historia sonora. Sin embargo, existe una paradoja que siempre me ha parecido fascinante: aquella institución que tanto contribuyó al desarrollo de la música también estableció límites sobre lo que podía escucharse dentro de sus propios muros. La música debía servir a Dios. Su belleza, por admirable que fuera, estaba subordinada a una función espiritual.

Pero la música tiene una virtud que ninguna institución ha conseguido domesticar por completo: su capacidad de trascender las razones para las que fue creada.

El canto gregoriano, las misas de Palestrina, las cantatas de Bach o los grandes réquiems fueron concebidos dentro de una tradición religiosa, aunque su destino terminó siendo mucho más amplio. Hoy podemos escuchar una Pasión de Bach sin participar de su confesión religiosa, conmovernos con el Réquiem de Mozart sin compartir su concepción de la muerte o admirar una misa de Beethoven desde una perspectiva estrictamente estética. La obra permanece, pero nuestra manera de escucharla ha cambiado.

Ese tránsito de lo ritual a lo estético constituye uno de los capítulos más interesantes de la historia cultural de Occidente.

Conviene recordar que las iglesias nunca fueron espacios ajenos a la música. Todo lo contrario. Lo relativamente reciente es su apertura sistemática al concierto público entendido como experiencia artística autónoma, particularmente cuando el repertorio deja de ser exclusivamente religioso. Este proceso no ocurrió de un día para otro ni puede reducirse a una fecha. Fue madurando durante el siglo XIX, adquiriendo nuevas dimensiones a lo largo del XX y consolidándose en numerosos países europeos como una práctica cultural perfectamente reconocible.

En Viena, por ejemplo, hoy es posible escuchar conciertos de Vivaldi, Mozart, Haydn o Beethoven en templos históricos. Algunas de estas obras fueron concebidas para la liturgia; otras, como Las cuatro estaciones, pertenecen a un universo instrumental completamente distinto. Y, sin embargo, encuentran en esos espacios una acústica, una atmósfera y una dimensión histórica extraordinarias. La iglesia de San Carlos Borromeo, la célebre Karlskirche, es uno de esos escenarios donde la arquitectura barroca y el repertorio instrumental dialogan sin mayores conflictos.

Salzburgo ofrece un ejemplo todavía más significativo. Su Festival, uno de los acontecimientos musicales más importantes del mundo, ha incorporado distintos recintos religiosos a su programación. La Kollegienkirche, magnífica iglesia universitaria barroca, ha recibido no solamente música sacra, sino también propuestas contemporáneas, búsquedas sonoras e incluso experiencias musicales alejadas de las convenciones litúrgicas. Allí resulta posible comprender algo fundamental: abrir un templo al arte no significa renunciar a su historia espiritual. Significa permitir que esa historia dialogue con el presente.

Y acaso esa sea una forma particularmente inteligente de conservar vivo el patrimonio.

México tampoco es ajeno a esta tradición. El Festival Internacional Cervantino ha demostrado durante décadas que los templos pueden convertirse en espacios extraordinarios para la música de cámara. El templo de la Valenciana, en Guanajuato, ha recibido recitales de piano, violonchelo y distintas formaciones instrumentales. En otras iglesias de la ciudad se han presentado agrupaciones y repertorios que van mucho más allá de la música estrictamente religiosa. Nadie necesita justificar espiritualmente una sonata de Beethoven para reconocer que merece escucharse bajo aquellas bóvedas.

En ciudades como Puebla, Oaxaca, Guadalajara o la Ciudad de México, los templos históricos y antiguos recintos conventuales también forman parte, con modalidades distintas, de la vida musical. Desde luego, no es lo mismo un edificio desacralizado y convertido en centro cultural que una iglesia donde continúan celebrándose oficios religiosos. Esa distinción importa. En los templos activos existen calendarios litúrgicos, autoridades eclesiásticas y normas que deben respetarse. Pero precisamente por eso, la experiencia demuestra que el diálogo y la organización permiten construir acuerdos sin convertir el arte en adversario de la fe.

La convivencia es posible. Y lleva mucho tiempo demostrándose.

Aquí, en Culiacán, nuestra experiencia ha sido más limitada. Recuerdo que hace años nuestra Catedral acogió una interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven y, posteriormente, el Magnificat de Johann Sebastian Bach, además de otras manifestaciones musicales vinculadas principalmente con el repertorio religioso. Fueron acontecimientos importantes, porque demostraron que existía una posibilidad real de encuentro entre la institución eclesiástica, los músicos y la comunidad.

Sin embargo, todavía percibo cierta reticencia cuando se trata de abrir estos espacios a repertorios que no tienen una relación explícita con lo sagrado. Como si una composición instrumental necesitara credenciales religiosas para poder resonar entre columnas, vitrales y altares.

Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿qué amenaza podría representar un cuarteto de cuerdas de Beethoven, una sonata de Mozart o una página de Debussy dentro de una iglesia?

No hablo, por supuesto, de transformar los templos en auditorios indiscriminados, mucho menos de ignorar su naturaleza religiosa. Hablo de algo bastante más sencillo: comprender que el valor espiritual de un espacio no necesariamente disminuye cuando recibe otras expresiones de la sensibilidad humana.

Una iglesia puede seguir siendo iglesia y, en determinados momentos, convertirse también en un lugar para escuchar, contemplar y pensar.

Hay, además, una dimensión acústica que los músicos conocemos bien. Las grandes bóvedas, los muros de piedra y los prolongados tiempos de reverberación imprimen al sonido una personalidad que difícilmente puede reproducirse en una sala convencional. No toda música funciona bien en esas condiciones, desde luego. Un exceso de reverberación puede desdibujar las articulaciones, confundir las texturas contrapuntísticas y comprometer la inteligibilidad. Pero cuando la obra, los intérpretes y el recinto encuentran su equilibrio, sucede algo extraordinario: la arquitectura parece convertirse en un instrumento más.

Quizá debamos recordar que lo sagrado no es patrimonio exclusivo de las religiones. Existe también una forma de sacralidad en el arte, en el silencio compartido, en esa experiencia casi inexplicable de escuchar una obra que nos conmueve sin pedirnos absolutamente nada a cambio.

No creo que Culiacán necesite copiar las tradiciones europeas. Necesita desarrollar las suyas, aprender de otras experiencias y reconocer que el patrimonio arquitectónico también puede tener una vida artística más generosa. Para conseguirlo hacen falta sensibilidad, voluntad institucional y, sobre todo, confianza. Confianza entre quienes administran los espacios religiosos y quienes dedicamos nuestra vida a la música.

Las ciudades maduran culturalmente cuando aprenden a compartir sus espacios, no cuando levantan nuevas fronteras entre ellos.

Y el tiempo, afortunadamente, suele ser un buen aliado de esas transformaciones.

Al fin y al cabo, las iglesias llevan siglos enseñándonos a escuchar. Quizá haya llegado el momento de que también aprendan a escuchar otras músicas.

Porque abrir las puertas de un templo al arte no significa sacar a Dios de él. Significa reconocer que la belleza puede entrar por muchos caminos.